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HISTORIA DE UNA MENTIRA

>> domingo, 25 de octubre de 2009

Presentamos una conversación ficticia, que nunca tuvo lugar. El relato se desarrolla a partir de esta mentira. A partir de ese momento, nunca se dirá una verdad.

- Bien. Gracias por venir. Sabría que aceptaría la petición.
- De qué se trata. ¿Está en juego mi vida?
- ¡Sí! ¡Exactamente! Debe de seguir nuestras indicaciones paso a paso, por ello le pagaremos una elevada suma…
- ¡Ah, vaya! Me traen aquí por la fuerza y encima cobro… ¡Bonita situación! … En fin… Vamos al grano: ¿A quién tengo que matar?
- ¿Matar?
- Sí, han llamado a una agencia de detectives. Ustedes son una mafia. Más claro, agua.
- Una mafia redimida…
- A ver… Explíquenme eso, porque que yo sepa se siguen anunciando con la misma mortífera efectividad…
- Sí, hemos recibido ofertas, no lo negamos. ¡Pero las hemos rechazado! Hace tiempo que solo buscamos infelices…
- ¿Cómo yo?
- ¡En efecto! Veo que comienza a comprender nuestro plan. Pues bien. Escúchenos atentamente: No deje de ser feliz.
- ¿Cómo?
- Lo ha oído perfectamente, ha demostrado ser usted en cinco minutos una persona inteligente… ¡No lo eche por tierra todo ahora!
- pero…
- ¡Vamos, no nos incomode con su silencio! Invente algo, saque un nuevo conejo de su chistera.
- ¿Me han contratado para que sea feliz?
- ¡Sí! Nosotros éramos unos amargados ¿comprende? Un día (de esos amargos), le dije a Joe: “oye Joe ¡qué paisaje más feo se contempla por la ventana!”. Joe me dijo entonces que ello se debía a que aquellas casas de la acera de enfrente eran tan grises como nuestras gabardinas… Entonces yo le dí un cheque para que lo llevase a los vecinos de aquellas casas. Quería verlas pintadas de otros colores más sugerentes. En un par de meses la restauración surgió el efecto visual más o menos esperado. Cuando abrí el balcón no lo podía creer.
- …
- Escuche, ya verá qué risa. ¿Qué decías todos los días por la mañana en aquella época?
- Decía: “A más de uno habría atravesado con un palo…”
- ….?
- ¿Lo ve? ¡Joe estaba amargado!
- ¡No sea mal pensado! Yo hablaba en el sentido en que hablaría Vlad “el Empalador…”
- ¡No sé quién tendría de todos modos la mente más enferma!
- Bueno, dejémoslo ahí, Joe… Veo que usted se está excediendo de confianza. No le pagamos para que juzgue un comentario de amigo más o menos acertado… ¡Le pagamos para que sea usted feliz!
- Todo esto es vomitivo…
- ¡Joe, presencia ante ti el espectáculo de la miseria humana! ¿Pues no dice el tío que es asqueroso esto?
- Creo que dicho por la boca de ex asesinos es todavía más repugnante. No olviden que cargarán para siempre con ese “ex” que la historia nunca borrará, que los archivos de los periódicos esconderán para cultura de futuras generaciones… ¿Qué digo cultura? ¡Lo que debe de animar a la cultura, precisamente! No volver a repetir aquellos actos exentos de sensibilidad…
- Bueno, se acabó Joe. Saca las ametralladoras. Antes pásalas un trapo, que deben de acumular el polvo de nuestro tiempo como bienhechores…
- Sáquenlas… Han perdido toda la dignidad. Sólo saldrían de ellas floripondios estúpidos… como los bodegones de acuarela. ¡Acuarelas de exposiciones para jubiladas! Ni siquiera sé si los hubieran pintado ellas o ustedes.
- Demos al traste con nuestra incoherencia… ¡Dispara ya, Joe! Precisamente esta metralleta no está cargada con semillas…
- Déjeme hacer antes una cosa.
- ¿Qué cosa?
- Romper el contrato.

