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EL CLAVO: ALARCÓN – GIL

>> sábado, 7 de noviembre de 2009

Sigo pensando que me encantaría ser Rafael Durán para enarcar una ceja y que todo girase a mi alrededor. Descubro ante los demás un cierto modelo de belleza femenino en mí arraigado con mi propio descubrimiento de Amparo Rivelles, allá cuando era una jovencita de carnes generosas pero a la vez comedidas. Encuentro en Pedro Antonio de Alarcón un amigo de adaptación perfecta de la España del diecinueve en el cine, aún cuando difiera en un par de detalles que en general no entorpecen la puntuación óptima. Mas, hay una cosa que encuentro incongruente: ¿De dónde se saca un piano la protagonista al llegar al hotel? ¡Yo también quisiera entretenerme al hacer un alto en el camino, pero no se me ocurre pedirle al conserje tal capricho! Sin embargo, inspira. Me viene ese sonido del instrumento cuando el ejecutante se muestra inseguro en sus primeros ejercicios. ¡Cómo va dejando cadencias en el aire, sin preocuparle el ritmo, sin creer en más allá de sus paredes vacías del estudio! Como una caja de música cuando va perdiendo cuerda.
“El Clavo” es una historia que derrocha sentimentalismo más allá de su justa medida. “El Clavo” es un título que nunca muestra esto que le da sentido, cuyo nexo de historias permanece invisible. El crimen existe pero no las pruebas para el espectador.
¿De verdad el mundo es tan pequeño? ¿Qué relación hay entre el amor propio y la profesión? ¿Cuándo la ética destroza las vidas de aquellos que la dan sentido? Javier Zarco, el protagonista, trata de mantener la coherencia en un mundo deshumanizado: allí está el ejemplo gráfico del “Vuelva usted mañana” de Larra… Pero… Hay otros casos donde, el propio individuo, se presenta como inhumano por comportarse de acuerdo con su origen: Hay en el Carnaval algo terrible, en este caso. Es de agradecer una fotografía tan espléndida en ese tenebrismo de escenarios de cuento como en aquel otro de la cotidianidad, como bien puede ser este ejemplo de la fiesta en el hotel. Planos fijos tan meditados como los de la inclusión de elementos que jueguen a la balanza como en un cuadro (el cabezudo, las serpentinas, las escalera que da a las habitaciones -tras la fiesta, en la soledad del hotel…) Otros más económicos como los de unas nubes surcando un fondo gris… Y los falsos escenarios de exteriores, todo un pueblo al más estilo Zuloaga (con la inclusión de ese medio western de carruajes como mediadores).
¡Ese baile de la desesperación con esa amada que ya es casi un fantasma!
La pretensión de proyectos de este tipo demuestra lo que puede dar de si un relato breve, su superioridad a obras extensas infumables. Un tipo de cine español histórico-fantástico, que, por lo que se ve, es lo que mejor se nos da (debíamos explotarlo más allá de ese otro paródico como el del “Lazarillo de Tormes”). Nunca el histórico-verídico, aunque parezca que son mismas palabras.

7 – 11 – 09

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