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LOS INVITADOS EXPULSADOS

>> martes, 20 de octubre de 2009

El camarero llegó presuroso al pasillo con malas noticias de la cafetería:
“Dicen que no podemos hacerlo. No quieren problemas con seguridad”.
Atrás habían quedado una mesa de champaña (sidra “El gaitero”) y velas encendidas que corría serio peligro en su propia fugacidad. Yo llevaba ya el violín y un par de sillas a colocar para completar el ambiente. Tratamos de hablar con los camareros. No querían buscarse problemas ¡normal! El que vino a nosotros en forma de la antorcha del sindicato acababa, como quien dice, de pisar suelo extraño (como el marinero del Tatuaje de la Piquer) y estaba, natural, defendiendo su puesto como trabajador en su nuevo empleo. Los que le habían hecho volar hasta nosotros aparecían camuflados en el gris que da la experiencia de los años, en el desinterés por su trabajo, en la seguridad que da poder contestar cualquier cosa a un alumno-cliente porque sabe que le va a comprar igual. Se han ido holgando, como un poster que pierde la firmeza de su sujeción de chinchetas. La gente comenzó a ubicarse y a pedir “lo que consideraba del pueblo”. Sabían que iban a recibir una negativa por respuesta… pero con su particularidad. “Aquí no”, esta era la condición. Estaba claro. Nos salimos al jardín y montamos allí la parafernalia. Las damas de época ya habían tomado posiciones y brindaban en francés. Un torbellino de gente comenzó a colorear aquel jardín descolorido por el otoño y la lluvia. Comencé a relatar el cuento de Hoffman, su Barcarola en forma de vals. El violín lloraba. No sé quién interpretó aquello por un vals, pero al rato ya había parejas danzando sobre la tierra enfangada. Esta incursión en la cotidianidad de un mediodía en la facultad de Bellas Artes no significa tan solo la promoción de su grupo de teatro. Simboliza la novedad de lo establecido en la rutina de los horarios, el desentumecimiento entre hora y hora de clase con un recreo original. Ha sido una de las cosas mejor improvisadas en la experiencia que da el atrevimiento. Cuando tocaba, veía algunas crines desprendidas del arco trazar dibujo en el aire, era consciente del daño de la humedad en la madera del artesonado musical, tenía la sensación de encontrarme en una de esas situaciones que incuban catarro. Pero seguí adelante, continué escribiendo junto a los demás una historia que no sabíamos adónde iba a llevar. Teníamos un buen camino y unos pies dispuestos, pero el tipo de calzado nos fallaba. ¿Pudo ser tacón de aguja? Ganó en mayoría (más chicas y más elegantes que chicos).
Solo siento que las personas más activas en esto en su esbozo de proyecto estuvieran ausentes. A ellos les dedico este trozo de mi vida. A ellos y, sobre todo, a mis compañeros de viaje: ¡Andrea, Santi, Lara, Lucia!... Y un Esteban que no entraba en el contrato pero que ayudó a dar forma a todo esto con su buen hacer. A cambio se nos bebió lo que quedaba de Sidra ¡pero al fin y al cabo no era champaña!

20 – 10 – 09

3 comentarios:

R. Tourón 22 de octubre de 2009, 16:22  

No te preocupes, que a los que faltamos nos pones los dientes largos y volveremos aun con mas ganas!!!!

andrea malabarearte 8 de noviembre de 2009, 3:48  

Que maravilloso relato, que acompasado ritmo en los hechos.
Javi Mateo, que dejando aquel día en escéna la lengua castellana para reafirmarse en el lenguaje de las notas pulsadas y mudas, dejándose rodear por los que bailaron con su diálogo provocador... tenía aún guardadas partituras. Como un escriba que hubiera hecho muttis durante el espectáculo, para asi contemplarlo con ojos de literato, deja ahora escrito los hechos, contados los sucesos, narrados los pasados pisados. Magnífico él, ellos y tu (siendo este último un ser anónimo).

putativus 8 de noviembre de 2009, 9:37  

Creo... Bueno, ¡estoy seguro! de que es el comentario más bonito que ha entrado en este blog. ¡Muchas thank yous, Andrea!

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