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THE SUN ALSO RISES (FIESTA!) de Ernest Hemingway - Henry King

>> jueves, 15 de octubre de 2009

¡Si alguien no conoce las fiestas sagradas y paganas de Hispania ya pueden abrocharse los cinturones y afrontar el Technicolor! Si bien es cierto que Hemingway consiguió atraer, gracias a su anecdotario, todo este maremágnum de celebrities, no es menos cierto que cada uno debería meterse en lo que mejor conoce o hacer unas mejores oposiciones. Hemingway recibiría un notable en este concepto de fiesta de sangre caliente, pero no podemos olvidar esta pasión que le recorría las feromonas y que le impulsaba hacia la adrenalina: y quien dice un encierro o una corrida de toros dice también la guerra y sus connotaciones.
En una carta enviada a su editor, Charles Scribner, en agosto de 1949 - cuatro años después de terminada la Segunda Guerra-, relató: "Una vez maté a un kraut de los SS particularmente descarado. Cuando le advertí que lo mataría si no abandonaba sus propósitos de fuga, me respondió: No me matarás. Porque tienes miedo de hacerlo y porque perteneces a una raza de bastardos degenerados. Además, sería una violación de la Convención de Ginebra. Te equivocas, hermano, le dije. Y disparé tres veces, apuntando a su estómago. Cuando cayó, le tiré a la cabeza. El cerebro le salió por la boca o por la nariz, creo".
Un año después - el 2 de junio de 1950-, el autor de "¿Por quién doblan las campanas?" volvió a relatar sus experiencias en la guerra a Arthur Mizener, profesor de literatura de la Universidad de Cornell. "He hecho el cálculo con mucho cuidado y puedo decir con precisión que mate a 122 alemanes", confesó.
Un caso curioso, este de Hemingway. Pero volviendo a la recreación, a esa manufactura tan preciosista con la que Hollywood interpreta nuestros ritos comunes, a ese patrimonio invisible que no podrá exponerse nunca a los ojos parsimoniosos de los peregrinos con las catedrales. Estos cuatro guiris que deambulan con nombre propio (Tyrone Power, Errol Flyn, mel Ferrer, Ava Gadner) por las calles de Pamplona, con boina más francesa que española y lacitos rojos (también más parisinos que españoles), resultan cómicos, se muestran demacrados ya, como viejas glorias que buscan un último aliento que les vuelva a apasionar. Son muñecos manirrotos, dramas vivos que tratan de encontrar ese cauce novelesco en los Sanfermines. Digno de admiración. Imagino que España se pavoneó al recibir a Welles, Cocteau, Hemingway, etc. Imagino que ellos siempre retuvieron en su concepto que esto no era otra cosa que el romanticismo de lo “primitivo”, de aquello que se mantiene con los tiempos: la celebración del espíritu. Que así lo sigan creyendo, por los siglos de los siglos… Amén. ¿No? Bueno, pues no.

Sésil Démil 15 – 10 - 09

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