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IMAGEN DESENFOCADA

>> sábado, 5 de diciembre de 2009

Como en Cuento de Navidad, él se apartó del otro porque le recordaba a sí mismo. Comenzó a dedicarse a resaltar a las personas que quedaban en segundo plano en sus fotografías, pues opinaba que en ellas estaba lo cotidiano y no lo provocado. Así llegó el día en que creyó poder escribir con el mismo método difuminado. Quería obviar a aquellos que parecían mirarle con intención de interrogatorio moral. Luego decían los que las veían que se trataba de una mirada al público, pero realmente lo que les hacía enarcar sus cejas era el objetivo de una cámara perteneciente a una persona concreta: él. Como digo, comenzó a escribir saltándose lo que podría considerarse la primera barrera de contención. Esa noche unía las palabras como quien caza lo único que puede en una plaza pública: moscas o mariposas. Salir con una escopeta de cañones recortados y un saquito de pólvora era tan imposible como el arco y la flecha: ya le sustituían las estatuas. Cazaba con ese objetivo que concentraba el detalle aquella nitidez gris. Medias verdades, medias tintas, plumero y no luma. ¿Aquello pegaba con o se pegaba con? ¿Era acertado o parecía simplemente correcto?
Cuando comenzó a hablar en silencio de aquellos dos guardias que conducían a un detenido a comisaría, imaginaba la estampa que a todos nos viene a la cabeza. Fue cuando comenzó a escuchar dos voces similares a las que retumbaban en su cerebro el momento en que se asustó. Comenzaron a elevar su tono. ¿Cómo sería aquel que se les acababa de escapar? ¿Dónde creamos la fisonomía de los personajes que leemos? ¿Por qué fijamos con chinchetas a aquellos que nos definen con pinzas de tender? ¡Qué mal definen aquellos que tan bien narran! Fue entonces que sobrevino la idea de que el huido se refugiara en un portal abierto todavía. Subía escaleras hacia un piso indeterminado. ¿Había dejado la puerta de su casa abierta aquella noche? El calor obligó a crear corriente. Estaba en su despacho. ¡Era increíble! ¡Podía escuchar un ruido en aquel mismo piso! ¿Cómo era aquel ruido? Decidió dejar de escribir. Se levantó para resolver el enigma intangible. Caminó por el pasillo oscuro tomando como referencia la luz que proyectaba el descansillo en el paragüero del recibidor. Caminaba descalzo pero temía ser oído. Entonces la puerta se cerró. ¿Quién la cerraría? ¡El portero al recoger la basura, seguramente!… porque… ¿Qué hora era? Seguro que cerca de las nueve. Detuvo su camino para introducirse en una de las habitaciones. La extinción de la única luz le hizo comportarse de manera instintiva, refugiándose gracias al mapa mental de su casa. ¿Y si se hubiese escondido ahí, en la habitación donde se acababa de guarecer? No, descansaba, solo era eso. Abrió la puerta porque la había cerrado. Volvió tras sus pasos al despacho de nuevo. La luz del flexo ¡claro! Su segundo y último apoyo al que hace poco daba la espalda. Caminó firme. Entonces, se apagó también esa luz. ¡Era absurdo! Si alguien quería jugar así, tenía las de perder… Necesitaría de gran capacidad espacial. Pero ¿por qué alguien? Trató entonces de imaginar un destino para ese personaje que había creado y temía. Pensó en un infarto fulminante, sin posibilidad de recurso. Así sucedió. Nada más pensarlo, cayó fulminado sobre la alfombra del pasillo.

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