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ESMERALDA LA ZÍNGARA

>> domingo, 8 de noviembre de 2009

Personal película como no podía ser de otra forma con Dieterle en el puesto de obra.
“El Jorobado de Notre dame”, “Nuestra Señora de París” y, ahora, otro título para designar lo mismo y volvernos más locos: “Esmeralda la Zíngara”. Hay, como se observa, tres partes bien definidas: la catedral, el personaje que vive refugiado en ella y la muchacha que rompe la normalidad del escenario en su cotidianidad. Una joven Mauren O´Hara, de la cual no sabíamos todavía su era pelirroja o no debido al blanco y negro.
Hay toda una poesía desplegada en la película. No hay que olvidar la enseñanza de la Historia (La imprenta de Gutenberg, la función didáctica en la piel de los edificios religiosos, la situación de clases. En resumen: el progreso frente a lo que va quedando como historia de los lugares por los que pasa la huella del hombre) pero hay que atizar y bien a los clichés: por ejemplo, ese rey bueno que pone en evidencia a la moral general de los otros estamentos, que se pone del lado del pueblo. Luego, ese maléfico Frollo que parece encontrarse “solo a medias” entre los religiosos (aquí hay un engaño para convencer de lo contrario). Hay que reconocer que Hugo en esto es el rey. Conmueve como nadie a quien lo lee, lo posiciona gracias a su trabajo analítico de “modelos de personas” un tanto tópico. “El pueblo es peligroso” dice frollo al rey. Este contesta: “¿Peligroso para quién?”
Pero volvamos a la poesía:
Estas bellas palabras, casi convertidas en poesía, que Mauren O´Hara dice a su amor platónico, el caballero que no puede amar (porque su vida es lucha continua, desafío a la muerte), los dos en la hierba, alejados del resto de la fiesta:

¡Febo!
Ahora te veo
La luna muerde la noche
Mientras el sol reposa
¡Cuán venturosa es la luz de Febo!
¡Febo, el rey del día!

Febo, aquí como nombre particular de personaje y como referencia a la mitología solar.
Esmeralda cree en el amor universal (no confundir solo con el que suscita la pasión) pero, como es de esperar en “una persona ingenua que solo pide cariño en el mundo” (vemos cómo reza por primera vez a la virgen, a esa obra de arte que representa esa biblia de piedra de los pobres), todos se aprovechan de su hermosura y bondad, y tan solo el jorobado es digno de su amor.
La “locura” de amor puesta de forma gráfica en la virulencia con la que desempeña Quasimodo su labor como campanero.
Los clichés del desprecio a los seres inferiores según el arraigo de culturas, como los tullidos como es el caso, o las razas, como en el de Esmeralda, la “zíngara” o gitana. Este aspecto contiene dos vertientes: la negativa y la del folclore. En los dibujos de Disney (a secas, la factoría tan solo… El tío Walt ya no estaba ahí) se incrementa con la sensación pictórica de su piel bronceada.
Disney calca con insolencia este filme. Teníamos a su precursor, en la fábrica de Carl Laemle, con Lon Channey, (“El fantasma de la ópera”) encarnando uno más de los personajes que le consagraría. Más, en mi opinión, creo que aquí Laughton (“Testigo de cargo”) se arriesga como actor al interpretar un papel alejado de su constante, ahora toda recubierta de artificio (ese ojo por debajo que nunca pestañea).
Hay otra reivindicación: La manía de culpar a las personas sembradas con el odio de la sociedad. Después, esta frase hacia los poderosos que recuerda a la famosa de Unamuno “venceréis pero no convenceréis”. Corresponde al momento en que unos soldados entran en una imprenta para desbaratar la publicación de papeles denunciantes contra la dictadura de los altos mandos:
“¡Podréis destruir la forma, pero no el espíritu!”
Cuando Quasimodo refugia en su campanario a Esmeralda después de arrebatarla de la horca, la muestra desde una de las ventanas lo pequeñas que ese ven las personas desde ahí arriba. Se siente poderoso, se siente asegurado en ese lugar que le ha dado la condena: las campanas además le han dejado sordo. Me vino a la cabeza “Él” de Buñuel, cuando Arturo de Córdova repite esa misma frase antes de tratar de estrangular a su mujer. Hitchcock a su vez dijo inspirarse en este momento para “Vértigo”.
Ella no comprende su felicidad, le horroriza ver cómo se arroja al vacío aferrado a la enorme campana mientras trata de crear música en honor de ella. También él comienza a darse cuenta de su “no hermosura”. Entonces, comienza a ocultarse las partes del rostro que no quiere que le vean, se avergüenza cuando se dirige a ella y, a su vez, ella sufre al verle de esta manera. El propio jorobado abrazado a una de las gárgolas y preguntando a Dios “¿por qué no me hiciste de piedra como a él?” resulta uno de los mejores finales de cine que hasta hoy he podido ver, muy bien aconsejado, por cierto, en este caso.

Sésil Démil 8 – 11 – 09

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