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Extracto de la novela "Perlimporín Triste"

>> jueves, 11 de febrero de 2010

...Cuando mi madre se fue y yo me quedé al cuidado de Torrado, rara era la noche en la que no me quedaba sentado en el baño, sin ninguna prisa por salir. Siempre en mi cabeza la Gnosienne de Satie más triste (la nº 1), esta música íntima para momentos en los que el ánimo debe volver a renacer poco a poco, mientras observaba aquel cuarto ruinoso de cualquier piso mal mantenido, condenando su uso a no abrir ya más aquella puerta: academias de música, gabinetes de psicología que ya no precisaban de una bañera. En ella, sin embargo, a pesar de su notable suciedad (la pátina de los años) y de su poca inspiración para cualquier cabeza mínimamente inquieta, veía a mi madre, con los brazos y la cabeza fuera del agua, descansando con sus ojos cerrados. A veces venían mis amigos de clase a pescar con sus cañas. Para esto sí la llenábamos. Entonces, cuando introducían sus cañas de ganchos plateados y comenzaban a atrapar las cosas del fondo -que anteriormente arrojábamos-, yo no podía mirar. No podía ver cómo aquella figura, aquel cuerpo recostado en el nácar blanco, era atrapado por aquellos falsos anzuelos.
Pedía una y otra vez con mi pensamiento que no fuese atacada esta parte tan íntima de los recuerdos. Que aquellos salvajes de inconsciente atrocidad dejasen unos momentos de remover el agua.
Solo un momento. De nuevo, por favor, la calma en aquella tela transparente, en aquella malla atrapa-sueños, aquella red submarina de barco pesquero.
Era el baño la estancia común de los inquilinos, aquella más veces ocupada o no disponible. En las tardes de invierno, cuando la luz engañaba a los relojes, la casa quedaba como abandonada por un número concreto de horas, aquellas en las que traía a mis amigos que después presentaré...

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