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ALGUNAS DISQUISICIONES ACERCA DE “EL HOMBRE ELEFANTE” DE LYNCH

>> domingo, 14 de febrero de 2010

Sé que es de cobardes, pero con algunas películas a veces prefiero jugar al rodeo.
La primera vez que escuché aquello de “El hombre elefante” fue en aquellos domingos primeros de infancia en El Retiro. Un creador de marionetas, un showman infantil de los pocos que quedan en su primer concepto, de nombre Teodoro Escarpa, ofrecía a su público – que siempre acababa siendo de amplio espectro- un número titulado así. Sacaba a un personaje de los más oscuros, que conseguía asustar al más aventurado, combatiendo contra un “mosquito invisible”. Saltaba al “ring” pues era boxeador. Se presentaba con la indumentaria que después observaría en el personaje del film: traje de luto riguroso entendido como “lo elegante” y la cara oculta por un gran trapo a través del que se adivinaban, por sendos agujeros en la tela, unos ojos menudos. Tras las presentaciones, este y su duro contrincante comenzaban a luchar. Una pelea de casi un minuto entre un personaje bien movido por cuerdas y otro personificado por una trompetilla. Finalmente, era vencido el hombre elefante y caía en el suelo. Después, sonaba “Así habló Zaratustra” para anunciar la derrota. Trataba de levantarse “el del K.O. técnico” pero no podía. El trapo que cubría su identidad, se levantaba tirado por una cuerda y el rostro era mostrado ante todos: un cráneo de animal. Poco a poco, se erguía, tambaleándose y trataba de llegar a su atril como marioneta. Finalmente caía antes de desaparecer del escenario. Su creador tenía que recogerlo con delicadeza y llevarlo a su improvisado camerino, como a una criatura indefensa. Esta fue una de las historias que más me conmovieron e impresionaron de pequeño. Por esta y algunas más conseguí reconstruir en casa todo el plantel de marionetas que había conocido de mano del gran maestro: las recompuse como buenamente pude, adivinando muchas veces por intuición sus mecanismos (por ejemplo, había una de un arlequín que, mediante cuerdas, se sacaba la cabeza y jugaba con ella en sus manos). Esa pasión por el mundo de los títeres me acabó llevando a representar mi propia función muchas tardes en El propio Retiro. Mi madre me ayudaba con la “maleta” de personajes”, un atril (en este caso musical) y una tela negra con que cubrir un banco y utilizarlo como sede improvisada para la función. Muchos niños venían y se quedaban anonadados de este amateur. Algunos incluso me echaban monedas. No era este mi propósito, pero a veces con ellas conseguía hasta merienda.
No quiero prolongar esta disquisición, este descubrimiento artístico que tuvo su origen, creo, en la función de marionetas de “The Sound of Music”. El tema a tratar es bien distinto. Lynch en estado consciente (alejado de toda droga psicodélica). La historia de Merryck me conmovió profundamente. Parecía hablarme de tantas otras criaturas creadas por la literatura cinematográfica de las que apiadarnos: “El gabinete del doctor Caligari”, “Frankenstein”, “El Golem”… pero, sin duda, la más cercana era “El jorobado de Notre Dame”. Dos personajes deformados por su propia naturaleza, sin mediación del hombre en su afán de experimentación. Un personaje real, demonizado por los creadores del circuito de “Freaks” (muy bien observado por Tod Browning), pero, sobre todo, un ser humano tras todo este parapeto. Un juicio externo, de pura apariencia, sobre una inteligencia y bondad inusitada. La oportunidad que le ofrece un profesor de medicina que, en cierto modo, acaba sucumbiendo por los caminos del espectáculo, acaba siendo su fuerte, su positiva reclusión. Una discriminación positiva, un intento de la ciencia por avanzar de la mano de uno de sus discípulos en la tierra. Esta decisión acaba convirtiéndose en polémica debido a los problemas de conciencia que sufre el personaje de Hopkins al reflexionar sobre todo lo que acarrea su actitud.
El blanco y negro, de alguna forma, contribuye a fomentar esta idea de revisión al cine, de homenaje con credenciales, de una forma digna por retrotraerse en el tiempo para obtener resultados satisfactorios actuales. Nada podemos decir del carácter sensiblero puesto que se utilizan todos los sistemas más austeros al alcance para lograr influenciar en el espectador de forma meridianamente “legal”.
Creo que esto va más allá de un mero trabajo de fotografía: la película de Lynch nos está hablando de un personaje que pugna por acabar resultando estético (cosa que creo que logra) gracias a una evolución coherente del asunto. La propia inestabilidad de la narración, de los sucesos, nos impide afirmarnos en el terreno, hablar de un “buen puerto” al que llevar al personaje. Es más la idea que se tambalea, su intento por afianzarse en una sociedad para nada preparada.
“El Hombre Elefante” puede considerarse, por tanto, dentro del género de historias renovadas de la Universal, un nuevo impulso que destruye toda intención de asustar o intrigar. Impresionar, desde luego que sí. Conmover removiendo, haciendo yagas en la memoria. Positivando correctamente.

14 – 2 - 10

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