Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

LA ESPALDA DE LA PARED (JUEGO A DOS MANOS)

>> domingo, 10 de enero de 2010

Siempre que la veía, desde mi ventana en su balcón, ella tenía para mí una mirada felina. Sus ojos miraban temerosos, como un animal que huele a su cazador. Y, sin embargo, continuaba apoyada sobre la baranda, con una sonrisa que pujaba por salir pero que se encontraba como entre dos tierras. Una sonrisa prohibida, delatora.
Al tender la ropa lo mismo. Ella enfrente, tirando de mi cuerda. Un despropósito, vaya. Sabía que teníamos algo pendiente entre los dos, y no dudaba en recordarme que no lo había olvidado. Esa era la coherencia del juego.
Decidí una tarde en la que me encontraba sentado sobre la cama, recogidos los pies en actitud contemplativa, dar el paso tímido que detenía el avance de la realidad vital. Cogí un formón y un mazo de madera de cuando mis tiempos de taller y tracé la puerta que me conduciría a su casa. Un agujero rectangular desde el fondo de mi armario. Y, es que, lo único que nos separaba entre los dormitorios era una fina lámina de madera. Saqué aquella hoja de puerta improvisada y la dejé sobre mi cama. En la otra habitación, en el otro lado, ella en la suya leía en camisón. No le sorprendió mi irrupción violenta en su intimidad. De hecho, se permitió del todo sonreír. Una vez volví a entrar, me hinqué de rodillas para cogerla de la mano. No me la soltó. A pesar de esto, noté un cierto temblor en su extremidad que me dio a pensar que no estábamos solos. En efecto, la puerta del baño contiguo se abrió e hizo acto de presencia aquel señor tan desagradable de albornoz que otras veces me había cruzado en la calle yendo a comprar el pan. Odio a los vecinos capaces de ir en bata a comprar el pan. Su aspecto desaliñado contrastaba con su intento por higienizar su apariencia, ya que en el momento en que todo había sucedido él se encontraba dándose espuma de afeitar. Como un desagradable Papá Noël, me asió por detrás de la camisa y, con palabras de persona dialogante, me hizo volver a salir por donde ya había entrado. ¡Había que hacer algo y vaya si lo hice! Cogí el tablón que había depositado sobre la cama y volví a entrar con la intención de emplearlo como arma contra mi arcángel san Uriel. Ni tiempo le había dado para cerrar el armario con llave, por lo que pude volver a aparecer al otro lado. Encontré a mi rival de espaldas, hablando hacia ella. De pequeño, cuando íbamos a la playa, mi madre siempre me decía, cuando entraba en el mar, que no le diera la espalda a las olas. Cayó secamente contra el suelo, inconsciente. Por fin nos habíamos quedado ella y yo a solas. Por fin podríamos llevar a cabo aquello que teníamos pendiente entre los dos. Ella sacó el tablero de debajo de la cama y jugamos, finalmente, la ansiada partida de ajedrez.

9 – 1 – 10

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP