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LAS LECCIONES DE “X”

>> miércoles, 30 de diciembre de 2009

Su nombre era lo que menos importaba. Él era un hombre universal. Todo aquel que pasó por su vida sintió la misma sensación tratando con él. “Le conozco de algo” o “Esto que me cuenta lo he oído ya en otro sitio”. También: “¿habré vivido esta situación en otra ocasión?” Resultaba imposible no sentir alguno de estos deja vu cuando se estaba en su compañía.
Este hombre en realidad no podía albergar misterio alguno. Su vida se encontraba vacía de interés. Probablemente fuese este un motivo suficiente como para que X (llamémosle, de momento, así) comenzase a albergar dentro de sí experiencias ajenas. Concretamente literarias. Tomos y tomos de ejemplares de la literatura universal fueron invadiendo poco a poco el escritorio del despacho de su casa. “X” se hizo todo un erudito, pero esto realmente le importaba poco. Lo que quería era poder hablar de algo con los demás. Mantener con otro  una conversación que fuese mínimamente interesante. Debía de generar expectación en su público, convertirse en alguien realmente interesante. Quizá su repertorio fuese muchas veces exagerado, pero lo cierto es que la gente terminaba por interesarse por todo cuanto oía de boca de “X”. ¿Qué importaba que los relatos fuesen de Alejandro Dumas o de Hermann Hesse? Tanto daba lo mismo. “X” tenía madera para aquello, había descubierto su verdadera vocación. Desempeñaba su trabajo con tal entusiasmo que hasta lo más inverosímil se volvía cotidiano.
Pongamos un pequeño ejemplo de esta maestría de “X”:
Sucedió una vez que, yendo por un camino en el campo, nuestro hombre se encontró con un niño. Si bien es cierto que la infancia tiene la costumbre de creerse más fácilmente lo fabuloso, el caso que nos aguarda era diferente. La criatura poseía una madurez impropia de las personas de su edad. A sus diez años se encontraba desencantado de los cuentos al uso.
-         ¿Qué te pasa, niño?
-         Me enfadé con mis padres y me he marchado de casa.
-         ¿Cómo es eso?
-         Me echaron la culpa por algo que yo no había hecho…
-         Y, ante tamaña injusticia, te has rebelado.
-         Sí.
-         Esto puede ir en tu contra. Así no está bien defender una postura. Si tú sientes que tienes razón, comportándote así sólo conseguirás que tus padres desconfíen más de ti ¿no crees?
-         Puede ser. Oiga. ¿y usted cómo sabe tanto?
-         Yo en cierta manera era como tú cuando tenía tu edad. La forma en la que actué cuando se presentó esta misma ocasión me ha traído hasta hoy grandes quebraderos de cabeza. Yo me fui también de casa… y de mi país. Soy natural de Italia. Y me eché a la mar en un barco como polizón, escondido en un barril. Desde entonces no he vuelto allí por vergüenza ¿sabes? Siempre me dio miedo conocer la reacción de mis padres ante semejante locura. Sentía, por qué no, cierta vergüenza de haber obrado así. No quería quedar en ridículo… y, además, pensaba que tenía razón -como tú lo piensas ahora- y que mis padres estaban equivocados al castigarme por algo que no había hecho…Pero, claro, no elegí bien el modo de hacerles caer en la cuenta de su error.
-         ¿Cree usted que debo volver a casa?
-         Creo que sí, hijito. Lo mío puede que no tenga ya solución, pero tú todavía estás a tiempo de enmendar este problema. Anda, vuelve con tus padres…
Y dicho y hecho. El niño regresó como hijo prodigo al amparo de su familia.
“X” había hecho una buena obra, aunque hubiese tenido que mentir para lograrla.
En otra ocasión, se encontró a una mujer cerca de un acantilado.

-         Buena mujer ¿qué hace aquí?
-         He perdido el apego hacia la vida y voy a liberarme de ella.
-         ¿Se ha vuelto usted loca? Baje de esos peñascos y venga aquí, por favor…
-         ¡Ni por todo el oro del mundo!
-         Bueno, pues entonces déjeme que le cuente algo antes de que usted se tire…
-         De acuerdo, le escucho.
-         El otro día, el fantasma de mi padre se me apareció mientras trataba de conciliar el sueño en mi casa.
-         ¿El fantasma de su padre, dice?
-         Sí, eso he dicho… Mi padre se quitó la vida cuando yo vine al mundo. Las deudas le acuciaban y mi madre había muerto en el parto. Sin otra cosa que hacer, me entregó a una casa de acogida y después se quitó la vida. Y ha sido esta noche cuando le he vuelto a ver. Estaba sentado en una silla que tengo frente a la cama y que utilizo para dejar la ropa. Dijo “Perdón”. Esta palabra fue la que me despertó. Poco a poco, fui siendo consciente de que no soñaba. Su cara parecía contener el sufrimiento de tantos años de ausencia. 

