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NUEVE NUEVAS NOVATADAS. NOVATADA Nº 10

>> miércoles, 21 de octubre de 2009

Fue entonces cuando notó en el bolsillo del abrigo la pistola. Recordó de su infancia cuando, de camino al colegio, notaba los bolsillos llenos con guantes y gorro de lana. Su madre había sabido adelantarse al invierno. Gracias a ella aquellos días evitó el frío.
Ahora ¿qué había que evitar y quién le había metido aquella invitación en el bolsillo? Sonó el disparo y Mario salió del escondite como por resorte, como si la bala hubiese golpeado en el picaporte. Pero no, quedó alojada en el cráneo. ¿Por qué se había empeñado en participar en aquel juego? Al fin y cabo todos eran ya mayores. Solo esperó que esperaran aquella decisión. ¿Era ya tarde en aquella tarde? Luvineli salió de debajo de la cama tras todas las toallas cogiendo polvo, Felissante de detrás de la guitarra y Lucio de debajo del hueco de la mesa. Estaba todo a oscuras, esto formaba parte del juego. No sabían que las tinieblas pudiesen ser tan tenebrosas. Alguien se tropezó con el cuerpo y cayó contra el suelo sin parapetarse en nada. Nadie encontraba la luz. Todos permanecían quietos. En algún momento se encendería la luz. El amanecer recaló en la ventana de la habitación y poco a poco los ojos pacientes de los amigos fueron adaptándose a la realidad de forma natural. Ahí estaba Gerimonte blanco como una losa sobre el parqué. Levantaron las cabezas en torno suyo y alguien cogió de su mano el arma. “¿Quién la cogió del despacho de papá?” preguntó Luvineli, el único que no había estado nunca en la casa pero que conocía sus entresijos por los relatos descriptivos. “Alguien sabía exactamente donde estaba, tenía la certeza de que existía y tenía un lugar marcado.” Dijo Felissante. Nadie era hijo de nadie que habitara en la casa. Todos habían desaparecido. Solo quedaban ellos. Lucio corrió las cortinas y fueron entre todos sin quedar en acuerdo previo, a llevar al cadáver dentro del piano del salón. “Cada melodía que allí se toque hará revivir a Gerimonte”. Costaba mucho tratar de crear falsas historias musicales con aquellas teclas tan costosas de pisar. Las manos no eran desde luego el artilugio para demostrar habilidades técnicas. Quizás con los codos se hacían sencillas canciones que a todos llegaban en las tardes. Uno de ellos había metido aquella arma en el bolsillo de la chaqueta del que ahora forma parte de las veladas con su sentir físico en las armonías, en las bandas sonoras de la historia de aquella casa. ¿Quién había sido el canalla? La música callada es la mejor forma de no recordar. ¿Podía haberse olvidado el propio suicida de que la metido en algún momento de exaltación y después hizo por olvidar? No, no era posible aquella teoría. “Algún día iremos a darles a los botes” recordaba la prima Mayte de su primo Gerimonte. No sabía cómo animarle a tomar la decisión. Uno de esos días sería ¿pero cuándo? Ella conocía donde su padre guardaba el arma. Solo tuvo que cambiarla a un sitio más sugerente. El disparo la había sorprendido en la piscina. “Eran juegos de mayores y ella no podía participar” le dijo antes de abandonarla a la tumbona y al cloro. ¿Quién era el niño entonces? El disparo la enfureció más todavía. Pensó que a lo que iban a jugar era a lo de las latas, precisamente. No se dignó a dirigir la palabra a nadie de los que allí estaban mientras allí estuviesen. Se hicieron con la casa y las veladas eran excelentes. Incluso Mayte improvisó alguna vez sobre la voz del piano. Nunca descubrió aquello que le impulsaba a acompañar como soprano en aquellos recitales. Algo superior a todo.

21 – 10 - 09

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