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ALLÍ ESTABA ÉL

>> miércoles, 17 de febrero de 2010

¿Que qué hacía aquella tarde? Pues tomarme un mosto en un bar cercano a San Bernardo. Debo de ser la única persona que sigue manteniendo la compañía “Greip” en España. ¿Quién toma ya mosto? Todos dicen “por favor, póngame un zumo de uva”. El mosto como tal, ha muerto.

¿Qué hora sería? No sé, las seis o la siete.

No pienso aportar más datos innecesarios. Yo estaba allí cuando aquello sucedió y punto. Yo le vi. Allí estaba, entre aquella multitud agitada. Dicen que aquello era una manifestación. No lo sé, para ello tendría que remitirme a “Wagner Mendelsohn Gaza”, donde se hace hincapié en el sentido actual de las manifestaciones, al menos en este santo país.

La cuestión es que todo el mundo salió del local al oír tamaña algarabía. Yo, como el más duro de los vaqueros, terminé de tomarme tranquilamente mi consumición, pagué, y solo entonces, salí.

Entre pancartas y silbatos, estaba él. No diré de qué trataba la manifestación, pues es otro dato que no viene al caso. Solo diré que él estaba allí, predicando justamente lo contrario que predicaba a cuando estábamos juntos. ¿El motivo de nuestra ruptura? Diferencia de opiniones. Yo era totalmente apolítica, pensaba lo que Unamuno: “la política no es cosa de caballeros”. Por esto mismo, no accedía a entrar en sus debates habituales. Ahora, insisto, allí estaba, predicando justo lo contrario. Esos carteles correspondían con una ideología contraria a la que anteriormente tanto defendió, anteponiendo incluso nuestra relación a esas sus ideas. Y ahora ¿con qué me encuentro? Al verle pasar por mi lado, esbocé una sonrisa de medio lado. Él entonces me miró y solo supo ver en mí a esa oportunidad tan nefastamente declinada. ¡Menudo happening tenían montado allí!

¿Por qué me fui? La cosa era evidente, tan solo estaba allí por curiosidad. La mayoría de la gente que hacía el pasacalle a aquel desfile anárquico no tenía más motivo que el de combatir su cotidiano aburrimiento.

Por eso, como todo aquello ya no me interesaba, desaparecí. Ni siquiera él hizo por salirse de aquel guirigay. Tan fuerte era la corriente que todo lo arrastraba sin remedio. Su mirada de cervatillo lisiado pronto se desvaneció y ya no tuve nada que me retuviese en aquel lugar, aunque solo fuese por motivos de educación.

No estés triste por lo que te he contado. La mía no es una actitud derrotista, sino experimentada. Ahora solo necesito ver al tigre de lejos para saber que puede morder. No me interesa comprobar que puede que esto no suceda. Los tigres son tigres, y yo no nací para domadora.

8 – 2 – 11

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