La historia, conmovió a la mujer y la hizo desistir de su empresa. Aún así, tuvo una pregunta para mí:

-         ¿Y cómo sabía que era su padre? Usted no podía acordarse de él, era un recién nacido.
-         Esas cosas se saben, le avisan a uno desde dentro. Yo denomino a esto “la llamada de la sangre”. ¿Usted tiene hijos?
-         No, yo no puedo tener hijos. Soy estéril.
-         ¿Por qué quería acabar con su vida?
-         Hace ya mucho tiempo que no soy feliz. Nada me retiene aquí…
-         Pero algo le retuvo. Algo dio sentido a su vida.
-         Mis padres, pero hace ya tiempo que murieron. Quizá me los encontrase en alguna parte, si es que hay otra parte…

La ficción, al parecer, resultaba contagiosa. Aquella mujer había pensado en los espíritus familiares al escuchar el relato de “X”. Imaginó cómo la podrían recibir en el mundo de los muertos, una vez hubiese dejado de existir mortalmente. Ellos, que siempre la habían enseñado a no dejarse avasallar por nada. Sus padres representaban para ella todo un ejemplo de lucha por la vida. Un suicidio en la familia habría sido algo terrible para ellos. Para ningún padre es plato de buen gusto ver la muerte de un hijo en esta o en otra vida. Ella comprendía este sufrimiento y no quería pecar de egoísta. Por si acaso, más vale no dejarse vencer por ciertos instintos más o menos primarios.
Mas ¿es más valiente el que decide vivir o el que decide dejar de existir? ¿Es más cobarde quien decide abandonar esta vida o quien se queda en ella?


  
La vida es complicada, pero “X” la conseguía volver fácil a través, curiosamente, de la ficción. De lo increíble.
Sucedió un día algo esperable. Otro hombre, llamémosle “Y”, del cual no se tenía constancia, surgió de entre los vivos. Y, como no podía ser de otra forma, conoció a “X”. “Y” y “X” poseían características similares: a ambos les faltaba una biografía interesante pero tenían creatividad de sobra para conformarla.
Así sucedió su encuentro. “X” caminaba bordeando el río cuando vio a alguien con una caña de pescar. Pensó entonces: “Voy a darle carrete”:

-         ¡Buenos días! ¿Qué, pescando?
-         En efecto, pescando…
-         Yo antes también solía pescar en este río. Ahora, por desgracia, apenas corren por sus aguas peces maravillosos. Como mucho, podrá pescar usted alguna sardina pequeñita. Recuerdo que cuando tenía quince años pesqué un prodigio de la naturaleza. Tenía escamas de colores verdes, turquesas y amarillos. De la cola le surgían flecos y sus bigotes olían a hierba luisa.
-         ¿Qué me dice? ¿Hace cuanto fue eso? 
-          Debió de ser hace veinte años o así.
-         Pues hará cosa de un mes, pescando aquí mismo, saqué de entre las aguas un pez parecido de características al que usted se refería.
-         ¿Ah, sí?
-         Sí. En los años que pasé en Noruega tuve la oportunidad de estudiar la flora y fauna del lugar en cuestión, y fue allí donde supe que este pez era originario de este lugar del norte de Europa. Pero bueno ¿qué le voy a contar que usted no sepa?
-         Era de la familia de los Gurinándidos ¿verdad?
-         No. Pertenece a la familia de los “Firiolímpidos”.
-         ¡Ah, es verdad!
-         ¡Claro! Pero me parece a mí que hoy no va a haber suerte…
-         Eso me parece a mí también.
-         Oiga, ¿Usted es de aquí?
-         Sí, pero llevo viviendo en el lugar poco tiempo. Antes estuve viviendo en Nuevo México.
-         ¡Ah, caray! ¿Y qué tal por allí?
-         Bien, bien. Pero no quiero extenderme más en esta parte de mi vida.
-         Comprendo…
-         Perdone si le resulta molesto lo que le voy a decir a continuación, pero va a tener que marcharse de aquí.
-         ¿Por qué?
-         Pues porque el oficio que usted tiene ya lo estoy desempeñando yo aquí.
-         ¿Qué oficio?
-         El de hombre interesante.
-         ¡Acabáramos!
-         Solo se lo diré una vez. No tiene usted derecho a tirar por tierra todo un trabajo de años. Me ha costado mucho tiempo el llegar a ser como soy.

“X” tenía razón. Por antigüedad, tenía derecho a imponerse a su rival. Este todavía estaba a tiempo de encontrar otro lugar en el que poder ejercer de hombre interesante.
-         Podría hacerlo, de no ser porque no solo soy un hombre interesante sino que además soy médico. Y me han llamado de aquí para que viniese a ejercer como tal mi profesión. ¿Usted a qué se dedica?
-         ¿Yo? Pues soy… soy…
-         No es.
-         No soy.
-                 Pues si no tiene oficio, busque el beneficio en otro sitio. Este pueblo es pequeño y con un médico basta. Si falta este, no hay quien cure las cosas ¿comprende? Ahora, si sobra usted nadie le echará de menos. Para eso estoy yo aquí, para sustituirle en sus asombrosas historias.    

“Y” tenía razón. “X” se encontraba desarmado en este sentido y no le quedó más remedio que darle la razón. Y es que hombres interesantes habrá pocos, pero cantamañanas abundan hasta en el desierto.

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