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“PERSONA” DE INGMAR BERGMAN

>> domingo, 29 de noviembre de 2009

Volvíamos de tomar un tentempié antes de la sesión cinematográfica. Nos dijimos “¿quién va a ver una película de Bergman a las diez de la noche?” Lo cierto es que, cuando estábamos llegando, comenzamos a ver una cola de admiradores de Bergman a las diez de la noche que apabullaba.
- ¿Y esta cola?
- ¡Del mercado, seguramente! ¿Tú que crees? (En la manzana en que se estaba formando, la siguiente al Cine Doré, está el mercado de Antón Martín)
Eran las nueve menos cuarto, y el éxito de un cine de reposiciones había sepultado cualquier estreno actual en bulevar abierto, visible una tarde de lunes.
Entramos cuando ya había comenzado la proyección. Se trataba de una copia que había sido subtitulada doblemente, en portugués de letras grandes, y en español en una parte tan inferior del cuadro que, nosotros, ante una barandilla del piso de arriba, teníamos que hacer piruetas para poder leerlos. Yo me mantuve en muchas ocasiones agachado, para poder ver a través de un aro rococó que había ya a la altura de los asientos.
Sería absurdo tratar de obtener conclusiones sobre la película, ya que esta ya se explica bastante durante la misma. Nada que añadir sobre el análisis de una situación que salta a los ojos, de unos diálogos impecables que son gráficos en demasía sobre los aspectos internos del ser humano. Es decir, somos una contradicción con patas. Allí están las confidencias, las decepciones, los odios, y, por tanto, la intimidad en el que nacen y se desarrollan los anteriores. Por si fuese poco este problema planteado, hay además un desconcierto total de imágenes fugaces que consigue desconcertar al espectador hasta que esa linterna mágica que es el cine, da el punto final con ese rollo de metraje que salta del proyector y esa llama de luz que se apaga.
La historia de dos mujeres que parecen compenetrarse con la voz de conciencia una, con el silencio otra. Le enfermera que quisiera ser la paciente. Hay una especie de admiración hacia este perfil fuerte que, por otra parte, nada dice de él a los demás (en ello residirá pues la fuerza, en la reserva hacia el mundo exterior). Sin embargo, es un pozo sin “luz”, un eco de dudas que se multiplican en su repetición. Un niño que no llega a adivinar los rasgos de una identidad nebulosa, un rostro que ve pasar los días con sus atardeceres con su lógica de duración fuera de los ritmos del cine (bellísimo plano en el que, desde la cama, el rostro va desdibujándose con la oscuridad en crescendo).
Sin duda, una película que dice justamente lo que necesita, que utiliza el tiempo justo, sin pasarse ni quedarse corto.
Hablé con anterioridad de la conservación de películas en el Doré. Pues bien, aquí hay dos momentos en los que uno puede llegar a inquietarse respecto a la calidad de las copias: el momento en que parece destruirse el celuloide y aquel otro en el que un mismo monólogo (refiriéndose a la maternidad) parece repetirse exactamente. Por fortuna, queda explicado tras haber mantenido al espectador dudoso. Una innovación, sin duda, en el terreno del tratamiento cinematográfico.
Una última cuestión (creo que la más importante): El tratamiento de la sexualidad. Indagando a través de la historia, descubrimos el temor al cariño, porque este lleva al compromiso. Esta atadura se vuelve todavía más fuerte en el momento en el que hay que afrontar un matrimonio y el nacimiento de un hijo. Lo sexual crea el puente para que todas estas cosas sucedan después, incluso con cierta ceremonia y orden. Será esta fuerza tan poderosa la que vaya poniendo un itinerario en nosotros, que nos haga perder, en cierta forma, la libertad individual para crear algo poderoso como es la vida. El arrepentimiento puede llegar tarde, pero, para entonces, uno se encuentra atado ya de pies y manos. Lo que denominamos “proyecto” no es otra cosa que una convivencia pactada, una dedicación entera al otro. El resultado de la convivencia se manifiesta en la nueva naturaleza creada del vástago. Así la cadena volverá a ponerse en funcionamiento una y otra vez, porque la ley natural más que fuerte sobrehumana, sobrepasa a cualquier teoría. Los actos que lo sexual conlleva parecen contrariar a los pensamientos propios, suceden como un increíble cisma que separa el antes y el después. La historia que la enfermera, ahora convertida en confidente, revela a la paciente, resulta también como un momento sobrenatural, como la declaración abierta de una persona que, hasta ese momento, fue cerrada. Parece que ese rito casi ceremonioso la transforma, la afecta, “la hiere”, la trastorna. Un capítulo orgiástico que Bergman sugiere con toda la naturalidad y que, aún con los años, resulta impactante. Alma, que así se llama la enfermera, se siente tan unida a Elisabeth, su paciente, que llega a querer ser ella, cree que las dos pueden ser una si ella pone todas sus fuerzas en ello. La quiere, la ansía, busca una relación más allá de las palabras, trata de interactuar con ella físicamente, ya que la otra calla en todo momento. Esta relación tan ambigua, esta contentación incluso con el tacto de la mano en el pelo (zona bastante erógena, foco para las sensaciones) es todo un tema que, como digo, hay que abordar aparte, y, por ello, lo he dejado para el final. Porque esa necesidad de cariño, de no soledad (a la que ellas mismas se han condenado refugiándose en la casita de campo como terapia), precisa de otras pasiones más allá del amor. Precisamente porque el ser humano es una caja de sorpresas, aquí tenemos un camino que nutre las relaciones sociales exigentes. No hay que olvidar que Alma ejerce un abuso de poder para con una paciente cuyo problema precisamente es no querer saber nada de lo que sucede más allá de ella misma. Constantes violaciones de la confianza casi como norma de educación, las tenemos también en la carta que escribe a la doctora Elisabeth y que pide a Alma que envíe por ella, donde habla de su compañera en términos casi de superioridad para con ella, como si los papeles hubiesen cambiado y ahora ella fuese la enfermera y no la paciente. Luego, Alma cuando abre la carta (que por cierto señala que no “estaba cerrada”) y lee su contenido.
La cruda violencia que somete a los instintos más peregrinos del hombre a su capricho, es el resultado de malentendidos, de una mala comunicación, desde luego. Aunque Bergman nos hable del trabajo artístico como terapia de médico, sabemos que en esta historia no podía haber un final sabido, que cercar el interior de la persona resulta imposible y, el público, no podría creerlo además. Así, vemos cómo todo sucede alrededor, cómo esta persona asume todo aunque nada quiera saber (aparentemente), pero no veremos curación posible puesto que no existe en estos casos la integridad de un proceso. Estamos avasallados por una historia que h pasado y que siempre estará allí, y seguramente esto nos hará comportarnos rumbo a una historia por escribir que no podrá encauzarse de otro modo. Seremos nosotros sin remedio.
28 – 11 – 09

2 comentarios:

Nacho 29 de noviembre de 2009, 14:38  

ME DABA LA SENSACIÓN DE QUE LOS SUBTÍTULOS EN PORTUGUÉS NO CONCORDABAN CON LOS EN CASTELLANO. ¿OTRO RECURSO PARA DESCONCERTAR AL ESPECTADOR?

putativus 30 de noviembre de 2009, 3:42  

si, desde luego que no concordaban.
Desconcierto es una palabra bella que no debería de estar en boca de los montadores de películas.

PD: He ammpliado el ensayo, por si te has quedado con ganas de leer más.

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