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El espectador como espectáculo

>> lunes, 9 de noviembre de 2009

Los árboles no nos permiten ver el bosque. En el caso de Sujimoto, el exceso de imágenes no nos permite ver “en” la pantalla. ¿Qué es la pantalla? ¿Qué clase de misterio sucede cada vez que se apagan las luces y comienza la función? ¿A quién sonreímos que crea ese consenso? ¿Qué tipo de control es el que consigue encerrar a un centenar de personas por cada cubículo prometedor? No olvidemos que aquello se limita a cuatro paredes con un foco “generador de ilusiones”. Desilusiones, diría yo. La respuesta a todo esto es la siguiente: No somos capaz de vernos al otro lado proyectados. No somos capaces de ver la realidad en la cual nos vemos inmersos y participamos, estamos inmersos en ella de forma aparentemente voluntaria. En la fotografía de “La sociedad del espectáculo” de Guy Debord aparece un complemento para la de Sujimoto. En este caso interesa personificar al público como dispositivo casi robótico, que ha perdido su carnalidad por unas gafas de tres dimensiones. La obra de Anis Kapoor muestra un “Gran Hermano” que resulta incluso adecuado para fotografiarse con él, si se es peatón de paso, como anécdota. ¿Las personas aquí tampoco se ven? Como cualquier novedad en la urbe, la cosa más ínfima que se salga de la realidad, “merece pasar a la posteridad”. Cada vez que se personifique con un fotografiado diferente, se estará cumpliendo el motivo por el cual cada artista se sintió impulsado para actuar.
Señoras y señores: les presento “La comedia humana”. Aquí tienen ustedes una maqueta que representa un teatro extraño que nunca pasará de “boceto previo”. Claro, ni yo soy arquitecto ni mi propósito es ir más allá de este fantasma. Hay aquí una necesidad de verse contemplado fuera de todo narcisismo. Toda persona que se acerque a esta caja (aparentemente, no se percibe lo que sus cuatro caras esconden como caja) sentirá la curiosidad de avanzar por el mero hecho de curiosear lo que en su interior esconde. En un primer momento pensé presentarla tumbada, boca arriba, para que aparentara todavía menos lo que en realidad contenía. Una vez asomado el individuo al interior, solo se encontrará consigo mismo. El atrezzo es solo un conductor hacia esa finalidad. Se verá engrandecido, como si fuese “Alicia” o “Gulliver”. La diferencia de dimensiones resulta también importante, puesto que esta idea abstracta del “espectador como espectáculo” juega con esa transformación de pensamiento, ese cambio de visión. Quizá las dimensiones menores de la obra ayuden a hacer más digerible este paso. Incluso puede verse como un mero juguete. El alambre que puede parecer mimbre no es sino una forma orgánica para designar a aquellos que no están pero podrían figurar. La ausencia del espectador se ve sustituida por ese calor que desprende cada una de las sillas, ese dibujo tridimensional hecho a partir del material con el que se configuran las esculturas en su estructura más clásica. Ese escenario vacío no nos habla del intermedio entre función y función (podría aparecer incluso una persona de la limpieza siendo retratada por su reflejo) sino del propio ser humano, el mismo creador del sistema de entretenimiento. En otro de los primeros momentos de tormenta de ideas, incluí a un personaje sosteniendo el espejo por detrás, un espectador que se resistía a ver la realidad pero colaboraba directamente para hacerla posible. Es este tipo de visión abstracta la que he decidido adoptar respecto de lo que “no muestro”. En este caso, este personaje medio-funcionario, gris, confiere al relato truncado un carácter casi cómico. No me interesaba. Buscaba la economía de medios. No tanto cómo realizar los pliegues de las cortinas como el color oscuro a través del cual conduce esa alfombra roja. Y es que, los personajes de Paolo Manfredi pueden estar perfectamente definidos en la irregularidad de cada una de las sillas porque, dentro de la frialdad de un sistema de producción, está en este caso la mano del que crea individualmente. Así, dentro de este panorama aparentemente abandonado, hay un cierto calor artesanal.

9 – 11 – 09

2 comentarios:

monica 14 de noviembre de 2009, 0:58  

Creo, como tú, que es difícil, que no somos capaces, o somos cada vez menos capaces, (por no decir más incapaces)de encontrarnos, de vernos en la realidad, así como somos. Se necesita valentía para eso. Me ha hecho pensar mucho "La comedia humana". Gracias Putativus

putativus 15 de noviembre de 2009, 3:04  

El teatro no tendrá fin... Nos gusta de vez en cuando olvidarnos y dejarnos llevar por ilusión. No hay nada más fantástico.

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