Esta conversación ha sido posible de transcribir gracias al gran eco que encierra la habitación donde tuvo lugar el suceso. Si Virginia Woolf hablaba en su cuarto propio de las miles de historias que encierran las casas, de esa impregnación en las paredes que las llena de personalidad, nosotros no vamos a ser menos. Quizá esta historia importe poco, pero aquí se encuentra pormenorizada en un informe preciso.
Tres saltos abajo, en la cafetería del edificio, tenía lugar un encuentro de corte amoroso:

- Oye Juan…
- “Don Juan, mi querido fantasma”, “Mi adorado Juan”, “cada Juan tiene su don”… Todo esto me suena muy literario. Específica, por favor.
- No te entiendo…
- Te estoy haciendo un análisis exhaustivo, querida… Quiero tener tu radiografía completa, sin ningún tipo de malentendido que pueda dar al traste con este preludio objetivo…
- Juan, me empiezas a asustar…
- ¡En modo alguno! Veamos… Tú sabes que todo lo que dices tiene en mí una repercusión… Que cada dato informativo que me das sobre ti me influye… Que puedo soñar contigo por un estúpido comentario de cafetería de media tarde… Que te imagino de tal o cual forma dependiendo de cómo te me presentes… (“Ten cuidado con lo que dices”, en resumidas cuentas. Hay cierto tipo de gente que lleva esto más lejos, por lo que se ve, que teje las cosas con fino hilo) Sabes quien soy, mas tú pareces mostrarte reticente a compartir tus encantos…
- Juan ¿qué soy para ti? ¿El esqueleto de tu despacho?

Juan, no se nos olvide decirlo, es médico. Esta broma pesada, esta comparación barata y fácil no arregló en modo alguno las cosas. Y menos aún la opinión de este currito inexperto.

- ¡Juan, dime que eres así de verdad para dejar de pedir batidos!
- ¿temes perder tu tiempo?
- Y mi dinero, que al fin y al cabo van unidos…
- ¡Yo no puedo dejar de tirar el dinero ni el tiempo! ¡Tengo fantasías contigo, Ruth!
- Bueno ¿y qué?
- Fantasías horrendas…
- ¿Me diseccionas?
- No, mujer, no… Te imagino en situaciones…
- ¡Un momento! ¿has dicho exactamente “fantasías”?
- Sí, eso creo que he dicho…
- ¡Vamos hombre! ¡Hombre de poca imaginación! ¿Tú que vas a crear? Cada vez que se te ocurre algo, tienes que mirar al retrato de don Santiago (Ramón y Cajal) casi implorándolo por tener una idea… ¡Mindundi! ¡Hombre sin iniciativa!
- ¿Te parece poca iniciativa esta? ¡Reconoce que estás acojonada!
- ¡Deja de mirarme así, Juan!
- ¡Vamos, mujer: deja volar tu imaginación!
- ¿Aquí? ¿Delante de toda esta gente?
- Ahá…
- Creo que estudias demasiadas horas… Un momento… ¡Llevas el batín por debajo de la chaqueta! Juan ¿a qué estás jugando? ¿es que no puedes un momento dejar de pensar en lo que dejas ahí arriba?

Juan es tan miserable que la invita desde que la conoce al mismo bar de debajo de su casa. N siquiera sabe donde vive ella.
Esta historia no ha sido recopilada por una máquina de ecos. La escribí yo porque estaba tomándome un batido en la barra del mismo lugar.

Llegué con la información al departamento de turno. Allí ¡oh sorpresa! Me esperaba el general.

