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Monólogo de Antonio Casal en "EL Hombre que se quiso matar" de Rafael Gil.

>> lunes, 26 de octubre de 2009

Federico es presentado por el presidente de un círculo selecto, para que de una conferencia sobre el cemento:

Federico: ¡Idiotas! ¿Por qué me aplaudís si todavía no he pronunciado una sola palabra? ¿O es que mi simple presencia es suficiente para emocionaros y promover el aplauso? Vuestro presidente, que no sabe nada de nada (¡ni siquiera sabe quién soy yo!), ha dicho sobre mi una serie sucesiva de tonterías y de estupideces. Seguramente con las mismas con las que habrá presentado a cada uno de los conferenciantes que os hicieron pasar un mal rato hablándoos de cosas que os tenían completamente sin cuidado. Por curiosidad, he recogido una serie de datos sobre las últimas conferencias aquí celebradas y, al leerlos, pienso: ¿Qué le puede importar… Aquella señora, por ejemplo… La disertación sobre la grandiosidad de los astros y la magnitud del universo? ¡O aquel pollito del bigote… Un estudio sobre la inteligencia y el conocimiento! O aquella simpática oyente, una charla sobre la cocina doméstica y el cuidado del hogar… ¡Y, en fin! ¿Cómo expresarle a ese respetable y diminuto señor, un discurso sobre la paz, cuando se advierte que su vida es lucha eterna y derrota continua? ¡Y a usted, señora! No debió interesarle, porque no ha lugar, la conferencia de mi inmediato antecesor en esta tribuna sobre el amor y la belleza a través de las estatuas griegas…
La señora: ¿Qué dice? ¿Se refería a mí?
Otro señor: ¡Que es usted bellísima!
Federico: No quiero caer en el pecado en que otros cayeron. No quiero aburriros. Quiero que surja en vosotros el tedio que presentís. Yo, os aseguro, que no surgirá, porque no voy ha hablaros del cemento. Porque, pensándolo ahora también, me importa tan poco como puede interesaros a vosotros. No. Os hablaré de algo que indudablemente tiene menos trascendencia pero os distraerá mucho más: La vida es profundamente estúpida… Hace treinta años que vivo y puedo aseguraros que no me he divertido ni un solo día. Eso mismo le ocurre al noventa por ciento de los que me están escuchando. Por ejemplo: A usted (al señor bajito). ¡Sí, a usted otra vez! Durante toda su existencia ¿qué es lo que ha hecho? ¡No! No me lo diga usted, porque estoy seguro que de un solo manotazo su esposa se queda viuda. Lo diré yo, que no le tengo miedo. ¡Usted no ha hecho más que soportarla y verla engordar! Antes, cuando era su novia y se sentaba sobre sus rodillas, usted era feliz. Se casó, y ahora le pesa. ¡Y ustedes, señoritas!
Presidente de la mesa: (A Federico) ¡Cuidado, son mis cuñadas!
Federico: ¡Sí, ustedes, las cuñadas del presidente de este círculo! ¡Je! Ustedes son solteras, no me cabe la menor duda. ¿En qué ha consistido su vida? En esperar día tras día y hora tras hora que apareciera primero, un doncel en caballo alado. Luego, un simple muchacho de buena posición. Mas tarde, se hubieran conformado con un burócrata de sesenta duros mensuales con descuento… ¡Y usted!... bueno…basta. Voy a hablaros de mí: Yo he fracasado en la vida. Esta solo me ha proporcionado dolores, desgracias y desengaños. Y por ello, óiganlo bien señores y señoras, óiganlo bien: He resuelto matarme. Suicidarme. ¿Entendido?
Revuelo general.
Señora de antes: (algo sorda) ¿Ha vuelto a piropearme?
Señor que la contesta: ¡No, ha dicho que va a matarse!
Señora: ¡Por mí!
Federico: ¡Basta de comentarios! ¡Basta! Nadie me puede reprochar el haber anunciado mi decisión públicamente, porque… ¿No anunciáis acaso la boda de dos imbéciles o el nacimiento de un crío tarado? ¿No procuráis que los periódicos digan que marcháis de veraneo? ¡Pues bien! Más interesante que una boda (aunque en realidad una boda sea lo más parecido al suicidio) y de mayor trascendencia que un viaje a la playa es este que hoy os comunico, porque es un viaje más largo y que rara vez los hombres lo emprenden voluntariamente.
Aplausos de aprobación.
Federico: ¡No me interesa en absoluto vuestro juicio! Si os dijera lo ridículos y cursis que os encuentro, enfermaría de risa. Aunque no sea más que para ver esta curiosa transformación del mundo, vale la pena suicidarse. ¡No sufra más, mi querido presidente! Para mortificar a este pobre auditorio, me hizo hablarles del cemento, pero el cemento estaba mal armado esta vez y le ha salido el tiro por la culata
Uno del público: ¡Muy bien!
Cuanto gusto en oír en boca ajena aquellas verdades que no nos atrevimos a proclamar. ¿Cómo y cuando me suicidaré? Da lo mismo. ¡Señores y señoras! Yo fui y soy un empedernido taurómaco. Dentro de cuatro días, fiesta del patrón de esta ciudad, se celebra una corrida en la que el amigo mío y excelente novillero “El niño de las alpargatas”, debuta en esta plaza. Quiero ver si aquí confirma el éxito que le ha acompañado por otras arenas de España. ¿Por qué he de negarme este placer? Me quedan cuatro días de vida que pienso disfrutar como me plazca.
Otro del público: ¡Este tío es genial!
Federico: Y termino. ¡Pero antes quiero deciros lo único que os interesa sobre el cemento: Que su dureza es extraordinaria. ¡Es tan duro como dura es la cabeza de vuestro presidente! Y ahora, señoras y señores: ¡Al diablo! (Y sortea la mesa presidencial como se salta una valla.



