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DEJADLA

>> sábado, 27 de febrero de 2010

Ella es así, no la confundáis de camino
Por favor, dejarla seguir como fue siendo
Como si nada hubiera sucedido

Dejadla en paz, dejadla…

No la engañéis con artimañas
Recoged los restos de su sombra
No piséis su proyección en el suelo
No la miréis ni a la espalda
Porque solo los espejos pueden…

Que no camine descalza
Cosed los viejos zapatos
Endureced las suelas
Y ablandad las plantillas

¿No veis cómo camina?
¿Acaso se puede igualar
las huella de su camino
con el sendero puro?

A veces le ofrecéis vuestro asiento
Y ella os mira cabizbaja al suelo
Porque no tiene palabras
Esto es justo sentimiento.
No la miréis sentados
Porque os pondréis de pie…

¿Quién es ella?
¿La conocéis?
¿Juráis conocerla?
La palabra sin nombre
Y el cuerpo sin vida
Es lo que sabéis

Yo creí conocerla
y me equivoqué.
Por eso pronto la dejé
marchar…

Ahora que ya no la veo
Ni la siento, solo escribo
Me parece conocerla
Pero sin duda no es ella
… No lo es…
Dejarla seguir
su camino cortado por segueta
En verdad ella se fue
Sin pretenderla
Porque no era conocimiento
Sino apetencia…
Deseo simplemente
Indigno de ella
Que se sentaba todos los días
Dispuesta a hablar siempre.
Yo bebía o comía
O miraba a los lados del frente.

Así nunca escuchaba
Porque no la hice hablar…
Y por eso, todos esos diálogos
Se forjaban nocturnos
Sobre mí, apuntalados en el techo
Escritos como un cuerpo sobre mí
Que me ahogaba de placer.
Un placer que imaginaba…

Esa noche nunca existió.
Esa mañana pudo existir.
Esta historia nunca se escribió.
Participio de FIN
Tarde del NO
Futuro de construir.

Nunca ya la dejaré marchar
En su sombra tropezante
Ya la delimité en la pared
La dejé dibujada
Ya, con su línea de puntos.
¿Por qué no dibujarla en el techo
sobre la cama?
Como un astro, una constelación.
¡Por qué nunca caerá este techo!

Dejad morir mi pensamiento
No me preguntéis más por ella
No insistáis, de verdad…

Dormir sin respirar
también aprendí
porque el aire
es demasiado denso
para mí…

Porque ya olvidé mi barroco
Y nada puedo recordar
Por eso, dejadla ya marchar
Dejadla… dejadla ya…

27 – 2 - 10

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LO MEJOR ESTÁ POR LLEGAR

Leía un relato de una buena amiga, Helena Grande Vicente, el otro día en la pantalla del ordenador. Tuve la suerte de conocer de su anticipo por mediación de la propia autora. Ahora, podría decirse que lo disfruté doblemente. Hablaba de una cucaracha llamada Kafka y de un señor llamado Gregorio Samsa que la tenía en su poder. Se titulaba “La moral de la cucaracha”. Una buena venganza esta ejercida por la criatura hacia su creador. Solo espero no acabar nunca en una cajita, indefenso como un insecto. Esto será fácil de no cumplirse, pues no habrá nadie con dos dedos de frente capaz de hacerme pasar a la posteridad publicándome. Bueno, traté de enfrentarme al espejo después de digerir aquello, no sin cierta trampa (pues, como ya digo, lo conocía de antemano). La otra persona que se encontraba al otro lado me parecía mucho más sugerente que el que trataba de expresarse con gestos de naturalidad ante la evidencia del propio rostro visualizado.
Reconozco que esto que aquí cuento tampoco es original, pues parte de otra historia que otra amiga mía me confió con licencia para reproducir en relato. Aquella idea debía de escapársele, poseedora de una fuerza que la comprometía demasiado como para ignorarla. Contar una historia self-portrait en tono de tercera persona no se lo cree nadie, ni quien sabe que es real. A lo mejor por eso yo jugaba con ventaja. Era como un detective al que se le contrataba para ir a una boda comprometida en la que nadie tenía un juicio creado sobre él previamente. Me encantan las bodas, porque no fumo puros ni me atrevo a decir cosas picantotas sobre los enamorados en plan de megáfono. Esto es así. Luego, seguro que acababa recogiendo el ramo. Volviendo al tema: yo me acercaba al espejo y me veía a mí como queriendo estar al otro lado. No tendría por qué salir fuera sino más bien permanecer dentro (del armario, al cerrar la puerta de luna de cristal). Por eso, comencé a desdibujarme en aquella habitación. Lo que aquel sujeto de enfrente hacía me resultaba más interesante, aunque resultara ser una burda réplica en el mismo tiempo de acción. Ahora, tengo miedo a cortarme con la pared que me ha encerrado y prefiero no tocarla. Además, la estoy poniendo perdida de huellas digitales que no hacen sino empañar mi imagen, estropearla. En este lado no poseo pañuelo alguno para limpiar aquello, ni siquiera mi propia ropa. Estoy desnudito. Nada importa porque nadie me ve hacer el ridículo: ¡Desnudo en otra dimensión! Lo único que espero es que ahora nadie rompa este espejo desde fuera.

27 – 2 - 10

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En la noche, un cartero cazando una pipa en un jardín

>> lunes, 22 de febrero de 2010

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En Roland Barthes cuecen habas...