- Me he personificado personalmente para recoger su trabajo porque quiero advertirle una cosa.
- Dígame.
- Lo que usted y yo hacemos está mal.
- Pero la gente necesita de ello, la misma que pone estas trabas legales para que no podamos llevarla a cabo, mi general.
- Tuteémonos. Son ya muchos años…
- Lo será para usted, porque yo acabo de llegar.
- ¿Cuánto lleva aquí, joven?
- ¿Lo ve? ¡Ya me llama joven! Pues cosa de año y pico…
- Bueno, entonces creo que hice bien en contarle todo esto. Está usted preparado.
- ¿Y si no lo hubiera estado? ¡Me habría proporcionado una información valiosísima! ¿No cree?
- Creo, creo en Dios.
- Bueno, pues ahora mismo, si no fuese tan fiel ¡pobre de mi! Me iría a contarle el cuento a la Delegación de Gobierno, que se encuentra ¡Oh, casualidad! En la acera de enfrente.
- Pero como es lo que es, es decir, un buenazo…
- Oigo, veo pero callo.
- Pues cállese más a menudo. Aquí sobran petimetres.
- Será porque se da mucho juego a ello…
- Será por lo que será, y lo que tenga que ser que lo cante Doris Day ¡porque me está usted empezando a dar motivos para dejar de darle razones!
- Vaya, ahora cambia de actitud y decide no mostrarse amable con los empleados.
- ¿Pero no se acuerda de quién soy ya?
- Vaya, esto tiene cierto parecido a lo de los mafiosos…
- ¿Qué mafiosos?
- Se trata de la grabación sonora que aquí le traigo, cifrada en dígitos…
- ¡Vaya, por fin! ¿Quiere soltarlo ya? Le había cogido usted gran cariño ¿eh?
- ¡Psché! El trabajo de medio año aquí…
- ¿Y el otro?
- Lo acabo de recuperar ahora en la cafetería de la misma casa. Venía yo de recoger la información y pensé que estaría bien esto de tomarse un descanso… En realidad todo se tradujo a un batido.
- ¡Idiota! ¿En el mismo lugar del crimen?
- Dos pisos más abajo…
- ¡Bueno, es igual! ¡La próxima vez guárdese, por favor! ¡Discreción ante todo!
- Pero si somos lo más indiscreto que hay…
- ¡Ya me ha entendido, no se me vaya a las reinterpretaciones semánticas! ¡Puede retirarse! Ahora es cuando debería de haber tomado el batido.

El general no tenía la conciencia tranquila.
La caja pasó por donde tenía que pasar, y nadie dijo nada. Los encargados que la empaquetaron previamente hablaban de forma descosida:

- ¡Nunca podré escribir en la columna de un periódico!
- ¿Por qué?
- En estos tiempos, la gente no quiere arriesgarse con lo que juega… Van a lo seguro…. Y yo soy un ser inseguro…
- Pero yo te entiendo en tu forma de escribir…
- ¡El problema es que yo no! ¡Me sueno a chino!
- ¿Sabes lo que creo que pasa? ¡Que somos incoherentes los dos y por eso nos entendemos! Yo, por ejemplo, podría escribir Ana Karenina ahora mismo, a mi manera… Pero solo yo podría acceder a esta joya rusa…
- Tampoco hay que excederse. ¿Qué somos incoherentes? ¡Bueno! ¡Nosotros no elegimos este trabajo! ¿Verdad?
- Cierto. Ahora las nuevas generaciones lo tienen más fácil, pueden elegir si sí o si no. Ya no te traen hasta aquí de las orejas.
- ¡Todavía recuerdo a la señora que nos pusieron para tutelarnos! ¿Te acuerdas de Jacinta?¡Uy, ya lo creo!
- ¡Qué gorda estaba!
- Debía ser fuerte, como un tonel.
- ¿la paciencia va con los kilos?
- No sé, todo va con todo. Un mono viste como un niño pequeño para el circo… los niños se ríen y los mayores creen comprender…Es cuestión mental.
- Tú siempre has sido un niño al que le han gustado esas cosas tan estrafalarias… ¿O no recuerdas que lo del mono fue un día que Jacinta nos llevó a los barracones?
- …¡Oh, cómo es la memoria de traidora!
- Ya no te puedes fiar ni de tu cabeza…
- En todas las casas cuecen habas…
- ¡Y aquí huele fatal! ¡Se te han podrido! ¿Hace cuanto que no miras el puchero? ¡Dios!


En la celda de los castigados por mirar dentro de las cajas, pasaban la noche dos nuevas personas con diálogos frescos:

- Mi abuelo decía: “El trabajo es sagrado. ¡No lo toques!”
- ¿Ah sí? Pues yo te digo: “Las horas de sueño son sagradas. ¡No me despiertes!”
- No es malo ese tampoco…
- No vuelvas a hacerlo, camarada…
- Perdón, perdón… Y ahora ¿a quien le cuento mis recuerdos?
- Tus recuerdos rebotan en ti mismo… Déjalos estar. No trates de dejarlos escapar tan fácilmente…
- Cada vez que digo algo es como si me quitara un peso de encima…
- Ten cuidado con aligerar la carga.
- Deja de amenazarme con futuros posibles…
- ¡Pues duérmete de una vez, caramba!

