Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

Escrito sobre Pepín Bello con motivo de mi visita (20 de mayo de 2008)

>> miércoles, 23 de diciembre de 2009

Tengo que hablar, me veo en la necesidad de hablar de Pepín Bello, con el que hace casi un año estuve hablando tan tranquilamente en su casita a las afueras de Madrid, cerca de la central IBM (cogiendo la Avenida de América hacia la M-30). Yo sentía admiración por él, le veía en aquellas reuniones clandestinas en Toledo donde Buñuel se travestía de cura (de monja lo hacía con los vizcondes de Noailles), Dalí vestía igual que como paseaba por Madrid cuando podía escaquearse de la Residencia… y otros tantos (como Moreno Villa) completaban el repertorio en aquella orden tan peligrosa. Su casa estaba llena de bustos tan ricos como falsos (ricos en el sentido de la millonada que pudo costarle reunirlos), su cocina enmarcada en los dibujos fotocopiados que le enviaba Dalí (los vendió para salir adelante) y su despacho que en realidad era un museo mínimo de toda una vida transitando y transitando sin hacer nada como él me decía (y por eso tenía tantas vivencias, valga la paradoja). Él ya no se podía apenas mover de la silla que lo parapetaba al otro lado de su escritorio. Acababa de recibir a dos encantadores jóvenes que habían escrito un libro de conversaciones en torno “al maestro”, ya que él no escribía nada (“que lo hagan otros, yo no soy tan importante”). Un retrato que le hizo José Caballero en una de las paredes, en otra un poema inédito de Lorca (ese sí original, claro) luego una talla de un santo por el que sentía devoción, reproducción de otro de la catedral Toledana, y por último una ventana aprovechada también con tres fotografías enmarcadas de las que ya solo recuerdo dos: el maestro Ortega y Velázquez. Tenía sobre la mesa un libro de un fotógrafo que acababa de recibir rubricado por el propio autor en el que podían verse bastantes fotos de su amigo de Cadaqués. No me conocía, pero había cedido a cambio de que llenase su nevera de cerveza, que era lo que tomaba aparte de comida enlatada (incluida gazpacho). Dormía hasta las tres de la tarde (buena filosofía oriental) y tenía a una señora que le hacía las cosas de la casa. Él solo estaba acompañado realmente de recuerdos y de estanterías con libros filosóficos. Guardaba un cuadro de su padre que apuntaba maneras pero que, sin embargo, por recomendación expresa del propio profesor que le hizo ver la luz, tuvo que abandonar porque la cosa no se veía práctica ya por aquel entonces (los mandatos familiares debían acatarse férreamente).
Para empezar comencé hablándole de Wagner y del Preludio y Liebestod de Tristán e Isolda, sabiendo que iba a darle en su punto G pero por otra parte sin renegar de mi sincera devoción a la partitura. Wagner es para un ratito con los comienzos, intermedios y finales de sus óperas, pero hasta ahí. La parte central declamada resultaba chirriante para un compositor tan completo como él (aunque también escribiera el libreto, antologías demasiado verosímiles a la mitología). Así se lo hice saber. Le trajeron un periódico: “Tome- le dijeron- para que vea el nuevo lío en el que nos ha metido Zapatero”. Me habló de Alberti “ese pobre hombre al que engañaron para hacerse comunista… Le siguió visitando en esa casa hasta su muerte. “Todo fue culpa de su mujer, una cursi…” y yo le preguntaba asombrado si no pensaba que cursi y comunista eran dos conceptos totalmente distintos, a lo que me contestaba todavía más convencido “¡pero si es lo mismo!” Recordó su época también de entrenador de boxeo con Buñuel de alumno aventajado, retomó a Alberti cuando me contó que le utilizó para que le escribiera una carta de amor a una joven (como él lo era) y de la asexualidad, cercana a una mesa, de Dalí (la tocaba, la tocaba como en el documental que vi en el que se pronunciaba de la misma manera). Con Lorca surgió la verdadera amistad, el cariño mutuo. Luego llegó la guerra y decidió fundar su propio negocio de inventos (en realidad cacharros) que nunca saltarían a la popularidad del consumidor. Recordaba sus poemas vanguardistas, donde por narices había que meter la palabra “gallina”. Fue una tarde deliciosa y después me enteré que le había caído excepcionalmente bien. Parecía que habíamos estado hablando como si los dos hubiésemos coincidido en las experiencias (tan estudiado me tenía el tema que lo había afianzado con mis propias opiniones, que, como ya digo, se alejaban de la realidad en pequeños matices que él no dudaba en resolverme). No quise molestarle demasiado pero a veces pensaba que era él quien se sentía cohibido al deshacerse en los recuerdos que cada vez le introducían más en las arenas movedizas del pasado y del placer de un tiempo tan bien aprovechado. Y sobre todo la humildad por encima de todo. Debo aprender todavía mucho del ser humano. Demasiado.


20 de Mayo del 2008

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP