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EL MANANTIAL: UN ALEGATO ARQUITECTÓNICO A LA INDIVIDUALIDAD

>> jueves, 14 de enero de 2010

Tenía razón Azcona cuando decía que cada película debía verse en su momento. En el caso del film de King Vidor, la lucha del arquitecto Gary Cooper por la defensa de la aportación original del individuo en la sociedad resulta que ni pintado para esta época que nos ha tocado vivir y, en concreto, para estos momentos tan difíciles en un estudiante como yo en los que prima doblegarse a las exigencias o tratar de trazar el propio camino (a costa de condenarse al olvido por la cultura preponderante de la actualidad). Si no erramos en nuestras decisiones o tenemos suficiente vista para el futuro, nuestra obra tarde o temprano será reconocida. Lo que no podemos es confiar en una sociedad a la que le cuesta pensar por sí misma y se aglutina en grupos generales de aceptación. Aunque no lo parezca, hay más de uno, pero la suma de todos más que riqueza sigue produciendo generalización.
Esta postura que trata de ser alentadora para los creadores, en cuanto a la defensa de la propiedad intelectual, de la obra pura del propio autor que no debe ser sometida a ninguna modificación externa, llevó a la propia autora de la novela como guionista (Ayn Rand) a defender a capa y espada su escrito para que no cayera en manos de los “retocadores de estudio”. Sería difícil (cuando no imposible) encontrar a una persona que fuese tan original en su pensamiento que no dependiera de un pasado cultural, pero lo que aquí se nos muestra no es tanto la herencia sino cómo se es capaz de romper con todo lo anterior al visualizar un nuevo campo de posibilidades. Es entonces comprensible, los recelos del antiguo profesor de Roark al pedirle que destruya toda la documentación que no utilizó cuando ya no estuviese vivo. El arte híbrido, el mestizaje de muchos estilos, no es más que una antología de lo aceptado, una carta asegurada para quien la juega. Esos rascacielos de arquitectos “mediocres” que se presentan en el filme, rascacielos (el mayor logro en arquitectura) con frisos y frontones o con cúpulas góticas, no son sino un halago para aquellos que se conforman con lo que conocen y se resisten a conocer.
Los medios de masa, personificados en un periódico local, quieren ver cabezas cortadas, desean artículos incendiarios contra aquellos que, sintiéndose individuos con mentalidad propia, desean no contribuir a lo que desea el pueblo, pues ha sido precisamente este quien les ha condenado muchas veces. El “egoísmo”, como así lo definen en la cinta, está justificado por tanto. Mirar por el avance, no por los que son empujados por el mismo.
Gary Cooper no entendía, parece ser, su discurso final, su alegato de autodefensa. Aún así, no debería de chocarnos una actitud de este tipo cuando sabemos que el que habla no es Roark (alter ego de Frank Lloyd Wright) sino Cooper. Un actor frente a un arquitecto (inventado). Juan nadie también fue producto ajeno, a pesar de que el propio actor propuso un tercer final para la película de Capra: Lanzarse por la ventana para caer en una colchoneta. Lo suyo no era la literatura.
Patricia Neal se presenta casi como una figura envejecida antes de tiempo, precisamente por sus avanzadas ideas y concepciones. La escena en la que arroja una figura bella por el patio de luces, convencida de que nada bello podría permanecer junto a ella, condenada a vivir una vida llena de falsedades, nos habla de una dureza de carácter que casi aterroriza. El director del periódico, acostumbrado también a no decir lo que piensa para tener contentos a los lectores, es el tipo de personaje que consigue modificar la opinión del espectador hacia él constantemente. Mal-bien-mal, podría ser el resultado. Aún así, parece que la coherencia general se aposenta como príncipe destronado en todo este ambiente. El crítico de arquitectura del periódico que aprovecha la desatención de su jefe para ir introduciendo un pensamiento concreto en los lectores, es el caso de un malo malísimo que nunca cambiará (ni con las lecciones de Gary Cooper). También él sabe que lo que hace Howard Roark es lo correcto, pero precisamente por eso lo considera una amenaza, una persona imposible de doblegar, y hace lo posible por destruirle.
Película impresionante sin duda, capaz de crear conciencia (creo que bastante acertada) en quien la ve, conseguir que haya un cambio de bisagra en la concepción de las cosas. Una rareza en el panorama americano, que no duda en engrandecerse dentro del discurso del arquitecto al tribunal, como un caballero sin espada (Estados Unidos, el mejor país de nuestra civilización, se dice sin temor en el discurso patriótico).

Ahora, habremos podido pasar ya la era de los nuevos arquitectos, de la abolición de los patrones antiguos, pero el carácter de tipo moral continúa vigente.

14 – 1 - 10

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