>> domingo, 21 de febrero de 2010

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RECUERDO

Habían quedado en una cafetería de Avenida de América. Hacía quince años que no se veían (desde que ambos cumplieron el mismo día veinte). Eran “quintos” de admiración. Más, aquel día desastroso, nunca lo iba a olvidar.
Rico le citó allí porque para los dos era tierra de nadie, un lugar neutro. Ledesma aceptó con los mismos regañadientes consabidos del otro, pues a los dos les venía fatal aquella parada de metro.
Ese lugar totalmente inadvertido para las distracciones consiguió juntarles en un tiempo récord. No había posibilidad de errores, los dos seguían siendo unos niños.
Rico llevaba un paquete bajo el brazo, seguramente un detalle. Se lo dio después del abrazo, cosa que resultó bastante incómoda para el afecto acumulado en tres lustros. Ledesma se lo clavó en una costilla. Pasaron a sentarse. Cuando Rico fue a tomar posición, un camarero se cruzó en su camino y le hizo realizar una serie de acrobacias para intentar no caerse con todo el equipo. No logró salvar ni su físico ni aquel misterio envuelto en papel de lunares: Los dos cayeron graciosamente, el destino fatal del equilibrista amnésico.
Cuando fue Ledesma a ayudar (después de reírse un rato), recogió antes el paquete que a su amigo del suelo. Muy mal hecho.

- Vamos a ver que traes aquí…
- ¿Y si no era para ti?
- ¿Pero cómo no iba a ser para mí?
- Por lo que veo, sigues teniendo muy buena consideración de ti mismo…
- Tengo momentos de flaqueza, pero enseguida recuerdo el apellido que conlleva la raza de mi estirpe…
- ¿La de los mecánicos? ¡pero si ni siquiera conociste a tu padre!
- Bueno ¿quieres que te ayude a levantarte o prefieres seguir insultándome?
- ¿Cuándo he proferido yo algún comentario…? ¡Pero si sabes que todo eso es verdad! Venga, deja de hacer teatro que quiero ver lo que me traes.
- ¡Que no es para ti!
- ¡Que sí, hombre, que nos conocemos…!

Nada más abrirlo, se encontró primero, con lo que esperaba: que lo que contenía estaba roto. Lo segundo, con algo que no esperaba: un souvenir que le regaló a su amigo justamente quince años antes.

- Pero Rico ¿esto que es?
- Un recuerdo de Triana ¿no te gusta?
- ¡Pero si esto te lo regalé yo hace quince años a ti!
- Es feo ¿verdad?
- Ahora entiendo por qué te has echado antes para atrás!
- ¡Efectivamente, me acababa de acordar de que había sido un regalo tuyo justamente cuando volvía a tus manos! Pero bueno, ahora te jorobas, y si no, no haber jugado con fuego. ¡Esto no se le hace a un amigo!
- ¿Y para eso querías quedar conmigo después de tantos años?
- Sí, es que no me diste tiempo a echártelo en cara… Huiste como un corzo, y ahora que me enteré que volvías por aquí…
- Me has asaeteado…

Moraleja: Desconfía del enemigo que te tendió un puente de plata.

21 – 2 - 10

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ALLÍ ESTABA ÉL

>> miércoles, 17 de febrero de 2010

¿Que qué hacía aquella tarde? Pues tomarme un mosto en un bar cercano a San Bernardo. Debo de ser la única persona que sigue manteniendo la compañía “Greip” en España. ¿Quién toma ya mosto? Todos dicen “por favor, póngame un zumo de uva”. El mosto como tal, ha muerto.

¿Qué hora sería? No sé, las seis o la siete.

No pienso aportar más datos innecesarios. Yo estaba allí cuando aquello sucedió y punto. Yo le vi. Allí estaba, entre aquella multitud agitada. Dicen que aquello era una manifestación. No lo sé, para ello tendría que remitirme a “Wagner Mendelsohn Gaza”, donde se hace hincapié en el sentido actual de las manifestaciones, al menos en este santo país.

La cuestión es que todo el mundo salió del local al oír tamaña algarabía. Yo, como el más duro de los vaqueros, terminé de tomarme tranquilamente mi consumición, pagué, y solo entonces, salí.

Entre pancartas y silbatos, estaba él. No diré de qué trataba la manifestación, pues es otro dato que no viene al caso. Solo diré que él estaba allí, predicando justamente lo contrario que predicaba a cuando estábamos juntos. ¿El motivo de nuestra ruptura? Diferencia de opiniones. Yo era totalmente apolítica, pensaba lo que Unamuno: “la política no es cosa de caballeros”. Por esto mismo, no accedía a entrar en sus debates habituales. Ahora, insisto, allí estaba, predicando justo lo contrario. Esos carteles correspondían con una ideología contraria a la que anteriormente tanto defendió, anteponiendo incluso nuestra relación a esas sus ideas. Y ahora ¿con qué me encuentro? Al verle pasar por mi lado, esbocé una sonrisa de medio lado. Él entonces me miró y solo supo ver en mí a esa oportunidad tan nefastamente declinada. ¡Menudo happening tenían montado allí!

¿Por qué me fui? La cosa era evidente, tan solo estaba allí por curiosidad. La mayoría de la gente que hacía el pasacalle a aquel desfile anárquico no tenía más motivo que el de combatir su cotidiano aburrimiento.

Por eso, como todo aquello ya no me interesaba, desaparecí. Ni siquiera él hizo por salirse de aquel guirigay. Tan fuerte era la corriente que todo lo arrastraba sin remedio. Su mirada de cervatillo lisiado pronto se desvaneció y ya no tuve nada que me retuviese en aquel lugar, aunque solo fuese por motivos de educación.

No estés triste por lo que te he contado. La mía no es una actitud derrotista, sino experimentada. Ahora solo necesito ver al tigre de lejos para saber que puede morder. No me interesa comprobar que puede que esto no suceda. Los tigres son tigres, y yo no nací para domadora.