Durmieron. ¡Angelitos! Fue fácil. Pensaron en que no tenían que pensar.
Afuera, al día siguiente, en el patio de vecinos, dos niños jugaban a la pelota. Una vez, esta rebotó contra la pared que daba a aquel “curioso dormitorio”. El chico de camisa verde, fue hacia allí y se quedo detenido ante la puerta. No recogió la pelota. Se quedó como en blanco. Su compañero tuvo que hacerle volver a la realidad:

- ¿Qué te pasa Josué?
- Estoy guardando la casa… ¡Déjame!
- ¿Guardarla? ¿Delante de la puerta? ¿Qué vas a vigilar, que entren o no moscas? ¿Las vas a numerar?
- ¡No, tonto! Estoy tratando de ver…
- ¿El qué?
- Quién hay al otro lado.
- ¿Por las rendijas de la persiana? Sabes que lo hacen para mirar sin ser vistos… ¡No vas a conseguir ver ni una rodilla!
- Son dos hombres… Duermen a pierna suelta.

Coge la pelota y la hace golpear contra la ventana de la persiana una y otra vez. Pronto, se perciben las consecuencias esperadas. Al otro lado, voces de sorpresa al despertar y alguna que otra incoherencia de un sueño que se alarga:

- ¿Qué pasa ahí? ¿Qué es esto? ¿Inspección? ¿Qué hora es?
- ¡No me dejes todavía Franchesca! ¿Qué voy a hacer en el barco sin ti?

Una cara asoma con su estúpida nariz por entre los intersticios:

- ¿Qué pasa hoy? ¿Han conmutado la pena a los salvajes?

El niño se mostró valiente (claro, con una pared de por medio)

- No quiero hablar contigo, tonto. Llama a tu amigo.
- ¿El que está en alta mar? Bueno, veré lo que puedo hacer… Aún así, les dices a tus padres que eres un salvaje. ¡Manolo! ¡Baja a tierra ya!
- … ¡Uuuf! ¡Vaya nochecita!
- Lo que siento es no haber estado despierto cuando Franchesca todavía no te había abandonado.
- ¿Franchesca?
- Bueno, sal un momento a ver la realidad. Aquí, el señorito que a prorrumpido en nuestra mañana con “lamentos de reglamento” (ese balón tenía que haber roto el cristal) quiere verte.
- ¡Voy! (ni siquiera sabía lo que iba a hacer. Estas son las glorias de la droga todavía por diluir).
- ¿Por qué no salís un día por aquí? (señalaba la puerta)
- La han condenado…
- Como a vosotros.
- Sí, pero vamos, que no podemos salir… Además, ya vamos necesitando un “cambio de aires”.
- Entiendo…
- ¿Vosotros qué vais a entender? Vosotros sois libres en los miles de espacios que el mundo material os ofrece. ¡No tenéis ni idea de lo que es esto!
- Os podemos pasar revistas de “El Capitán Trueno”
- ¿El Capitán Trueno?
- ¡”A todo color”!
- ¡Y una mierda!
- Además, (dice el otro que se encuentra fuera de la realidad) seguro que el color está en la portada y en las páginas impares… El blanco, solo tinta negra, de esa que luego se mezcla si se te pega demasiado el dedo en el papel. ¿Cómo te llamas, chaval?
- Josué… ¿Entonces no quieren entretenimiento, aventuras?
- Nuestro entretenimiento a evolucionado ya por otros derroteros…
- ¡Qué pena!

De pronto, aparece la madre en escena. Ha bajado a comprar el pan para congelarlo.

- ¡Niños! ¿Qué hacéis hablando con desconocidos? ¿Os han ofrecido dulces?
- No, nosotros les hemos ofrecido tebeos…
- ¡Qué barbaridad! ¡Cómo han cambiado las cosas!

