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FUENTE MÍSTICA

>> martes, 9 de febrero de 2010

El día 11 de Febrero de 2010 fui invitado por el profesor de Sociología para dar una ponencia sobre “El ángel exterminador” de Buñuel en clase. En alguna otra ocasión se me ha dado esta oportunidad de hablar a mis compañeros sobre mis propias convicciones, sobre mi forma de entender las cosas (por ejemplo, en Estética, la profesora me brindó de nuevo la ocasión) pero considero esta como crucial para entender cómo y por qué decido escribir lo siguiente, una recopilación de sensaciones que no serán leídas por mí nunca para los demás. Para comenzar todo esto, debo de señalar que fue un discurso totalmente improvisado sobre el original que tenía pensado leer un tiempo más adelante. Todo se precipitó. Era el primer día de clase después de las Navidades (fiestas que deberían finalizar cuando se acaba la nieve, digo yo) y fui al encuentro del profesor (iba en dirección a clase por el pasillo) para comentarle que ya tenía escrito un análisis de dos páginas (sintetizado al máximo) sobre el tema. Había sido animado a trabajar en esto tras apuntar una serie de notas tras la proyección del film el último día de clase de Diciembre (un regalo para los alumnos, vamos- esta es mi opinión). Al profesor le gustó mi participación y me pidió “una clase magistral” como a él le gustaba decir. Cuando se encontró, como digo, inesperadamente conmigo, me contestó que esperase un momento. Él se llegó hasta su mesa y yo me quedé en un pupitre para dejar las cosas. Cuál fue mi sorpresa que, nada más sentarme, me presenta oficialmente ante los pocos alumnos que acaban también de llegar. Era una introducción para mi “ponencia”, de aquello no cabía duda. Sin pensarlo dos veces (es lo que me pasa, que hago las cosas sin calibrar las consecuencias y siempre acabo calculando mal las distancias) me dirijo allí y comienzo a hablar antes de sentarme. Como aquello debía salir de dentro, de los higadillos (como dice otro buen compañero mío) no dudé en dirigirme a “la masa” comprometiéndome no como analista sino como persona que se emociona y se conmociona con las cosas con las que trabaja: “El ángel exterminador tiene una característica que consideramos surreal pero que no es sino como la vida misma: el elemento de la retención. A mí me ha sucedido más de una vez que, estando con alguien por quien sentía cierta afinidad o afecto, he perdido la noción del tiempo y de las circunstancias. Como en la película, he llegado a pasar la noche en su casa. Ninguno de los dos nos habíamos planteado la posibilidad sino que la acatamos.” Comenzaron a asentir algunas cabezas, compartiendo ese sentimiento, demostrándome que “esto pasa y no hay que darle más vueltas”. Se que siempre se ha hablado del peligro de expresar sentimientos propios con palabras comunes. El lenguaje resulta, por una parte destructivo, porque reduce sentimientos a formas y, por otro, restaurador, porque consigue mantener vivo un lenguaje hacia un futuro incierto. En mi caso la palabra peligrosa es mística. ¿Por qué mística? Porque siento una especie de espiritualidad dentro de mi que puede llevarse hacia este terreno. Este descubrimiento ha sido confrontado por testimonios varios, por consideraciones a tener en cuenta sobre ideas de personas fiables sobre su concepto hacia mí. Uno de estos valores, puede ser, como ya he adelantado, el olvidarme de mi por pensar en el otro, ser una especie de ángel de la guarda pactado que no espera (y en tantas veces no recibí) a cambio algo “más”. Todos mis conceptos rondan una atemporalidad que suele refugiarse en el anacronismo de estos recuerdos que todos tenemos (inventados o no) del pasado. Este carácter, en cierta forma voluble o agradable que transmito, no es casual. A veces pienso que, si mis opiniones (emitidas siempre que pienso que no agreden al espíritu del otro) resultan a veces, por este efecto, dignas del más apocado de los reaccionarios, es precisamente porque se suele tener una idea un tanto incorrecta de estos aunque no les falte en cierto modo razón. Algo me dijo un compañero que le agradecí, una opinión dicha con todo el cariño del mundo: “Estás con un pie en la tradición y otro en la tumba”. Lo primero que me pregunté fue: “¿Esto a qué puede deberse?” Traté de encontrar o subrayar aquellas líneas de un texto que pudieron haberse descuidado, aquellas que pedían a gritos ser escuchadas. Sí, en cierto modo la cosa pintaba clara: mi propia actitud, mi propia forma de ser, busca una estabilidad imposible, una insistente llamada a mi cuerpo de serenidad. Una persona alegre, viva, dicharachera, peca en este sentido de hiperactividad, de necesidad por expulsar energías. Por esto mismo, mis nervios son de cristal, se rompen constantemente a la menor acción. Pienso, medito, reflexiono en cualquier momento de consciencia, lo que puede apartar mi atención de cosas que suceden en ese momento. Me he perdido cosas seguramente de mucho valor por este “defecto”. Otro aspecto que no debe de preocuparme es mi concepto del amor. Hay, desde luego, una necesidad de satisfacción sentimental, pero no tengo prisa por encontrarla. La que he conocido me resulta incompleta, injusta. No deseo perder más el tiempo. Prefiero cultivar un poco este saber, no importa lo que tenga que tardar. “La paciencia es la madre de la ciencia” me decía siempre mi madre de pequeño. Este concepto en un cuerpo constantemente alterado me enfurece por considerarlo baladí desde la teoría e imposible en la práctica. Cada día avanzo más en esta paciencia. Todo se mantiene hasta que deba de romperse ¿no? Pues cuando esto sucede, he conseguido sentirme igual de tranquilo que cuando lo poseía. Anes me preocupaban los temas de la amistad, de la “no soledad”. Ahora asumo lo que hay y no me preocupo por cultivarlo, pues en estos casos es cuando más rupturas en este sentido se producen. Todo lleva su cauce y si se desborda esto se debe a un elemento extraño que interfiere dentro de esta actitud lineal y constante. Deben de preocuparse los que se equivocan con las comas y los puntos y no los que colocan las palabras. Por todo ello, dentro de la religiosidad que se nos permite a los que vivimos actualmente en un mundo abierto a tantos conocimientos, me considero en cierta forma religioso. Cristo me parece una figura digna de seguir, con la que aprender constantemente. Que no se me confunda: Cristiano y no tanto católico, porque como suele pasar, hasta el personaje de Jesús Nazaret sufre las inclemencias de tantas personas que hablan con su nombre en la boca, a los que no les importa tornar su concepto original a otro bien distinto por sus propios intereses. Creo que, hasta el que tenga mínimamente dos dedos de frente, puede comprender lo que digo, creer en una persona más que en una divinidad. Comprender precisamente por cercanía.
9 – 2 - 10

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