8 – 2 – 11

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PLACEBO

HABLAR A TONTAS Y A LOCAS

A Jacinto Benavente le cayó el san benito de misógino por pronunciar la frase que secunda el título de este breve ensayo o reflexión acalorada (que es como mejor se escriben las ideas, cuando todavía se cree en ellas y no se ha desencantado uno de lo que quiere escribir y por ello lo escribe) como ustedes prefieran. Supongo que aquellos que hablaron del nobel en estos términos hasta crearle leyenda no eran aerófobos, aunque sí un tanto tontos. A quienes malinterpretan a un autor o le interpretan sin abrir las orejeras hacia el entorno (las otras opiniones siempre deben de ser contrapesadas a estas) van dedicadas estas líneas, pues sin ellas, no serían posibles.
Comenzaremos desmenuzando a la crítica por un ejemplo literario. Recojo aquí un extracto del prólogo de la novela “Niebla” de Miguel de Unamuno:
“... ¡Me encocoran y ponen de mal humor los subrayados y las palabras en bastardilla! Eso e insultar al lector, es llamarle torpe, es decirle: ¡fíjate hombre, fíjate, que aquí hay intención! Y por eso le recomendaba yo a un señor que escribiese sus artículos todo en bastardilla para que el público se diese cuenta de que eran intencionadísimos desde la primera palabra a la última. Eso no es más que la pantomima de los escritos; querer sustituir en ellos con el gesto lo que no se expresa con el acento y la entonación. […] tal es la simplicidad de los medios de expresión, o más bien tal es la conciencia que tienen de la ingenua simplicidad de sus lectores. Hay que acabar con esta ingenuidad…”
Ahora, paso a mostrar algunos extractos de artículos escritos por Unamuno y reunidos en el libro “En torno a las artes”. Los años en los que son escritos van desde la década de mil novecientos diez a los años treinta:
DEL ARTE PICTÓRICA:
“…Pocas cosas más interesantes que las páginas que en este libro Arte y artistas dedica Junoy a Picasso y a su cubismo, y a la manera como pretende justificar la insinceridad llamativa de ese hombre a la busca de la definitiva notoriedad sin lograrla. En el libro ese hay dos reproducciones cubísticas de Picasso, la Tete de femme y La femme a la bandoline, que son cosas o para echarse a reír o para indignarse. Y lo mismo que inventó, a falta de otra cosa más cínicamente extravagante, eso del cubismo, pudo haber inventado el esferismo, el cilindrismo o el conismo. La cuestión es, como dice muy bien Regoyos, entrar en el Salón con un trabuco disparando a diestro y siniestro. Y de seguro que él, Regoyos, pongo por caso de artista sincero, no conseguirá de momento tanta notoriedad con sus ingenuos paisajes franciscanos henchidos de la dulzura mística de la hora de la oración de la tarde…”
LA LITERATURA Y EL CINE:
“Vi que al cinematógrafo se le llama el séptimo arte. ¿El séptimo? Supongo que los otros seis serán: pintura, escultura, arquitectura, baile, música y poesía. Pero lo mismo podía ser el noveno si incluimos también la sastrería y al tauromaquia o toreo. Y debo confesar, antes de seguir adelante, que el cine me molesta bastante. Primero a los ojos y luego al espíritu. […] Y he aquí por qué un literato, un verdadero literato, un poeta, cuyo instrumento es la palabra, un artista del verbo, no puede escribir para el cine. ¡Escribir para el cine! Dibujar, en el mejor de los casos […] Película es lo mismo que pelleja, y peliculear una obra literaria es despellejarla…”
Tenemos aquí, por tanto, a un personaje muy característico como Unamuno, que se encuentra con la horma de su zapato. Como literato critica a los críticos (o educadores de masas) pero luego no duda en “despellejar” a Picasso. Sin duda, tanto el cine como el pintor malagueño le cogieron ya entrado en años, con mucha menos disposición para encajar estas novedades. No olvidemos que el primer cine, como bien dice él, es pantomímico. Y, claro, viéndolo así, no es de extrañar que prefiriera echarle a las fieras (¿qué fieras?) su “Niebla” o su “Tía Tula” que verla convertida en pura mímica exagerada. Sine embargo, no todo el cine, como bien se verá en otros países, encauzaba esta estética tan peculiar en la propia explotación de los actores a su función más teatral. Pero eso es ya otra historia.
Precisamente en su novela “Niebla” introduce a un personaje, Paparrigópulos, un estudioso que quiere ser un Menéndez Pidal o un Sánchez Albornoz, cuyo defecto es querer llegar al fondo de todo, y, claro, no es capaz de desentrañar nada. Parece incluso dedicar una obra a los de su condición, aquellos que estuvieron de escribir algo y que se quedaron en el intento. Añade a las particularidades del personaje la consideración de que “casi el único valor las grandes obras maestras del ingenio humano, consiste en haber provocado un libro de crítica o de comentario”. Aquí parece decirse que la obra necesita del estudioso de la misma, y que sin él no es nada, no tiene sentido. Un existir gracias a los demás, que conocen de ti. “Una frase cualquiera de un gran escritor directo no adquiere valor hasta que un erudito no la repite y cita la obra, la erudición y la página en que la expuso”. No obstante, tras esta especie de presentación con un fondo- creo yo- cómico, llega Unamuno a ironizar más allá: “Pertenecía a la clase de esos comentadores de Homero que si Homero mismo redivivo entrase en su oficina cantando le echarían a empellones porque les estorbaba el trabajar sobre los textos muertos de sus obras y buscar un apax cualquiera en ellas”. Es decir: no ya el crítico, sino el propio estudioso, vive gracias a tal autor, pero luego no desea oírle si pudiera, sino que trabaja dentro de sí mismo, considerando su propio camino de estudio como el correcto. Es más fácil escribir sobre autores que no pueden ya defenderse para que estos no desautoricen tal comentario dicho sobre él o sobre su obra.
Otro literato vasco de la generación del 98, Pío Baroja, recibió la siguiente crítica del compositor Pablo Sorozábal, al escuchar sus opiniones como supuesto melómano: “De música no entiende usted ni Pío”
Quería hablar de los críticos y de su función como “placebos” en el sentido de “encargados de encauzar mentes desprevenidas hacia un lugar u otro”. Parece ser que el fenómeno psicológico está bien presente. Su máxima es crear opiniones generalizadas de sus mentes subjetivas. Debería por tanto, dejarse a un lado a los especialistas a favor de los libros especializados y escuetos, cuya intención no va más allá de una definición que continúa siendo ratificada a lo largo de las épocas (la selección natural no atañe solo a las personas- que en el caso del alumnado así se aplica por los profesores para dejar camino libre a los válidos). Para esto conviene revisar la frase de Percy B. Shelley en “Remando al Viento”, de Gonzalo Suárez:
“Es propio de los críticos de todos los tiempos equivocarse siempre. Si los críticos tuvieran sentido común, abandonarían su miserable profesión […] cada hombre pensaría en sí mismo, y recuperaría la dignidad”.
La gente, a pesar de que finja rebelarse en tanto a dependencia “de lo que los demás digan” por “lo inteligentes que son”, siguen cayendo una y otra vez en las golosas redes del que explica allanando un terreno. Lo cierto es que esta labor a veces resulta de enterrar piedras en ese liso trayecto con los que hacer tropezar a estos ilusos universales.
Rilke le aconseja a su alumno por correspondencia en “Cartas a un joven poeta”:
CARTA TERCERA:
“…Lea usted lo menos posible cosas de crítica estética; o son opiniones de escuela, petrificadas y escurridas de sentido por un endurecimiento ya sin vida, o hábiles juegos de palabras en que hoy prevalece esta opinión y mañana la opuesta. Las obras de arte son de una infinita soledad, y por nada tan poco abordables como por la crítica…”
Y es que, a veces conviene no conocer la opinión de un crítico por parte del artista, tras su éxito. Si la crítica resulta cruel, puede resultar demoledora para esta persona (y para su familia, claro está). Casos concretos se han dado en el terreno del cine que conoce de primera mano este servidor (actores y directores).
Por último recordar a Azcona en una frase y en un chiste:
“Los críticos son críticos frustrados”
En este caso, un crítico ni siquiera puede ser un “cineasta, un guionista, un escritor, un artista frustrado”. Un crítico es un propio crítico que no consigue serlo.
“Dos cabras se encuentran comiendo un rollo de película. Cuando terminan, una le pregunta a la otra “¿te ha gustado”? y la otra contesta “Sí, pero me gustó más el libro…”
17 – 2 - 10

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Tres apuntes

>> martes, 16 de febrero de 2010



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Carmen, la de Triana

>> domingo, 14 de febrero de 2010


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ALGUNAS DISQUISICIONES ACERCA DE “EL HOMBRE ELEFANTE” DE LYNCH

Sé que es de cobardes, pero con algunas películas a veces prefiero jugar al rodeo.
La primera vez que escuché aquello de “El hombre elefante” fue en aquellos domingos primeros de infancia en El Retiro. Un creador de marionetas, un showman infantil de los pocos que quedan en su primer concepto, de nombre Teodoro Escarpa, ofrecía a su público – que siempre acababa siendo de amplio espectro- un número titulado así. Sacaba a un personaje de los más oscuros, que conseguía asustar al más aventurado, combatiendo contra un “mosquito invisible”. Saltaba al “ring” pues era boxeador. Se presentaba con la indumentaria que después observaría en el personaje del film: traje de luto riguroso entendido como “lo elegante” y la cara oculta por un gran trapo a través del que se adivinaban, por sendos agujeros en la tela, unos ojos menudos. Tras las presentaciones, este y su duro contrincante comenzaban a luchar. Una pelea de casi un minuto entre un personaje bien movido por cuerdas y otro personificado por una trompetilla. Finalmente, era vencido el hombre elefante y caía en el suelo. Después, sonaba “Así habló Zaratustra” para anunciar la derrota. Trataba de levantarse “el del K.O. técnico” pero no podía. El trapo que cubría su identidad, se levantaba tirado por una cuerda y el rostro era mostrado ante todos: un cráneo de animal. Poco a poco, se erguía, tambaleándose y trataba de llegar a su atril como marioneta. Finalmente caía antes de desaparecer del escenario. Su creador tenía que recogerlo con delicadeza y llevarlo a su improvisado camerino, como a una criatura indefensa. Esta fue una de las historias que más me conmovieron e impresionaron de pequeño. Por esta y algunas más conseguí reconstruir en casa todo el plantel de marionetas que había conocido de mano del gran maestro: las recompuse como buenamente pude, adivinando muchas veces por intuición sus mecanismos (por ejemplo, había una de un arlequín que, mediante cuerdas, se sacaba la cabeza y jugaba con ella en sus manos). Esa pasión por el mundo de los títeres me acabó llevando a representar mi propia función muchas tardes en El propio Retiro. Mi madre me ayudaba con la “maleta” de personajes”, un atril (en este caso musical) y una tela negra con que cubrir un banco y utilizarlo como sede improvisada para la función. Muchos niños venían y se quedaban anonadados de este amateur. Algunos incluso me echaban monedas. No era este mi propósito, pero a veces con ellas conseguía hasta merienda.
No quiero prolongar esta disquisición, este descubrimiento artístico que tuvo su origen, creo, en la función de marionetas de “The Sound of Music”. El tema a tratar es bien distinto. Lynch en estado consciente (alejado de toda droga psicodélica). La historia de Merryck me conmovió profundamente. Parecía hablarme de tantas otras criaturas creadas por la literatura cinematográfica de las que apiadarnos: “El gabinete del doctor Caligari”, “Frankenstein”, “El Golem”… pero, sin duda, la más cercana era “El jorobado de Notre Dame”. Dos personajes deformados por su propia naturaleza, sin mediación del hombre en su afán de experimentación. Un personaje real, demonizado por los creadores del circuito de “Freaks” (muy bien observado por Tod Browning), pero, sobre todo, un ser humano tras todo este parapeto. Un juicio externo, de pura apariencia, sobre una inteligencia y bondad inusitada. La oportunidad que le ofrece un profesor de medicina que, en cierto modo, acaba sucumbiendo por los caminos del espectáculo, acaba siendo su fuerte, su positiva reclusión. Una discriminación positiva, un intento de la ciencia por avanzar de la mano de uno de sus discípulos en la tierra. Esta decisión acaba convirtiéndose en polémica debido a los problemas de conciencia que sufre el personaje de Hopkins al reflexionar sobre todo lo que acarrea su actitud.
El blanco y negro, de alguna forma, contribuye a fomentar esta idea de revisión al cine, de homenaje con credenciales, de una forma digna por retrotraerse en el tiempo para obtener resultados satisfactorios actuales. Nada podemos decir del carácter sensiblero puesto que se utilizan todos los sistemas más austeros al alcance para lograr influenciar en el espectador de forma meridianamente “legal”.
Creo que esto va más allá de un mero trabajo de fotografía: la película de Lynch nos está hablando de un personaje que pugna por acabar resultando estético (cosa que creo que logra) gracias a una evolución coherente del asunto. La propia inestabilidad de la narración, de los sucesos, nos impide afirmarnos en el terreno, hablar de un “buen puerto” al que llevar al personaje. Es más la idea que se tambalea, su intento por afianzarse en una sociedad para nada preparada.
“El Hombre Elefante” puede considerarse, por tanto, dentro del género de historias renovadas de la Universal, un nuevo impulso que destruye toda intención de asustar o intrigar. Impresionar, desde luego que sí. Conmover removiendo, haciendo yagas en la memoria. Positivando correctamente.

14 – 2 - 10

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CREADOR INCANSABLE Y ATEMORADIZO

Tú,
que sobre tu mesa tiendes a superponer.
No olvidas lo que no terminas
pero lo apartas para otra cosa construir…

Que anteriormente fuiste y te deshaces
como la estela de un avión en lo que dejas
¡Siempre retrocedes sin miedo a desaparecer!

Vuelves al pasado para
-recomponer-
-reestructurar-
-olvidar lo aprendido-
-terminar
por no querer volver a conocer-.

Tú…

Escribe tú tu propio destino
Te cuesta ¿verdad?
Eres capaz de construir algo distinto
Totalmente alejado a ti
Y no eres capaz de “escribirte”

Olvida lo que he dicho
Vuelve a esconder tu mesa
Poniendo muchas cosas
Sobre ella…una sobre otra
Nunca a izquierda o a derecha
Siempre reescribiendo

Con el miedo a haber fracasado
Se escribe mucho mejor
Te vuelves a incorporar
Fuerte tu esqueleto en vertical
Con tu herramienta de hierro

¿Tú?

Olvida lo que fuiste y lo que serás
Eso es lo que quieres pensar
Pero no das pie con bola
No pienses en nada
Solo escribe…
Escribe… Tú.


14 – 2 – 10

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La pintora-modelo

>> sábado, 13 de febrero de 2010




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Extracto de la novela "Perlimporín Triste"

>> jueves, 11 de febrero de 2010

...Cuando mi madre se fue y yo me quedé al cuidado de Torrado, rara era la noche en la que no me quedaba sentado en el baño, sin ninguna prisa por salir. Siempre en mi cabeza la Gnosienne de Satie más triste (la nº 1), esta música íntima para momentos en los que el ánimo debe volver a renacer poco a poco, mientras observaba aquel cuarto ruinoso de cualquier piso mal mantenido, condenando su uso a no abrir ya más aquella puerta: academias de música, gabinetes de psicología que ya no precisaban de una bañera. En ella, sin embargo, a pesar de su notable suciedad (la pátina de los años) y de su poca inspiración para cualquier cabeza mínimamente inquieta, veía a mi madre, con los brazos y la cabeza fuera del agua, descansando con sus ojos cerrados. A veces venían mis amigos de clase a pescar con sus cañas. Para esto sí la llenábamos. Entonces, cuando introducían sus cañas de ganchos plateados y comenzaban a atrapar las cosas del fondo -que anteriormente arrojábamos-, yo no podía mirar. No podía ver cómo aquella figura, aquel cuerpo recostado en el nácar blanco, era atrapado por aquellos falsos anzuelos.
Pedía una y otra vez con mi pensamiento que no fuese atacada esta parte tan íntima de los recuerdos. Que aquellos salvajes de inconsciente atrocidad dejasen unos momentos de remover el agua.
Solo un momento. De nuevo, por favor, la calma en aquella tela transparente, en aquella malla atrapa-sueños, aquella red submarina de barco pesquero.
Era el baño la estancia común de los inquilinos, aquella más veces ocupada o no disponible. En las tardes de invierno, cuando la luz engañaba a los relojes, la casa quedaba como abandonada por un número concreto de horas, aquellas en las que traía a mis amigos que después presentaré...

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ALGUNOS ESCRIBIENTES

>> miércoles, 10 de febrero de 2010

Entré en el aula de dibujo. La misma tarima de hace cincuenta años, un trono sobre el que tantos reyes y reinas asentaron sus posaderas desnudas. En torno a ella, todo el despliegue estudiantil en potros de tortura: regidos por el mínimo movimiento (los chirridos les delataban en aquel silencio tan incómodo), trataban a su vez de no perpetuar sus posturas mucho tiempo para evitar clavarse cualquier hierro del pupitre. Iba de un lado a otro y solo veía realidades bien distintas: había quien por cuerpo dejaba un código de barras, una tubería del techo que le había llamado la atención, un zapato de un compañero cercano de vivos colores, una representación visual de alguna metáfora… Todo menos recordar que aquella señora estuvo ahí en aquel día posando. “A mí me pagan por esto y no voy a dejar de desnudarme”. La frase sonaba un tanto frívola, es cierto, pero aquellos aspirantes a retratadores sin alma abusaban demasiado de su condición. Parecían tener miedo a reflejar algo vivo en un papel, que podía mirarles o escuchar sus asientos rechinar. El retrato ya no es un “sumario” de tiempos, de instantes. Aquello ya pasó. Parece que nos asusta enfrentarnos a lo vivo y preferimos algo estático, desde una tubería hasta la fotografía de una tubería. O un retrato de polaroid que mira siempre a las cinco y media de la tarde (hora de la instantánea). Cuando llegué al final, encontréme la excepción que confirmaba la regla: un ser asustadizo trataba de capturar aquel cuerpo. ¿Qué fue del rostro? Parecía deshacérsele en el papel, escapar a su trazo. No era capaz de retenerlo. El cuerpo, sin embargo, se mostraba sólido como una roca. “¿Por qué no pintas sus ojos?” le dije. “No quiero que me miren, que sean testigos de esto…” No me enfrento a ellos”. ¡Ni a la nariz, ni a aquella boca que escondía tantos dientes! ¿Por qué? “Acaso, una muñeca..” fue lo último que me dijo.

10 – 2 – 10

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SUEÑO Nº 3

>> martes, 9 de febrero de 2010

Por el andén del metro
estoy soñando, sueño
Se que el tren que llegará
no pasará por mi estación.
Sin embargo, yo voy allí.

Durante el viaje, todos lo saben.
Miran a todos los lados esperando
que en la última estación
las puertas se cierren.
Por conocido milagro, así sucede.

Aparece uno de seguridad
recorriendo los pasillos,
Arrojando, durante el recorrido
a algunos personajes que olvidaré.
Espero paciente mi turno.

En el colegio: me tocaba el ejercicio
que justamente no había hecho…
Así sucede este miedo: un dedo
que apunta sin esperanza
contra el que sabe que no despertará.

Esta no misericordia se corta de cuajo
Cuando el tren llega a la estación
Y salgo por la propia puerta que se abre
dejando al otro que desea haberme echado.
Así son los sueños… en historias de trenes.

9 – 2 - 10

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FUENTE MÍSTICA

El día 11 de Febrero de 2010 fui invitado por el profesor de Sociología para dar una ponencia sobre “El ángel exterminador” de Buñuel en clase. En alguna otra ocasión se me ha dado esta oportunidad de hablar a mis compañeros sobre mis propias convicciones, sobre mi forma de entender las cosas (por ejemplo, en Estética, la profesora me brindó de nuevo la ocasión) pero considero esta como crucial para entender cómo y por qué decido escribir lo siguiente, una recopilación de sensaciones que no serán leídas por mí nunca para los demás. Para comenzar todo esto, debo de señalar que fue un discurso totalmente improvisado sobre el original que tenía pensado leer un tiempo más adelante. Todo se precipitó. Era el primer día de clase después de las Navidades (fiestas que deberían finalizar cuando se acaba la nieve, digo yo) y fui al encuentro del profesor (iba en dirección a clase por el pasillo) para comentarle que ya tenía escrito un análisis de dos páginas (sintetizado al máximo) sobre el tema. Había sido animado a trabajar en esto tras apuntar una serie de notas tras la proyección del film el último día de clase de Diciembre (un regalo para los alumnos, vamos- esta es mi opinión). Al profesor le gustó mi participación y me pidió “una clase magistral” como a él le gustaba decir. Cuando se encontró, como digo, inesperadamente conmigo, me contestó que esperase un momento. Él se llegó hasta su mesa y yo me quedé en un pupitre para dejar las cosas. Cuál fue mi sorpresa que, nada más sentarme, me presenta oficialmente ante los pocos alumnos que acaban también de llegar. Era una introducción para mi “ponencia”, de aquello no cabía duda. Sin pensarlo dos veces (es lo que me pasa, que hago las cosas sin calibrar las consecuencias y siempre acabo calculando mal las distancias) me dirijo allí y comienzo a hablar antes de sentarme. Como aquello debía salir de dentro, de los higadillos (como dice otro buen compañero mío) no dudé en dirigirme a “la masa” comprometiéndome no como analista sino como persona que se emociona y se conmociona con las cosas con las que trabaja: “El ángel exterminador tiene una característica que consideramos surreal pero que no es sino como la vida misma: el elemento de la retención. A mí me ha sucedido más de una vez que, estando con alguien por quien sentía cierta afinidad o afecto, he perdido la noción del tiempo y de las circunstancias. Como en la película, he llegado a pasar la noche en su casa. Ninguno de los dos nos habíamos planteado la posibilidad sino que la acatamos.” Comenzaron a asentir algunas cabezas, compartiendo ese sentimiento, demostrándome que “esto pasa y no hay que darle más vueltas”. Se que siempre se ha hablado del peligro de expresar sentimientos propios con palabras comunes. El lenguaje resulta, por una parte destructivo, porque reduce sentimientos a formas y, por otro, restaurador, porque consigue mantener vivo un lenguaje hacia un futuro incierto. En mi caso la palabra peligrosa es mística. ¿Por qué mística? Porque siento una especie de espiritualidad dentro de mi que puede llevarse hacia este terreno. Este descubrimiento ha sido confrontado por testimonios varios, por consideraciones a tener en cuenta sobre ideas de personas fiables sobre su concepto hacia mí. Uno de estos valores, puede ser, como ya he adelantado, el olvidarme de mi por pensar en el otro, ser una especie de ángel de la guarda pactado que no espera (y en tantas veces no recibí) a cambio algo “más”. Todos mis conceptos rondan una atemporalidad que suele refugiarse en el anacronismo de estos recuerdos que todos tenemos (inventados o no) del pasado. Este carácter, en cierta forma voluble o agradable que transmito, no es casual. A veces pienso que, si mis opiniones (emitidas siempre que pienso que no agreden al espíritu del otro) resultan a veces, por este efecto, dignas del más apocado de los reaccionarios, es precisamente porque se suele tener una idea un tanto incorrecta de estos aunque no les falte en cierto modo razón. Algo me dijo un compañero que le agradecí, una opinión dicha con todo el cariño del mundo: “Estás con un pie en la tradición y otro en la tumba”. Lo primero que me pregunté fue: “¿Esto a qué puede deberse?” Traté de encontrar o subrayar aquellas líneas de un texto que pudieron haberse descuidado, aquellas que pedían a gritos ser escuchadas. Sí, en cierto modo la cosa pintaba clara: mi propia actitud, mi propia forma de ser, busca una estabilidad imposible, una insistente llamada a mi cuerpo de serenidad. Una persona alegre, viva, dicharachera, peca en este sentido de hiperactividad, de necesidad por expulsar energías. Por esto mismo, mis nervios son de cristal, se rompen constantemente a la menor acción. Pienso, medito, reflexiono en cualquier momento de consciencia, lo que puede apartar mi atención de cosas que suceden en ese momento. Me he perdido cosas seguramente de mucho valor por este “defecto”. Otro aspecto que no debe de preocuparme es mi concepto del amor. Hay, desde luego, una necesidad de satisfacción sentimental, pero no tengo prisa por encontrarla. La que he conocido me resulta incompleta, injusta. No deseo perder más el tiempo. Prefiero cultivar un poco este saber, no importa lo que tenga que tardar. “La paciencia es la madre de la ciencia” me decía siempre mi madre de pequeño. Este concepto en un cuerpo constantemente alterado me enfurece por considerarlo baladí desde la teoría e imposible en la práctica. Cada día avanzo más en esta paciencia. Todo se mantiene hasta que deba de romperse ¿no? Pues cuando esto sucede, he conseguido sentirme igual de tranquilo que cuando lo poseía. Anes me preocupaban los temas de la amistad, de la “no soledad”. Ahora asumo lo que hay y no me preocupo por cultivarlo, pues en estos casos es cuando más rupturas en este sentido se producen. Todo lleva su cauce y si se desborda esto se debe a un elemento extraño que interfiere dentro de esta actitud lineal y constante. Deben de preocuparse los que se equivocan con las comas y los puntos y no los que colocan las palabras. Por todo ello, dentro de la religiosidad que se nos permite a los que vivimos actualmente en un mundo abierto a tantos conocimientos, me considero en cierta forma religioso. Cristo me parece una figura digna de seguir, con la que aprender constantemente. Que no se me confunda: Cristiano y no tanto católico, porque como suele pasar, hasta el personaje de Jesús Nazaret sufre las inclemencias de tantas personas que hablan con su nombre en la boca, a los que no les importa tornar su concepto original a otro bien distinto por sus propios intereses. Creo que, hasta el que tenga mínimamente dos dedos de frente, puede comprender lo que digo, creer en una persona más que en una divinidad. Comprender precisamente por cercanía.
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NO PIDAS PERMISO, PIDE PERDÓN

>> domingo, 7 de febrero de 2010

El rey entró en el estudio de su pintor de cámara. Había ido por la noche, en un carruaje, embozado (él y el carruaje) para no levantar sospechas entre los vecinos del barrio.
Dio tres golpes en la puerta y, como por encantamiento, la puerta se abrió con el inquilino vestido de gala. ¿Cómo habría conseguido en tan poco tiempo ponerse hasta el talco cubre-granos? Lo más difícil, el cuello apergaminado. El rey no daba crédito a lo que veía.

- Si vuesa merced es tan amable de entrar en mi humilde casa…
- Pero ¡Pedrito! ¿Qué te has hecho?
- … Quería estar decente para recibir a una persona de su…
- ¡Pero si con esta luz que hay no veo ni si eres pelirrojo! ¡Anda, vamos a pasar que se está levantando un aire que ni en El Escorial!
Pasaron adentro. Efectivamente, la luz era deficiente: unas velas colocadas aquí y allá, como formando un sendero tenebroso.
- ¿Qué haces con tu sueldo? Además, estás sin mujer… ¡Tú te vas de lupanares!
¡Bueno, bueno, esto ya parece ya una sala y no un pasillo! Es aquí ¿verdad?
- En efecto, permíteme que le descubra la obra…

El lienzo que protege se retira para mostrar al otro lienzo trabajado.

- Pero ¿y esto?
- ¿No le parece idóneo para la decoración de una de las salas del palacio de verano?
- Me parece a todas luces insuficiente… ¡Incluso ante las de palacio!
- Eso es porque no está finalizado…
- Esto se va a quedar así seguro…
- Le demostraré que no, que todo puede cambiar más allá de lo que creemos

Hay esa manía intrínseca en el ser humano de creer que algo, después de ser visto, ya va a quedar así, como si el ojo justiciero ya lo hubiese condenado a su estatismo.

- ¿Y “eso” son las ninfas?
- En efecto…
- Yo creía en otro tipo de ninfas…

Otro craso error. De la mente a la mano hay un caminito que seguir. Las mudanzas más aparatosas acaban prescindiendo de ornamentos, solo queda lo esencial.

- ¿Cuál fue la última ninfa que vio?
- Ayer en un sueño… Tenía la cara de mi mujer… No sé si era sueño o pesadilla…
- Sueño, señor, no lo dude…
- Pues no me gusta. De verdad, con todo el cariño te lo digo, pero no me gusta. Te pagué para que hicieses mis sueños realidad, pero veo que los tuyos andan alejados de lo que pido…
- Ojala Dios me permitiera este don…
- Dios está entretenido en cosas mejores, no lo dudes. Bueno, no te voy a pagar nada pero mañana me traes esto enmarcadito en pan de oro para instalarlo en la “casita” del bosque ¿de acuerdo?
- ¿En aquel bosque hay ninfas?
- En aquel bosque vive un señor del que depende tu prestigio, de modo que interpretaré tu comentario como una evocación del mundo antiguo trasladado a mi mundo, a mi nación.
- Mañana las tiendas de marcos están cerrados…
- Mañana te llevas una orden judicial y precintas con ella a los establecimientos que no te abran…
- Así se hará, señor…
- Me voy a casa. Buenas noches ¡y trabaja menos hombre, que luego ya ves que no te compensa!

Nada más salir de la casa, el pintor dijo entre dientes:
“¿Por qué no se lo habré enseñado mañana? ¿Por qué?

Allí se quedó, compuesto y sin novia (compuesto y no “con puesto”, aunque es posible que también lo pierda)

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UN PÁJARO AZUL ¿LO RECUERDAS? (SIMPSON-BUKOWSKI)

“Un pájaro azul”
¿lo recuerdas?

Hay lugares de paso
Que se convierten
En altos lugares

Por ahí nunca pasan pájaros
El caminante, sin embargo
Debería pensar en ellos

Aferrarse a su carne de torso
Sentir esos latidos
Que pujan por escapar por la boca

Ese pájaro veloz que choca contra las paredes
Que pega picotazos en las concavidades
Que trina entrecortando tu respiración

Ese pájaro que mete bajo el ala su cabeza
El pájaro azul
Antonio me lo dijo
Antonio me lo recordó

… después de salir por aquel puente
Con sus dos ojos por los que entraba la luz
Aquellos que la ahogaban sin dejarla salir


Un pájaro azul

7 – 2 – 10

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POCO CLARO

>> jueves, 4 de febrero de 2010

Hay algo en los estudiantes

Ellos bajan mientras yo subo

Ellos serán mientras los veo
Ellos son y no lo recuerdo

Les ví bajar, siempre desbandados
Buscando refugio, la casa de los juegos
Entrando ya en el metro
Seguros
Y yo subo a relevar a aquellos que estarán ahí
Relevando a otros que ya subieron y bajaron
Que quisieron ser y que fueron

Estudiantes, nada más… y nada menos
A tantos veo que a ninguno reconozco


Ahora les veo como ya no serán más vistos

Hay algo en los estudiantes


4 – 2 - 10

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OLORES

>> lunes, 1 de febrero de 2010

Cuelgan de los balcones
los que se columpian muertos
Desde abajo huelo esta podredumbre
mientas avanzo el asfalto



A veces, un aliento percibo de aquellas flores
que por encima sobresalen de la ventana

¡Su esperanza, en fragancia, de olores!

Son sus semillas, luego, las que cayendo tantas
me hacen, convertidas en raíces, enredarme



Tropiezo con la belleza continuamente
Creo que aquellos brazos desesperados
que escapan de los alcorques
desean abrazar un día a quien el síndrome
de Stendhal nunca reconocerá,como padre.

Tropiezo, resbalo
Nunca caigo
Nunca sufro las consecuencias
Siempre avisado quedo

Cuando la caída sea dura
me levantaré limpiando el polvo
mirando una corbata azulada
que no quiere volver al verde.
La sangre estropeó la franela
Ahora ¿qué dirán de mi traje?

Camino inciertamente
dando tumbos y requiebros
Para que no me vea la gente
Dirán: “¡Ahí va el de la nariz grande
que escapa a las miradas!
Su traje ya no es negro…”

En la gran glorieta
Me tomo el pulso
¡Pronto acelera!
Me atrasa el mundo

Recupero la velocidad perdida
Ahora las manos golpean con todo
Comienzan a oler a todas esas macetas
Que planean sobre los muertos

Ese regusto amargo
de la saliva seca
avisa de bebida fresca
¡La que corre roja
en hilillos por mis labios!

Al final llego al negocio de columpios
Y me siento sobre el asiento de goma
El caucho tan negro parece atraparme
Como el alquitrán a su presa

Mientras canto una canción infantil
La gente por las paredes trepa
Quieren llegar a los balcones
De las casas de sus aceras

1 – 2 – 10

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Retrato de Javier Ramírez Serrano (2007)

Valga como homenaje. ¡Se te echa mucho de menos, compañero!


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Los viajes de Colón




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