El otro niño, había comenzado a comenzarse a la tal Francescha. Era Franchesca, pero él la cambiaba la “H”.
Subió a su casa olvidándose del resto de personajes sujetos a la acción. Él se había desabrochado el cinturón. Siempre había sido reacio a aguantar algo por narices, a limitarse en lo que quería hacer.
Cogió papel y lápices de colores y trató de fijar, como con chinchetas, sus pensamientos, aquella imagen creada que temía perder para ya no poder volver a verla.
Su padre entró en la habitación una hora más tare, cuando él se había vuelto a bajar habiendo cumplido ya su propia misión, y encontró el dibujo. Al ver el nombre pensó que parecía el de una prostituta. No se imaginaba a una mujer elegante, como su hijo, por esos barrios. Tenía que ser solo un tipo de mujer. De barrios bajos. “Habría tenido que forjarse un duro currículum para pasear un nombre así con tanta desenvoltura” pensó. Luego, llegó ya a la relación de ella y su hijo. “Este niño ha cambiado pronto de Sigrid”. El padre continuaba fiel al Capitán Trueno. “Víctor Mora y Fuentes Man”.

El escritor llegó a casa. Había puesto el plato bajo la puerta de los castigados y seguía dándole vueltas a aquella caja. “La señora Jacinta” recordaba. Se puso en la mesa sin pensar, se desabotonó los gemelos de la camisa y se desanudó la corbata. “Total, me visto de punta en blanco para que no me vea nadie…”Colocó la hoja en el carro de la máquina, lo apresó y pasó por media colada. Ahora tenía en su poder la primera letra de todo aquello. No solo la puso, sino que tuvo la desfachatez de terminar en diez minutos. Miró unos instantes al techo, se levantó para tomar un vaso de agua en la cocina. Al volver, releyó lo escrito. “¡Oh, no!” Volvía a no reconocer lo que acababa de crear. “¿Acaso quería poner yo esto? La gente no lo va a entender… ¡Se puede hacer mejor”. Cogió una nueva hoja y se puso la antigua de guión. “Un borrador. ¿Cuántos más necesitaré?”. Quince intentos fallidos. El texto había ido resumiéndose hasta quedarse en una palabra: “Amor”. Trató de asimilarlo. No pasó su particular rodillo: “Mi novia definitivamente me deja”.

El padre del niño al que le gustaba esa “Francescha” desconocida, se llamaba Tristán. Era un tipo solitario. La propia costumbre le había abocado a ello. Cuando su hijo brillaba en su cabeza por su ausencia, encendía la casa con la radio. Miles de voces hacían las delicias de los vecinos. “Don Tristán tiene visita” decía Florido, el del tercero. Así era. Todas las tardes sentaba a su mesa a un grupo de especialistas que le asesoraban sobre la vida. De vez en cuando, le hablaban de productos que no le interesaban, que desconocía y que nunca compraría. Tenía todo lo que necesitaba. El sonido de la compañía. La imaginación corría de su cuenta. No así el champaña. No era hombre de brindis. Tampoco tenía suficientes copas. Daba lo mismo. Así apareció ante todos: como el hombre constantemente ocupado, requerido por querido. Don Tristán no se atrevió a preguntar por aquel dibujo. “¿Así que para esto quería la caja de colores que pidió por Navidades? ¡Qué muchacho! ¡Qué muchacho!”

En un taller de dibujo al natural, un maltrecho modelo posaba encogido por el mucho frío que entraba en su poca carne.
El profesor entró en el aula y se dirigió, con paso seguro, al único alumno que quedaba o insistía en seguir quedando. Aún en este contexto, el aire autoritario no cambió nada en el carácter hacia el alumno.
- ¿Se puede saber lo que ha hecho en el papel?
- Pues lo que tengo delante… Fíjese… ¿Es o no es horrible?
- ¿Algo más que añadir?
- Sí, que ya está acabado.
- ¡Usted sí que está acabado! ¡Como persona!
Y ahora, se dirigió de forma igual a aquel que decía ser el exponente de belleza para ser retratada en su más posible “verosimilitud”.
- ¡Y usted! ¡Más ánimo! Cuando entré por la puerta, le confundí con el perchero. ¿Qué es esa postura? Está usted hecho un ave graznadora.
- Ahora he arqueado los brazos, pero porque usted ha venido…
- ¡Vaya, gracias por la consideración! ¿Y este chiquillo, que tiene más vergüenza que usted? ¿Es que no piensa en el que le da de comer verdaderamente?

