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DOMICILIO CONYUGAL A TRES VOCES

>> domingo, 3 de enero de 2010

Ramón no tenía una vida fácil. Nada más sonar las campanadas de año nuevo ya estaba discutiendo y siempre se ponía liguero rojo para la suerte. Nunca entendía lo que Kant quería decir y siempre se había preocupado de saber que sus libros estaban ya traducidos antes de ponerse a leerlos. No obstante, ahora el problema lo tenía su amigo Manolo. Además de todo esto, tenía sus rifirrafes con la chica con la que compartía un idilio. Ahora se encontraba en casa de ella y, por lo visto, no era capaz de comportarse con naturalidad. En el salón se encontraba también un señor de camisa de cuadros que él no conocía:

- ¿Quieres dejar de hacer teatro?
- ¿Teatro? ¿Yo?
- Sí, no te hagas el loco… ¡Si hasta se te nota el deje declamatorio en la voz!
- ¡Sabes que me cuesta estar contigo últimamente, que me siento incómodo!
- ¡Y, sin embargo, no te importa presentarte aquí cada vez que te invito! ¿Qué te sucede, Ramón? ¿Acaso te preocupa haber malgastado tres años de tu vida?
- No des datos, que aquí hay un señor que puede ser de la KGB. ¿No tienes nada que decirme de este señor?
- ¡No cambies de tema! Lo único que te diré de este señor es que es más natural que tú…
- Ya, bueno ¿y quién te dice que yo no sea el espía de la KGB y esté aquí haciendo de quien no soy? ¡Puedo escribir libros en el extranjero y firmarlos como Alexander Pudovkin!
- ¡Me importa una estrella roja lo que hagas fuera de aquí!
- Por supuesto, debemos dejar hablar a este señor, ya que he cometido una serie de faltas graves colocándolo de golpe en nuestro diálogo.
- … ¡Mira que eres pedante y mindundi! ¿Pides perdón a un señor que se atreve a ser más natural que tú? ¡Con lo natural que has sido tú siempre!
- Ya, pero yo nunca he vestido camisas de cuadros…
- ¿Se puede saber qué tienen mis camisas de cuadros?
- Pues que no se repite ningún cuadro de color, eso tienen…
- Eso no es mérito mío.
- ¿Cómo que no? ¿Acaso la gente cuando compra camisas se para a contar los cuadros? ¡No! La gente mira el aspecto general y enseguida se convence.

Aquella conversación comenzaba a tomar tintes nefastos. Ramón optó por salir por el foro.

- Bueno, bellacos… ¡Digo caballos…! ¡Digo caballeros! ¡Digo cabelludos! ¡No, no! ¡Lo penúltimo! Lo dicho, buenas noches, señores.
- ¡Seguro que eso lo escribiste en tu última obra de teatro! Siempre se quiere hacer de notar… ¡Hasta cociendo gambas, el muy pedante dice que las orea!
- Sí, lo decía en un poema Machado. Oreando mis carnes… o algo así.
- ¿Qué se ha manchado?
- ¿Y a este qué le pasa?
- Es un poco sordo…
- ¡Claro, por eso será natural, porque no se ciñe a las conversaciones! Bueno, lo dicho, me voy…
- Escucha Abelardo, este es de los que dicen que se van veinte veces antes de marcharse media hora después.
- ¿Se llama Abelardo?
- Sí y no te esfuerces porque tiene el don de ser sordo para las impertinencias…
- Eso es un sordo snob… Es un sordo interesado. ¿Lo ves? ¡Todo teatro!

Se levantó y se marchó de golpe, así como cerró la puerta.

- ¡Será posible! ¿Has oído? ¡Perdón! ¿Has visto, Abelardo?
- No te extrañe, lleva despidiéndose hace rato…

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