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A CASINHA PEQUENINA

>> sábado, 7 de noviembre de 2009

Allí estaba la madre sentada en penumbra, mirando con ojos de felino que tantea un terreno inescrutable. Su mirada refulgía detrás de la mesa camilla. Los dedos iban solos en el ganchillo. Serían las dos de la mañana. De pronto, la puerta se abrió con un movimiento de llave más rápido que el sonido de la cerradura. Entró un muchacho alto y delgado, con un flequillo que no sabía para dónde ponerse.
Comenzó a caminar con temor en la oscuridad. El espacio todavía no lo había asimilado, no lo había hecho suyo. Tenía que pasar al menos una semana para volver a poner los tabiques en su sitio en el plano mental. Cada año le sucedía lo mismo. Había olvidado que un día tuvo esta casa por suya.
El silencio era un juego de mal gusto. La mujer casi aguantaba la respiración con una profesionalidad que solo la maternidad hace posible a la luz.
El chico comenzó a inquietarse. No encontraba el interruptor porque aquella atmósfera se iluminaba con quinqués. El de aquella habitación lo aferraba entre sus manos ahora la madre.
¡Menuda trampa!
- … ¿Mamá?...
Pasaron cosa de quince segundos hasta que la respuesta se dignó a personificarse:
- ¡Alvaro! ¿Qué horas son estas?
- ¡Mamá! ¿Cómo puedes estar vigilando lo que hago en el pueblo cuando sabes que el resto del año estoy solo y a merced constantemente de “tus peligros”?
- Deja que encienda, Álvaro…
Así, la llama vibró dentro de la cápsula de cristal. Vio entonces que su hijo tenía los ojos como nebulosos.
- ¡Mírame hijo!
- ¡No puedo, madre! No soy capaz de ver directamente a los ojos!
- ¡Sabes que eso denota inseguridad o falta de sinceridad! Te lo dije mil y una veces de niño…
- No es eso madre… No soy capaz, los puntos fijos de los dos ojos, la mirada, no puedo responder a esa responsabilidad…
- ¡Tus ojos se han borrado también para mí! ¿Por qué?
- Se desvanecen… Lo sé… Por eso me gustan las noches. Nadie puede descubrir con un quinqué este defecto… Salvo tú, mamá…
- ¡Esos ojos!
- No puedo, no sé lo que sucede, quisiera mostrártelos en su esplendor, pero ya no respondo de lo que me pasa…
- ¡Hijo mío!
- ¡Basta, vuelve a apagar el quinqué!

8 – 11 - 09

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