Aquel chiquillo lucía bigote cano y vestía una gabardina que parecía más bien el padre de un alumno. ¡Vaya artista más limpio!
El profesor era conocido por su diseño de cajas de cartón en todo el barrio. Ya había vendido la patente a tres empresas con ganas de “esconder” cosas. Por supuesto, el papel original donde había concebido la genial idea, lo había fotocopiado tres veces. Ahora, presumía de su privilegiada visión: lo había puesto enmarcado en la entrada del despacho. Un día, el modelo (falto de vista para oportunidades privilegiadas), tras ser despedido, se llevó el cuadro a su casa para proteger con el marco una pizarrita donde anotaba la lista de cosas pendientes. Precisamente, en esa pizarra se le había olvidado poner: “Ir a cobrar el último mes”. No cobró porque no fue ningún día a posar. Evidente.

El profesor además, daba conferencias de que lo que “deben hacer los jóvenes sin motivación de hoy”. A los asistentes les animaba de esta forma:
- ¡Muchachitos! (le encantaba lo de muchachos, ya se ve) ¿Qué os pasa que no levantáis el vuelo? ¿Qué os pasa que no encontráis una pareja con la que compartir vuestra vida? ¿Tenéis miedo a procrear? ¿Qué os pasa con la búsqueda de trabajo?
Uno contestó, coherentemente:
- Lo primero le diré lo de la pareja: ¡Yo encantado de que me presente a mi mujer! Yo estoy deseando… Lo de viajar… ¡vaya, tiene usted razón! Quizá mi destino esté en Rusia y encuentre allí a una belleza nórdica… Lo del trabajo eso yo lo veo peor planteado ¿ve usted? No se puede tener todo. Yo decido hoy ir a su conferencia y no a la cola del paro. ¡Así marchan las cosas! Uno con veinte años ya está en el paro… ¡madre mía! ¡Adónde vamos a ir a parar! El dinero con el que me subvencionan mis padres no podrá devolverlo nunca… Ni siquiera sé si podré asegurarles un futuro digno.
El profesor se emocionó con esta participación inesperada.
- ¡Vaya! ¡Tanto como uno se encuentra acostumbrado a decir sus tonterías de una hora de atrás a adelante, sin pausas, y va y me toca esto en la sopa! Caballero, es digno de reconocimiento su saber estar, su entereza, su energía. ¿Ha probado la sopa
De cola-cao? ¡Bueno, lo dicho! Yo, que soy profesor que no gusta de escuchar ni razonar, yo que entro todos los días en el despacho, cierro con llave y la tiro por la ventana para no sentir tentaciones… Nos ha obsequiado a mí y a sus compañeros con una ejemplarizante lección. ¡Pónganla todos en marcha! Le han oído ¿no? Tienen orejas… Yo, ideas: Hago cajas, analizo a señores desnudos y encima me permito hablar a la humanidad (la que se precia a pasar por aquí)… En fin: ¡Un pozo de sabiduría!
El pozo de la sabiduría tenía ese fin. ¡Qué bien supo maquillarlo el profesor!


“A ver si quedamos algún día”. Ese “haber sí” le parecía la forma más hipócrita de decir: “hasta nunca” o “vas a tener que llamar tú, y, como no lo vas a hacer, pues…” Cuando alguien desea desasirse de una persona por escalones, ha de ir dejando un terreno libre para el olvido, para el “desisto de insistir”. Así, cada llamada no cogida es la voz de esa persona que te machaca una y otra vez con su tono telefónico. Cuando de verdad aquella persona faltó con su muerte, el hijo del amigo no lo comprendía. Le veía por la televisión y se anunciaba así: “El malogrado…” o “Lamentamos la desaparición…” Lo único que se le ocurría pensar era “¿Malogrado? ¿Qué ha hecho mal? ¿Lamentamos la desaparición? ¡Lo que hay que hacer es buscarlo! Ese niño no supo realmente como achacar la muerte en ningún momento. “El día de difuntos” vino a juntarse con “Halloween” y, entonces, imaginó al amigo de su padre con una calabaza en la cabeza.
Josué miraba con su padre y un amigo el piso infecto del que en otro día fue el mejor amigo de la familia.
- Fíjese- le dijo a su padre el otro- Tenía la habitación llena de regalos. Parecía como que querían anunciarle la muerte, año tras año, sus más fervientes admiradores. Obsequiar con un regalo, da sentido al que no quiere que por él pasen los años… Le mete en la espiral, en la ruleta que una y otra vez amenaza con detenerse en su casilla. Hágame caso: No regale nunca nada a nadie.
Lo extraño de todo eso es que aquel hombre había aparecido tiroteado entre cubos de basura en un callejón. Esta muerte no tenía nada de esa voluntad que las personas escogen. ¿O tal vez sí? Algo escuchó de su profesión: era embajador o no se qué.
- Padecía falta de autoestima. Quiso buscar suerte con aquella cita. Se dejó llevar por las alas de lo desconocido. Lástima que fuesen alas de cera, como las de Ícaro y Dédalo- continuó aquel señor que, también se decía, era jefe de una empresa visionaria: recogían la historia sonora de las casas. A Josué le llamó esto mucho la atención. Su padre se lo debió de explicar una y mil veces, como si se tratara de un cuento. Lo curioso es que no lo sabía contar de otra forma a las demás personas. “Recogemos el testimonio de una habitación”. Algunos tenían sorna: “¿Y qué pasa si arrancan el papel de las paredes? ¡Ya se han quedado sin trabajo!”
Tenían la empresa espalda con espalda de su edificio. Josué no comprendía lo de los calabozos en el sótano. Pensaba que era allí donde tenían todas las “cajas” encerradas.

