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LOS MISTERIOS DEL MUSEO DE CERA

>> viernes, 16 de octubre de 2009

La historia de “House of Wax” viene a ser la fábula de un artista clásico que es forzado a convertirse en conceptual. La pasión del profesor Henry Jarrod por la belleza le lleva a tratar de rivalizar, con la cera, lo que ese Dios de las antiguas escrituras consiguió del barro: el ser humano.
¿Qué ocurre en los Museos de Cera? ¿Qué siente el espectador cuando entra en uno de ellos? La sensación es la del que se mueve entre fantasmagorías, entre falsos cadáveres devueltos a una vida estática. El parecido con la realidad es verdaderamente siniestro. Aquellas figuras, no en vano, pretenden “recrear” a aquellos que fueron en situaciones que pudieron ser. Nadie asegura que el destino final de Juana de Arco tuviese lugar tal como se narra en una escena teatralizada, por ejemplo. Una belleza, la de Ana Bolena, congelada; detener la vida para que puedan contemplarla generaciones venideras (algo así como un arte taxidermista que no precisa de formol).
Y, si tratar de crear belleza con la cera resulta inquietante, no lo es menos que tratar de crear atractivo rechazo con ella: son así retratados los criminales, los torturados o ajusticiados, por la misma mano que un día quiso recrear los dignos testimonios de la Historia: Cleopatra, María Antonieta… Siempre, entre lo histórico y lo terrorífico han vagado historias un tanto truculentas: la muerte de Marat, el asesinato de Lincoln… Estas pueden estar en uno o en otro de los momentos de un creador que, atormentado por la imposibilidad de volver a crear con sus propias manos, decide dedicar el nuevo museo creado tras su renacimiento con espectáculos morbosos que consigan el aplauso del público. El museo (él mismo lo explica) irá ampliándose según vayan cometiéndose nuevos crímenes. Esta frase cobrará un sentido enigmático para esta película que, pudiendo resultar interesante en el campo del pensamiento, no deja de convertirse en rata de laboratorio para un producto comercial con ribetes de Fantasma de la ópera. La filosofía que desprende la cinta nos habla de “una creación de belleza por medio de la muerte” y la Warner nos habla de una historia de amor, acción y suspense en tres dimensiones.
Los profesores que encarnaron en las dos versiones del filme los actores Atwill y Price (encasillados por la serie B de un “peculiar cine de terror”), buscaban el Arte, pero les faltaba la MANU de la FACTURA para llevarlo a cabo: tenían una mente lúcida (demasiado lúcida, creo yo), pero el traspaso a la realidad les era imposible. ¿Por qué? Digamos que las extremidades que moldean el barro y lo hacen particular, que lo diferencian de otros barros tomados de la misma fuente, no son tales para ellos: las tienen deformadas. Un desagradable incidente les obliga a “reconstruíse” a sí mismos. Se rodean de un equipo necesario para tal tarea, les instruyen para que creen casi a imagen y semejanza las imágenes que perdieron cuando podían trabajar. El resultado son figuras de cera resultan demasiado perfectas para la mano creadora de un artista. Aquí se juega también con esto. Michael Curtiz y André de Toth nos muestran una realidad imposible, una técnica tan a escala de la realidad en estos muñecos siniestros, que hacen de ello una fábula. Tanto en la cinta de los años treinta, como en el re-make de veinte años después, la historia se cuenta con el mismo rigor. Es la historia de Pigmalión a la inversa, un distinto origen en la fuente. “El hombre se parecerá a la escultura y no la escultura al hombre”. Bien lo dice el personaje de Igor: Prefiere el material de la cera ya que lo considera más cálido de tratar que la fría piedra. Da que pensar.

16 – 10 – 09

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