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DOMINGO DE CARNAVAL

>> domingo, 3 de enero de 2010



Hace mucho, mucho, mucho tiempo, hubo en España quien no se conformó con siete artes. Para este hombre, podía incluso haber un octavo, un noveno o un décimo. Ese personaje de cuento o novela fue Unamuno. Para él, los relatos solo podrían manifestarse de forma escrita o pictórica (y esta segunda, con reticencias). Para él, el cine hacía daño a los ojos y había que retornar a Zuloaga. Con él, la nueva era mística había llegado. Relegaba incluso a séptimo arte al puesto noveno, anteponiendo a este la sastrería y la tauromaquia o toreo. En cuanto al primero, ironizaba sobre el cubismo preguntándose si era posible que existieran, ya que este existía, otros ismos como el “cilindrismo” o el “conismo”. Picasso, por entonces un jovenzuelo dispuesto a romper esquemas más allá de toda frontera, leería (si es que llegaron a sus manos alguna vez) estas opiniones incluso con más descaro que aquel con el que fueron escritas. Unamuno representaba el drama interior personificado, la cara larga del día de luto, austero y adusto, provinciano por rural y, por encima de todo esto, ancestral (tanto como el sentimiento de culpa católico). Era de esperar que cualquier novedad fuese considerada frívola para él. Por ello, no era de extrañar que se identificase con la pintura nacionalista, aquella tan oscura como la de los pintores de su tierra vasca, como Zuloaga, Echevarría, etcétera. Solana, aunque de un norte más hacia la izquierda, podía contar con sus favores perfectamente. En sus lienzos estaba representada la España Negra con todos sus matices: la pobreza, la ruindad, lo macabro, lo religioso… y, por encima de todo ello, lo extrañamente cómico: El carnaval, aquello que es capaz de tirar por la borda todo lo anterior representándolo. Esa visión casi de humor negro la tuvo Neville, y, como no, tenía que realizar un filme dedicado a Solana. “Domingo de Carnaval” parece decirnos: “Quitémonos todos la careta poniéndonosla”. El humor de Neville (y, en general, el de aquella “Otra generación del 27” de Poncela, Tono, López Rubio, Mihura…) parece cada vez más extinguido en un mundo donde rige el sentimiento cada vez más profundo del sentirse herido hasta en el chiste. Ya no somos capaces ni de reírnos con algo tan universal como el humor porque lo políticamente correcto parece haber reducido considerablemente el margen de la risa. Ahora tenemos que pensar muchas veces reírnos de algo porque a lo mejor no es correcto hacerlo, está mal visto. Partiendo de la base de que el chiste es cruel y siempre ataca a alguien, podemos decir que es en sí algo políticamente incorrecto, injusto y cruel.
Antes todo era más sencillo y no nos preguntábamos tanto por las cosas. Antes, el carnaval era lo más desafiante que podía uno echarse en cara. Era la crítica mordaz, el “hoy todo está permitido porque hoy no somos nosotros sino la máscara que llevemos.” El carnaval implicaba libertad, y esto era peligroso. Curioso que en “Domingo de Carnaval” se cometa un crimen en este mismo día. Podría hacerse un chiste y decir: “Lo tienes más crudo que un policía que tenga que buscar a un culpable el día de Carnaval”.
También es cierto que el género humano tiene por costumbre, muchas veces, el no decir las cosas a la cara, el criticar a escondidas y sin ningún tipo de miramientos. El “despellejar vivo” a alguien ha estado siempre a la orden del día. Solo los bufones de la corte o los caricaturistas de viñeta de prensa parecían tener derecho a decir las cosas a las claras, sin miedo a represalias (y esto también dependiendo de la circunstancia). ¿Tenemos miedo a ver la realidad en este tipo de manifestaciones? Lo mismo vale un carnaval que un chiste o una obra de teatro. Allí hay un poso de elocuencia peligroso, cada vez menos aceptado. La sutil ironía ha convertido a un cantautor en Joaquín Sabina. Por eso, no quiero pensar en lo que puede suceder si todo esto desaparece. Si el humor algún día llega a convertirse en algo serio, no me hará ninguna gracia. Cada vez hay más conciencia de lo dramático (un drama que ya ni siquiera tiene a Unamuno), un gran desánimo que ya ni siquiera las grandes fiestas son capaces de hacer olvidar. Hoy día no sería posible un carnaval, o al menos un carnaval madrileño. Hoy Solana tendría que dedicarse a funcionario de ministerio, pues vería cómo todo se ha tergiversado tanto, que incluso las fiestas en los pueblos ya no serían populares. Por fortuna, vivió en otra época y nos habló de sus miserias también, por supuesto, pues siempre hay una España negra y siempre hay pinceles con los que mostrarla. Neville tampoco parecía que tuviese derecho a trabajar, pues desde luego no era un autor atormentado, sino una persona que supo sacarle el jugo a la vida. Sé que hay quien piensa que los que sufren son los únicos con carne de biografía mientras que los otros solo pueden ser “vividores”. ¿Qué puede contar interesante un humorista, más allá de sus chistes? Más allá de su oficio, parece que no hay nada que contar. Pero ¿y la figura del payaso que se vuelve dramática al desempolvarse la cara? ¿Quién hace reír al payaso?
El caso tan particular del humor absurdo, despreciado por toda esa gente “seria”, nos recuerda, como dijo Bergamín, a ese niño que finalmente nos alcanza en la vejez. Ese niño que muchos detestan. Vamos a dejar las cosas claras: Neville era, ante todo, una persona que disfrutaba con lo que hacía, que todas sus historias rebosaban de la sinceridad con la que disfrutaba escribiéndolas. Neville es de esos visionarios que creyeron encontrar la fórmula para salvar el mundo, y mientras sigamos empeñados en no seguir su receta seremos en verdad muy infelices.
Neville se me antoja como ese bufón que renunció a vivir en el castillo donde podría hacer reír al rey y a su corte y se llegó hasta la plaza pública. El rey y la corte representan el drama de aquella España de posguerra y Neville prefirió, en lugar del villano monarca al villano de la villa, aquel personaje anónimo mitad héroe mitad culpable. Neville fue un poco Solana y un poco Goya: retratista de la contradicción humana, de sus festejos y sus duelos. Neville fue la humorada limpia que les faltó a Solana y a Goya, a los cuales el peso del drama los vencía. Solana y Goya, dos artistas que supieron sacar lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, a pasear. Dos autores que se mezclan con la algarabía del pueblo, que lo defienden con todas las consecuencias, que hacen pervivir en sus tratados demoledores aquello que nos define por lo que somos y por lo que no somos. Y Neville lo comprende todo muy bien y nos lo hace ver como lo más natural. Consigue hacer natural al cine. ¿Qué más se puede pedir?
Neville nunca se fue de la ciudad, nunca abandonó sus murallas. Se quedó con los otros y fundó “La Codorniz”.
No quiero, con esto, disfrazar a Neville para ponerlo a la altura de aquellos otros que se exiliaron. Neville no necesita de disfraz ni de máscara. Neville era la esfinge en sí, como lo puede ser un cuerpo geométrico de diversas caras. Neville es Neville y muchas cosas más. Resulta imposible definirlo de una sola vez. Hay que quererlo con sus contradicciones, pues en ello reside su coherencia. Neville amaba a su país, y no estaba dispuesto a abandonarlo por capricho de las circunstancias. España tiene esto mismo: se la quiere y se la teme a partes iguales. Tiene un fondo cainita indudable. Es un Saturno que devora sin piedad a sus hijos.

5 – 1 - 10

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