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DRAGÓN

>> domingo, 22 de noviembre de 2009

No. Esto que ahora escribo no va a tratar de Bruce Lee. El tema escogido es el de Dibujo Técnico. En este preciso instante, habrá un número considerable de personas que haya dejado la lectura y se haya dado a la bebida. ¿Cómo he podido caer tan bajo? Hablo desde mi triste destino, acordándome todos los días de la familia de Monje, el gran creador y salvador de la civilización. Nótese la ironía en mis palabras. Este señor ¿por qué tenía que venir y hablarnos de que necesitábamos de una capacidad espacial? Su definición se ensombrece más si añado que fue uno de los que firmaron la primera sentencia de muerte en la guillotina. Y es más sórdido aún cuando un servidor se entera de estas cosas cuando es el propio profesor el que presenta así su asignatura. Pérdida de tiempo con profesores particulares y academias… Como ese niño que se encuentra en un conservatorio contra su voluntad y mira, de forma gráfica, lo que sucede en la calle. Luego, al día siguiente, no quiere comer porque sabe que después de hacerlo, a continuación, tendrá que retornar allí. Olvida que no por no comer no llega la tarde. Esta es, nunca mejor dicho, la más puntual. Así, en uno de esos días en los que no hay ni siquiera música de teoría, sale uno de ese lugar y comienza a avanzar en ese mundo inseguro que habla así: “¿Si no eres capaz de visualizar lo que tienes alrededor con tus propios rayos-x (así tengo que bajar la cabeza ante la arquitectura, que puede serlo todo) cómo vas a ser capaz de afrontar las otras dimensiones de la vida?” Hay que salir de ahí, hay que llegar a tal extremo de inmovilidad, como “Battlerby el escribiente” o “monsieur Teste”, que acabe uno hasta teniendo ganas de volver a enfrentarse con la muralla. Hay una parte de la asignatura en la que me atoro. En un principio, en las primeras clases ¡qué bien se explican todos! ¡Qué fácil parece! Uno tiene ganas incluso de dedicarse a esto como posible profesión futura! ¡Qué difícil es la inspiración y qué fácil indicar por qué puntos hay que pasar una recta! (te lo dicen hasta de niño, en esos cuadernos que te crean la ilusión de dibujante siguiendo la línea de puntos)
Si perdemos la visión espacial cerrando uno de los ojos, los piratas debían de pasarse siempre de barco cuando se lanzaban al abordaje… Lo mío tiene delito, pues ni siquiera tengo parche. Todo esto lo complica más la errónea concepción universitaria que poseo. El dibujo técnico está en todos los ámbitos de la carrera y, sin embargo, me empecino en verlo como un compartimento estanco que nada ni a nada afecta. Y así con las demás asignaturas. Sin embargo, soy capaz de reconocer que para levantar una escultura se necesita del dibujo para trazar su armadura. ¿Por qué no veo que una estructura sin las medidas y proporciones exactas, pierde toda estabilidad?
Bueno,tras una de las clases, huyendo de la asignatura, llego a “La Elipa”. Nunca había llegado allí en metro. Me habían prevenido de cierta inseguridad. Mas, todo miedo, se olvidó antes de salir del subterráneo, cuando llegó a mí un profundo olor de bollería. No llegué a saber de donde provenía, no encontré el lugar. ¡Era inconfundible este olor! Otra vez me sucedió que esperaba a una persona en otra salida de metro, una noche de invierno, y me llegó su olor como cinco minutos antes de que se personara ante mi. Observé un mural que recibía o despedía a los viajeros (según como se afrontara el frontón). Estaba plagado de frases animosas que recordar en momentos extraños como este. Ahora no recuerdo ninguna. ¿Dónde está la sencillez de las cosas, la barrera para olvidar el olvido? ¡Si un eminente escritor no es capaz de mantenerse vivo en la memoria de uno, qué pasará con los publicistas! Recuerdo los anuncios pero raras veces lo anunciado. ¡Maldita poética! Había ido allí, a ese lugar, en busca de esas personas que casi son de la familia, pero que de mayor tienes que preguntar el origen de la relación porque de forma lógica es imposible de adivinar. Trifón, casado con Raquel, amiga casi de la infancia de mi abuela. Boticario. Hacía tiempo que no sabíamos de ellos. Llamó la otra noche para saber de la abuela, operada por voluntad propia, para evitar un cólico. Cogí yo el teléfono porque mis padres estaban en el hospital. Me dijo que me tenía que dar unos libros que había cogido para mi hace un par de años y que me iban a gustar. Después, la realidad es otra bien distinta: se los regalaron en la casa de la moneda al comprar un par de grabados como pseudo-coleccionista de arte (el nivel adquisitivo medio no es para tirar cohetes, si para comprar dos estampas de edificios religiosos- uno de ellos “La Almudena”, no digo más). Total, que sin comerlo ni beberlo le endosaron un libro de Palazuelo y otro de Chirino. Palazuelo, artista que odio desde primero de curso, idolatrado por un profesor que me hizo un curso imposible. Que, en el funeral de mi abuelo, lo tenían como decorador oficial en el tanatorio, presidiendo los cuerpos a los dos lados de la habitación en enmarcaciones tan frías como su contenido. “En cuento vi que se trataba de cosas abstractas… pensé en ti”. Tenía que haber dicho tras los puntos suspensivos: “comprendí que regalaran este tipo de libros en aquel lugar”. Bueno, pues con los libros bajo el brazo, salí de allí contento de reencontrarme con esta persona recordada fielmente en mi memoria visual. ¡Me acordaba hasta de la boina que no ha dejado de ponerse! Pero antes… el Gran Dragón. Estaba allí, en el mismo sitio. Pensé que había sido pasto del agua de ese pantano que hace olvidar su historial a las personas a la vez que las proporciona hidratación. El dragón había sido semienterrado, por así decirlo. Estaba condenado, ya no podía utilizarse como lo que era: un inmenso tobogán. Ahora, era una escultura sin huecos, un testimonio inútil para las nuevas generaciones. Para los que tuvimos la suerte de introducirnos en su secreto, no. Esto sucedió el viernes. El sábado, me encontraba por esas mismas horas, en el lugar secreto del Cine Doré desde donde se proyectan las películas. Por todos sitios, latas con títulos originales: “Sunrise” de Murnau, “Jour de fete” de Tatí, “Splendor in the grass” de Kazan, “How green was my valley” de Ford… Y, por supuesto, dos pequeños ventanales que daban al teatro delicioso, casi de cuento, donde los espectadores permanecen ajenos a los mecanismos que hacen posibles las ilusiones. Esos ojos, como los del dragón, me protegían de lo que había fuera y me hacían sentirme superior. “Utilizamos dos máquinas para las películas que necesitan, por su duración, un empalme de rollos sincronizado y no manual”.

22 – 11 – 09

4 comentarios:

R. Tourón 22 de noviembre de 2009, 11:50  

...y cómo es que nunca hemos coincidido en el Cine Doré o quedado para ir?

putativus 22 de noviembre de 2009, 11:59  

¡Hay que hacer algo al respecto!

Javi Malabarearte 24 de noviembre de 2009, 11:31  

¿Entraste en la sala de proyecciones o has comenzado a trabajar allí? XD

Yo también he usado ese tobogán amigo.

putativus 25 de noviembre de 2009, 13:55  

¡Ajá! Te lo has creido ¿eh? No, si al final voy a tener la capacidad descriptiva de los realistas españoles (véase el apéndice de la Real Academia en este aspecto acerca de Pereda -no Perela-, Blasco Ibáñez, Galdós o Rosalía de Castro)

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