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CRÍTICA (MUY CRÍTICA- Y RAZONADA) A LOS CRÍTICOS

>> lunes, 14 de diciembre de 2009

¿Qué debió de sentir Don Camilo cuando, siendo censor oficial, se encontró con su obra maestra “La Colmena”, sutilmente “recortada”?
Creo que todos llevamos en nuestro interior a un pequeño crítico (y esto no se lo he plagiado a nadie). ¡Hasta Flaubert y Baudelaire dieron cuenta incluso de Hugo y de Balzac! Lo que sucede es que, estos críticos solapados de diario íntimo, han tenido la suerte de perdurar en el tiempo en sus críticas y los otros, la mala de ser sepultados después de los años. ¿Por qué? ¡Porque creaban una vida aparte, sabían ser constructivos! Ahora, parece que las escuelas lo único que se saben crear son críticos, pequeños impotentes incapaces de sacar un “¿y después qué?” de sus batallas campales. Azcona dijo que los críticos son unos críticos frustrados. Algo hay de esto, puesto que ni siquiera aspiran a realizar algo de lo que hablan. ¡Y, sin embargo, parecen conocer mejor la obra de la que hablan que el propio autor de la misma! Tienen algo de chamanismo en sus palabras. Así, deberían de sustituir su designación por algo más light, fuera de toda estigmatización: En lugar de “crítico”, “emisor-de-juicios-sobre-algo-que-resulta-de-interés”. Así, por de pronto.
Valor inverso: Si bien el camino correcto “o hacia la perfección” sería de admiración a construcción, hay ejemplos que parecen romper una lanza a favor de esta propia regla. Carlos Boyero (ahora crítico en “El País”) comenzó sus correrías participando en un cortometraje como actor titulado “Oscar y Carlos”. Su compañero en el reparto era, como era de esperar, Oscar… Ladoire. El director de todo esto: Trueba, el que por un ojo ve Telecinco y por el otro La Sexta.
Aunque este detalle resulte de Diderot grotesco (por sentimentaloide), he de expresarlo: hay un individuo que, sin esperar una crítica razonada, reparte su idea a los demás, llena de una pureza no contaminada por estos señores “pie de página”: se encuentra fuera de lo que llamaríamos un trabajo pulido como consecuencia de un estudio previo de las reglas del juego. Es un señor mayor, con un físico que me recuerda al de Ángel González, que reparte octavillas con un poema, como ya digo autodidacta, escrito y corregido a máquina, perdido su color en las tantas fotocopias del mismo para cada día. Lo único que echo de menos en él es que no renueve la historia. Pero a él no le preocupa ¡pues hay tantas líneas de metro como combinaciones diarias de los pasajeros en los trayectos! Hoy lo he vuelto a encontrar, con esa inocencia con la que buscamos en los turrones navideños el sabor de los colores de lápices: “Crema tostada de avellana”, por ejemplo. En el asiento de mi derecho, otro viejito con un papel que nada parecía desvelar de lo espiritual simbólico: tan solo una fórmula científica escrita a lápiz, que parecía repetir una y otra vez, como convenciéndose de ella.
No creo que haya que recurrir a las Vánitas para encontrar sentido a las calaveras.
¿Creamos nuevas realidades o trabajamos sobre las ya existentes? Si puedo realizar doblemente un trabajo, supongo que no desecharía la una por la otra. Una base necesaria para construir otra… O la construcción de una sola sin esperar el “esto ya se ha dicho”, porque en verdad esto sí que contamina.
¡Se abre la veda de las críticas!

14 – 12 – 09

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