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MI TÍO JACINTO

>> sábado, 31 de octubre de 2009

Esta película, realizada con la tranquilidad que supuso el éxito de “Marcelino Pan y Vino”, sigue hablándonos de un trabajo hecho con cariño.
Este Madrid de El Rastro, no puede evitarse, rememora muchas cosas: es como un pequeño pueblo dentro de una ciudad inexistente. Un lugar donde Pablito Calvo puede habitar y hacer de las suyas. Vino instantáneamente a mi memoria un sueño que tuve de pequeño. Era casi una escenografía lista para ser realizada, con todo lujo de detalles. Era todo un decorado, como para un ballet. Sobre todo, veo todavía claramente la ornamentación: El Retiro y sus azulejos. Sí, soy consciente de lo que digo. Unos dibujos de una mitología ornamental. Diosas con cuerpo mitad humano y mitad animal, personajes de pelos ensortijados que corretean desnudos, todo interrumpido constantemente por la fragmentación de las piezas que forman el mosaico. Detrás, el vergel que cubre estas piezas, como salidas del Palacio de Cristal o del de Velázquez. Farolas y bancos como los de la casa de fieras. Bailarines moviéndose con la misma indumentaria anacrónica. Todo esto me viene de golpe al rememorar esa parte de mi infancia que, no fue ni mucho menos feliz. Es ese personaje agridulce de Pablito Calvo, que, a medio llorar sonríe porque “es así como se llega a todas partes” le dice el músico callejero que le toma por aprendiz para que pase el plato. Un niño que cuida de su tío, el que se supone que, como adulto, le tutela como familiar. Hay siempre un trasfondo neorrealista de amargura, aunque edulcorado por la estética feliz de posguerra. Puede que no haya ningún tipo de trasfondo, puede que esta película tan solo ayude a hacer ver a la gente que se puede ser feliz pese a todo. ¿Esto acaso es poco? Como decía mi amigo Nacho, con quien fui a verla: “El ladrón de bicicletas más cercano quizás por lo español del asunto.” Y, es que, a veces, no pasa nada por ver algo que no tenga por responsabilidad decir algo. De hecho, uno mira el panorama de películas españolas actual y solo puede pedir que resucite el espíritu de Vajda. Sin ser profeta en su tierra, supo adivinar lo que el público de la época quería cuando entraba en una sala de cine, cuando pedía ánimos para soportar la pesada carga de la realidad de aquellos años. Ni siquiera puede decirse que se trate de una película de niños prodigio, puesto que Antonio Vico cobra igual importancia que Pablito Calvo (no vamos a caer en el chascarrillo de “¡qué bien lo hace Pablito Calvo, si parece un niño y todo!”). . Delicioso filme inclusive en sus títulos de crédito, que parecen reposar sobre una pobre arpillera. Ese final de paraguas clavado en un árbol puede decir mucho más que de otra forma más explícita. Nacho hablaba de “ese objeto que deja como prenda para poder ir a comprar el traje de torero y del que ahora se desembaraza”. Es decir: desembarazarse de un símbolo, un desahogo en un momento feliz.

31 – 10 – 09

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