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Nueve nuevas novatas. Novatada Nº 4

>> sábado, 3 de octubre de 2009

De nuevo, gracias por la inspiración, Ricardo.

El profesor añadió esto tras sonar el timbre del recreo:
“Creo que tenemos más en cuenta en esta vida los minutos que quedan para que finalice el placentero intermedio al que tú te refieres. No somos más que anhelantes de intermedios.”
Por supuesto, ninguno de sus alumnos le escuchó. Mientras bajaba hacia el patio, creyó ver las caras que habrían puesto unos alumnos modelos. De forma genuina reconoció que él tampoco se habría escuchado por entonces, cuando no quería perder ningún minuto de ese descanso de la gran obra teatral. “Necesito respirar” y respiró con toda su fuerza una vez tomó contacto con el exterior. Miró las manchas de chicle en el también genuino cemento que hablaba de este patio y no de otro. Pensó que ser profesor era como ir redimiendo cada una de las faltas cometidas de niño injustamente con aquellos que se ganaban de forma tan triste la vida. Luego se irguió y pensó que dar forma a tantas pellas pensantes no era en forma alguna humillante, que ya se darían cuenta ellos con el tiempo de que su actitud no fue en verdad ejemplar, de que no tenían razón con esa genuina rebeldía que les imponía ese “no” en cada frase, esa contrariedad en cada uno de los argumentos expuestos… No. La cosa, como bien resumía el dicho, se curaba con el tiempo. ¡Bendita enfermedad la de la juventud! Llegó a la portería (no la del patio sino la del hall) y preguntó si había recados para él. Nada. Había desaparecido de la faz de la tierra y solo sería recordado cuando aquellos sinvergüenzas recuperaran la coherencia. ¿Cuánto quedaba para el final del descanso? ¡Ya sonaría el timbre! Mejor. El señor maestro odiaba incluso la marca que le dejaba el reloj en verano, pues recordaba que en algún lugar había dejado el molde en positivo, la otra cara de la moneda que daba sentido a sus palpitaciones. “¡A veces me pongo de literario! ¿Dónde hay que recuperar la clase ahora? ¡Ya recuerdo, nos quedamos en los artículos de Larra!” Hay quien fuera maduro para no querer asumir aquel reloj. Ya lo dijo todo la filosofía griega ¿no? Aquello que mantenía Sócrates del suicida como valiente o cobarde en su cincuenta por ciento. ¿Cobarde el que se mata para evitar asumir las reglas de la vida? ¿Cobarde el que prefiere seguir bregando? ¿Valiente el que decide poner punto y final? ¿Valiente el que aún con todo continúa su andadura? Anhelamos los momentos buenos, pero hemos de asumir que son pocos en la vida y que la lucha por estas palpitaciones (que un día dejarán de sonar) será ardua. ¿Luchamos para qué en la vida? ¿Para un final no deseado? ¿Para seguir avanzando hasta morir en el momento menos pensado, a capricho del reloj interno? ¡Valiente el que supera esos altercados que parecen insalvables y, con el tiempo, los va absorbiendo esa tela de la vida, más blanca que el manchurrón contra el que lucha. ¿Cómo pueden entender estos niños el pistoletazo de Larra? Ellos, tan identificados desde el principio con las armas, olvidan esto. Aquellos que caen como saltan los botes a un pelotazo en un puesto de feria, que se hacen los muertos, que parecen no volver a querer levantarse. ¡Qué bien se creen que no respiran! Por un momento, le cogen gusto al frío cemento, por un momento piensan que van a poder eludir la otra mitad del día, que el timbre volverá a sonar y ellos se excusarán con los ojos cerrados o inertes hacia el cielo.
Así quedó el maestro. Así quiso recordar: tumbado, dando mal ejemplo, haciendo como que sangraba. No volvió a sonar el timbre.

3 – 10 – 09

1 comentarios:

R. Tourón 4 de octubre de 2009, 11:59  

Cuando una persona habla tanto como yo algo bueno tiene que salir (aunque no tantas veces como debería...XD)

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