Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

YO-ESTOY-AQUÍ

>> miércoles, 23 de diciembre de 2009

Hay cosas que no pueden persistir con los nuevos cambios de mentalidad. Ese viejo que queda como maestro de una escuela extinta.
François Rivele tenía el buen vestir como academia. Tras su sombrero de tres picos se escondían unos pelos que constituían el pelambre de un pelucón mentiroso. También le gustaban las mujeres con mejilla de porcelana.
Aquella noche viajaba en su coche de titiritero, pensando en la función a representar. Le acompañaba una mujer a la que no se volvió a ver por aquellos parajes desterrados del Paraíso Artificial.
Esta historia que aquí cuento es testimonio de un recuerdo ya empañado por los años, donde apenas puedo rememorar su fino cristal primero.

El cuenta-cuentos era uno de aquellos del boca a boca, que nada tenía de profesional pero sí mucho de asombrar con lo que contaba. Yo le escuché. Bueno. LA escuché. De niños, todos tendemos a mentir.

Mesié Frobeger llegó con el resto de acreditados al lugar. Apenas se veía en aquella cueva sótano. Pudo adivinar, aún así, con el tacto, las marcas de las manos, cuando tenían fuerza para arañar en forma de garras.

Laindorelle permanecía callada. Se le había acostumbrado a permanecer así en los viajes. Por ello, nunca sabía adonde conducían los latigazos del cochero.
Su mirada, sin embargo, no cesaba de interrogar. Él ya se sabía su táctica y empleaba otra propia: mirar por la ventana el paisaje nunca concretado.
Llegaron a la mansión. El cochero se apeó de un salto y fue a guardar los caballos en la cuadra. Se escuchaba, por debajo del edificio, el agua discurrir. Parecía de hecho, que la hacía bajar por las escaleras de la leñera, con el fin de enseñarla el cauce subterráneo.
Ferdinand, que así se llamaba su mayordomo-cochero-cocinero, le vio entrar en la cocina un tiempo después. Creyó que buscaba el hacha para los troncos. Se fue sin nada en las manos. Se estaba preparando el alimento para los animales. Nada miró fuera del puchero, sino que tanteó con la intuición del sonido de los pasos. Cuando su amo se fue, pudo mirar entonces a ningún sitio, de nuevo con su mirada perdida ya desconcentrada de la labor.
El resto del día se mantuvo desaparecido. Después, regresaron a la ciudad. “La señorita permanecerá aislada en la casa” dijo el señor con toda respuesta. Una semana más tarde, Ferdinand fue despedido.

Antoine Frobeger continuó palpando en aquellas cavidades. Un poco de luz le ayudó, nunca mejor dicho, a dilucidar entre sus preguntas. Fue un momento que aquello permaneció visible a los ojos. Fue suficiente. Quedó horrorizado. Las manos que había supuesto y que eran tales, mantenían entre sus huellas rastros de sangre. Así, otras “manitas” aparecieron entre aquellas. Eran como de niño, sin ningún tipo de marcas en relieve. Solo manos recortadas también en sangre. ¿Qué había sucedido ahí? Solo de suponerlo le entraban como mareos. Tuvo que salir y luego ya no quiso volver a entrar.
“La mansión de Rivele se abrirá al público” decía el periódico. Por fin iba a poder contemplarse el lugar donde vivió el insigne político y ensayista. Antes de la inauguración, Frobeger y otros habían ido allí para tantear el terreno y darle el visto bueno. Evidentemente, después de aquel hallazgo siniestro, tuvo que ser cerrada durante un tiempo sin determinar. Aquellas manos estampadas, aquel testimonio tan directo, no era otra cosa que lo que había quedado de aquel crimen impune. Nada pudieron averiguar sobre el origen de aquellas pistas. Nadie supo averiguar que eran manos de mujer, y menos que se llamaba Lindorelle. Solo el ocultamiento bien planeado por parte de un tipo inteligente, pudo despistar toda pesquisa. Tanto tiempo después de haber sucedido, nada pudo averiguarse. François, hombre casado y con dos hijos, había tenido una amante, una prueba incriminatorias que podía haberle costado su puesto social. Un hijo que nunca pudo ver la luz del día. Unos cuerpos que nunca se encontraron de dos cuerpos anónimos.
Nadie buscó a aquella mujer cuando hubo desaparecido. Una campesina sin familia. Verdaderamente bella, eso es cierto. Una historia que escamoteó a la propia Historia. La injusticia de un hombre justo, podía haberse titulado el suceso. Nunca hubo escribiente para los pobres.

23 – 12 – 09

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP