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¿QUIERE UN LIBRO DE JANE AUSTEN?

>> viernes, 4 de diciembre de 2009

Llegué al barrio cuando apenas quedaban luces encendidas, casi ni tan siquiera las de las farolas. Cargaba con mi propia profesión desde hacía ya seis horas ininterrumpidas. La profesión de vendedor de libros a domicilio no puede decirse que no te perita tomarte un bocadillo de casa en casa. ¡Además, estás en la calle todo el tiempo! No, no puedo quejarme. Es un trabajo fácil y, además, me gusta viajar, desplazarme por mi propio pie. Me han salido canas, ya no resulto tan simpático para los clientes y llevan sin renovarme el uniforme años. El petate a veces se clava con los cantos de ediciones de lujo, nada más. Todo es normal. No puede haber motivo para quejas. Bastante agitado está el mundo como para además pedir revuelto para comer. Hay una cosa, sin embargo, que puedo aplicar en mi vida como molesta: repartir en mi propio barrio. Soy persona que no gusta de pasearse para que los vecinos, entre ellos, tengan un motivo con que hablar. Soy un hombre sencillo que reparte felicidad (o, al menos, lectura, para que no se me confunda con Papá Nöel) a domicilio. El anonimato llega cuando las caras de clientes que se borran de la editorial dejan de verme mensualmente. Hay algunas que me miran con lástima y odio: lástima por mi aspecto débil y necesitado, y odio porque no saben ya qué libro comprarse y yo soy como el que les presiona a saturar sus casas de papel.
El cliente a quien debía de convencer de su buena decisión al inscribirse como socio era un viejo conocido. Tenía su establecimiento frente a mi casa y solo me conocía de pasar por su acera. Por ello, era un nuevo cliente conocido. Desde que comencé en esto, todavía no he conseguido erradicar de mi personalidad esta cierta vergüenza: tratar a gente del día a día como caballeros o señoritas y señoras con un “Don” o “Doña” por delante. El problema es que este cliente a quien debía de entregar su libro me conocía a mí, pero no yo a él. No se dejaba ver para quien no entraba a su tienda y, quien lo hacía, era porque realmente no había oído hablar de él. Un personaje huraño que se asoma por la cortina del escaparate, con esas uñas largas y esa barba deshilachada que recuerdan a los personajes malvados del teatro Kabuki. Como con una máscara blanca por delante, pensaba en este individuo como un ser necesitado de sociabilidad. Por ello el negocio, por ello el apuntarse a un club de lectura: por tener a gente que fuese a verle para decirle un par de palabras.
Entré en la tienda de ultramarinos con la preciada joya en la mano: una edición para coleccionistas de “Orgullo y prejuicio”. Llegué hasta el mostrador aparentando no temer a mi cliente-dependiente y esperé a que dejase de ver por un momento “Tigre y dragón” por su tele para atenderme.
- Es usted Hoang Loo ¿verdad?- le pregunté con la misma sonrisa con la que atiendo a los nuevos clientes.
Asintió secamente, sin terminar de despegar los ojos del monitor.
- Soy del club “Lecturas duras” y vengo a traerle su pedido. Usted nos había encargado un ejemplar de “Orgullo y Prejuicio” ¿verdad?
No sé para qué pregunté. La respuesta fue “no”. Me quedé un tanto intrigado.
- J-a-n-e A-u-s-t-e-n- traté de aclararle pronunciando minuciosamente el nombre para no dar lugar a confusiones.
- No. ¿Quiere comprar algo?
Me estaba tomando el pelo. ¿Por qué no va a querer un chino un libro de Jane Austen? No comprendía nada, estaba confuso y con ganas de matarle. Entonces, sorpresa, habló:
- ¿Le gusta el cine chino?
Yo entonces contesté:
- Soy más del japonés… ya sabe, “El imperio de los sentidos”.
El chino despareció de repente, supuse que con un truco de aquellos que tan bien saben hacer ellos. Después descubrí que solo se había agachado, apareciendo de nuevo con un lote de películas. Continuó:
- ¡Ah, ya! ¡Cine porno! ¿Quiere? Cinco euros película. Tres películas. Quince.
A un vendedor no se le compra tan fácilmente.
- ¡No, no! Amigo mío, la película de la que le he hablado no es pornográfica, sino una pieza del séptimo arte. Toda una filosofía detrás…
De nuevo, recibí una pregunta inesperada:
- ¿Usted la entendió? ¿Le gustó “Imperio de sentidos”? ¡Hable, diga algo, yo necesito hablar de algo con alguien! ¡Por favor! ¡Vida dura, todas las horas todos los días todas las semanas! ¡Poco descanso!
Salí corriendo de allí dejando un reguero de libros por el camino, que iban cayendo del petate. Y lo peor de todo es que no puedo huir de alguien con el que convivo a una manzana. Siempre he de volver al lugar del crimen… Quizá yo también estoy en esta profesión para poder hablar con la gente. No es que sea asocial, pero lo cierto es que la gente me rehúye: ando raro, hablo siempre con una voz de la que salen gallos constantemente, me encanta contar chistes malos…
Me he visto a mi mismo en un espejo oriental y me he asustado.
Cuando llegué al primer parque solitario, me senté sobre una piedra y me di cuenta de que todavía tenía en la mano el libro de Austen. Fue entonces cuando caí en la cuenta, por sus dimensiones, de que ese libro no podía ser ese libro. Lo abrí por la primera página y leí: “Lao Tse”.

¿Ven lo que les decía? ¡Odio mi profesión!

2 – 9 – 10

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