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La cuadratura del círculo

>> lunes, 2 de noviembre de 2009

Cada vez que salgo del metro en mi parada, Avenida de América, me imagino el edifico de Torres Blancas. Está como escondido, preservado, como necesitado de un paseo, de una molestia por parte del peatón para llegar hasta él. Yo me decía hasta hace poco: “¡Vivir en Avenida de América y no ver ni por alguna de las ventanas de casa este edificio, es como vivir debajo de un puente por San Antonio de la Florida y no poder ver la “Quinta del Sordo”! Ahora, ese edificio de color gris (falló a la hora de concebir materialmente el nombre) me inspira, como diría Galdós, “Misericordia”. Está dejado de la mano de Dios. Aquel, en su día rey de reyes, subestimado por su categoría, se ha convertido en edificio condenado a almacén. Las personas que un día creyeron presumir por vivir ahí, han descubierto el desasosiego que les produce habitar entre tabiques circulares, el no encontrar paredes que creen planos perpendiculares. ¿Por qué cada vez más frecuentemente, el arquitecto olvida su originaria función? Es cierto que nosotros, en nuestro origen no-material, no le echábamos ascos a vivir en chozas (con su estructura interna), pero también es cierto que eran nuestras manos y no el trazo de un rotulador en un papel los que hacían posible dormir protegidos de la intemperie.
Ahora, viene a mi memoria otro momento triste de nuestra historia: Fisac y “La Pagoda”. Todavía no se han esclarecido los motivos, pero a este arquitecto de renombre le demolieron su obra de la noche a la mañana, con nocturnidad y alevosía. Se negó en un futuro la posibilidad de que le reconstruyeran su trabajo. Es verdaderamente curioso esto de la arquitectura. En el momento en que el autor vende su obra, ya no hay posibilidad de remediar salvajada de cualquier tipo.
¿La memoria es tan delgada para la justicia?
Vayámonos a una arquitectura menor pero con igual carácter sentimental: El puesto de libros de Alonso Martínez. Con el levantamiento de las aceras, como quien no quiere la cosa, ha desaparecido. ¡Como quien olvida poner un banco después para que se sienten los peatones!
Donde los Hoteles Colón, anteriormente palacio de Medinaceli, los vecinos debieron de sufrir en silencio cuando, de repente, de un vergel que escondía esta otra maravilla, aparecieron estos bloques que imposibilitaron toda visión más allá, todo horizonte.
En fin ¡vivir para ver!... cómo hacen lo que les da la gana con la especulación. Ojala tuviera yo el don de poner y de quitar casas. Pero, ante todo ¿dónde está el botón “suprimir”?

2 – 11 – 09

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