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SILUETA

>> miércoles, 18 de noviembre de 2009

Françoise Seagan se encontraba como invitada en una cena al aire libre. Era una casa como todas las casas que puede uno imaginarse en las afueras de la ciudad. Pocos aspectos la diferenciaban de las otras. Allí estaba ella solo con similitudes en su cabeza. Vio la barbacoa, oxidada en su propia definición. Vio la mesa sin mantel y con comida. Vio un sofá de cañas. Optó por sentarse en aquel, pues sabía que era de cañas al no estar ocupado con nadie que pudiera hacerle sombra. Se tumbó todo a lo largo. ¡Cabían al menos siete personas! Este sofá estaba orientado hacia el tabique vegetal que separaba la casa de la siguiente (y etcétera hasta muchas más allá). Nada le importaba de lo que allí se hablaba. De hecho, podía no haberse ido hasta allí, estar ocupando su tiempo en otras cosas. ¡Pero cosa extraña lo que tienen los amigos! Parece que les hacemos favores aceptando invitaciones. Nos llenamos de odio cuando pensamos que nunca habríamos tenido el mal gusto de haber invitado a esta persona a algo nuestro. Y, mientras tanto, no pasan nubes, ni siquiera las de de la barbacoa (creo que dejé claro que esta está en desuso).
De repente, escucha una voz. “¿De dónde viene? ¿Por qué quiero saber de dónde viene? ¿Qué me dice de interesante?” se preguntaba.
Entonces, se percató de una extraña silueta al otro lado de “la pared”.
- Sí, soy yo. Te aburres ¿no?
- Vine por un sujeto que ahora está con otro sujeto y otros que a su vez le sujetan.
- ¿Tú no sujetas?
- No, yo miro cómo es sujetado, que resulta más divertido.
- Este vecino mío tiene la manía de andar sin apoyarse…
- ¿Por qué me hablas?
- Porque en el fondo no busco sino una muleta…
- Te he dicho que me gusta mirar simplemente.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Me acabas de llamar muleta…
- Tienes razón.
- Tú eres silueta ¿no?
- Sí.
- ¿Por qué no das la cara?
- Me acabas de llamar silueta ¿no?
- De acuerdo. ¡Touché!
- ¡Pues bye bye!

Aquella noche Françoise soñó con él. Era igual de negro que como le recordaba. Era fácil de retener en la memoria físicamente, aunque no tanto sonoramente. Pero le recordó. Quería dedicarla un poema. Ella le echó “en cara” que escribía muy fácilmente poemas. Él preguntó que qué había de malo en ello, pues él pensaba que no había nada en su conducta de derroche. En estos términos se expresaba:

¿Qué hay de malo en tu pensamiento
que nada quiero saber de ti?
¿Por qué este mi comportamiento
y no otro menos hostil?
Algo hay en todo esto que no me gusta nada
Hago un profundo análisis en mi persona
Aunque siga sin querer verte
y te rehúya
tan salvajemente
siento que debo cambiar

Así Françoise se despertó en el mismo sofá y comprendió que aquella silueta le había ganado la partida en su propio campo.

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