Cuando Josué se quedó solo con el señor, este le dijo:
- Eres consciente de que por tu culpa tu padre no tiene modo de salir de este trabajo ¿verdad?
- A veces me gusta sentirme culpable- le dijo el niño en una actitud desafiante nada coherente con su edad.


- Aquellos que descubrían a asesinos por el tamaño craneal eran los expertos en “dis-criminología” del momento.
- Aquellos que no encontraron una nueva forma de crear materialidad, sino conceptos que imposibilitaran cualquier momento de seguridad para trabajar, eran conocidos como los creadores de sistemas anti-conceptivos.
- Creo que lo “mejor” es enemigo de lo bueno. La ambición puede hacerte regresar a casa con tu ficha de parchís.
- El hombre es un agujero de arrugas. Nunca tiene suficientes.
- “El capital” de Marx es una obra capital, pero me temo que ni Marx se la haya leído completa. Mitad y mitad con Engels. Una vez intenté leerme el manuscrito, pero me dije “si lo que conocemos es la versión revisada ¿para qué voy a leer lo mismo pero con garabatos de inseguridad?

Se cerró el pleno. Todos estaban de acuerdo. Nadie había sido capaz de hablar de lo que realmente daba sentido a su reunión.

A Doña Rufina no le extrañó que la hoja de la ventana se abriese con la virulencia humana. Doña Rufina sabía que era la hora y el lugar. Aquella casa italiana, con su balcón marmóreo, con sus enredaderas tan confusas unas sobre otras… Allí venía ya él. Entró escalando como siempre. Era una tarde ventosa, pero aquello solo ayudó a mejorar la escena. El sol crepuscular parecía salir de dentro a fuera de la casa.

- ¡Doña Rufina, baje de ahí! ¡Está usted en peligro!
- ¡Oh, Romeo…! ¡Romeo!

Fue el mismo bombero que miró por completo la planta segunda, el que socorrió a Doña Rufina y la bajó por su mágica escalera roja. Las lenguas de fuego amenazaban el piso B del inmueble. Aquella mujer que se creía de Verona, acabó “poniendo los pies en el suelo” y cobrando la razón.


¡Sabotaje! ¡Alguien había tratado prender fuego a la casa del crimen. Pero ¿qué crimen? ¿Es que ya no se pueden contar historias de medianoche? No hubo crimen, hubo una historia que pudo creerse o no. Un testimonio. Un ra-ta-ta-ta-tá de metralletas perfectamente sincronizadas. Él las había escuchado y captado meticulosamente en su grabación. ¿Dónde estaba aquel testimonio? En una caja. ¿Marrón corriente? Sí. ¿Precintada de forma vulgar? En efecto. Aquella reunión en realidad finalizó con un propósito: acabar con cualquier prueba. Esto todos tácitamente lo tenían acordado, una especie de telepatía que llegó a enfermar a más de uno guardando cama. Se ha realizado una constante acción para remediar lo que ha podido no existir. ¿Dónde se encontrará aquello? ¿Estará la caja vacía? Preguntas insolentes para respuestas insulsas.

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