ESTUDIO

Como siempre, el pescado de tres bocas: El filme de Rafael Gil nos cuenta el cuento de Wenceslao Fernández Flórez que dice ser la historia de un hombre al que incluso la muerte le ha abandonado. Tras perder su empleo, su novia y ser embargada su casa, trata de provocarse la muerte en tres ocasiones. No obtiene resultado satisfactorio en ninguna de ellas y no por ser precisamente un suicida poco convencido. En la última, se le recibe, sin ser él el protagonista, traído contra su voluntad por el mismo tren que tendría que haberlo matado, a una inauguración de líneas de trenes “salva-vidas” (no perderse el detalle de la música que toca la banda: “No me mates con tomates, mátame con bacalao”).
Su vecino, un tipo nada usual, le recomienda que proclame su voluntad de quitarse la vida ante el mundo. Por ello, no se piensa ni un momento la presentación en sociedad de su carta de intenciones en un supuesto discurso que ha de dar como experto en el cemento. (Arriba queda reproducido el monólogo íntegro).
Comienza entonces, una vida llena de placeres, la creación de su personaje como “persona a la que poco importa su demostración de ser social ante cada una de las personas que se encuentra”, puesto que poco le queda para dejar de vivir de forma voluntaria. De esta forma, vemos cómo va recuperando la fe en sí mismo y cómo esto le ayuda a ir reconstruyendo su vida en cada una de sus parcelas. Es un individuo peligroso, se enfrenta al dueño de un establecimiento porque se siente mal atendido y estafado en lo que consume, consigue a una chica con métodos antidiluvianos (y se zafa del novio, que es lo más importante o primero), chantajea al director de la empresa de cemento que acaba de dejarle en el paro (y cuya hija es precisamente esta chica que ha elegido para estar de aquí en adelante, hasta la hora fatal) para recuperar su trabajo en un puesto más digno… ¡Incluso acepta poner precio a su muerte para promocionar un licor! En efecto, los creadores de la bebida se personifican hasta él y le proponen que, antes de acabar con todo, diga que uno no puede suicidarse sin probar “Licores “La Pardala”. Así vemos una crítica un tanto primitiva a los medios de masas, a las empresas que no se amedrentan ante nada con tal de vender lo que producen; pero, sobre todo, encontramos el mensaje de índole cristiana, como en otro cuento cinematográfico de Wenceslao: “El destino se disculpa” de Sáenz de Heredia. Sin duda alguna, el momento del discurso ante la aburrida e impenetrable concurrencia es lo mejor de la cinta.

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