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LO MEJOR ESTÁ POR LLEGAR

>> sábado, 27 de febrero de 2010

Leía un relato de una buena amiga, Helena Grande Vicente, el otro día en la pantalla del ordenador. Tuve la suerte de conocer de su anticipo por mediación de la propia autora. Ahora, podría decirse que lo disfruté doblemente. Hablaba de una cucaracha llamada Kafka y de un señor llamado Gregorio Samsa que la tenía en su poder. Se titulaba “La moral de la cucaracha”. Una buena venganza esta ejercida por la criatura hacia su creador. Solo espero no acabar nunca en una cajita, indefenso como un insecto. Esto será fácil de no cumplirse, pues no habrá nadie con dos dedos de frente capaz de hacerme pasar a la posteridad publicándome. Bueno, traté de enfrentarme al espejo después de digerir aquello, no sin cierta trampa (pues, como ya digo, lo conocía de antemano). La otra persona que se encontraba al otro lado me parecía mucho más sugerente que el que trataba de expresarse con gestos de naturalidad ante la evidencia del propio rostro visualizado.
Reconozco que esto que aquí cuento tampoco es original, pues parte de otra historia que otra amiga mía me confió con licencia para reproducir en relato. Aquella idea debía de escapársele, poseedora de una fuerza que la comprometía demasiado como para ignorarla. Contar una historia self-portrait en tono de tercera persona no se lo cree nadie, ni quien sabe que es real. A lo mejor por eso yo jugaba con ventaja. Era como un detective al que se le contrataba para ir a una boda comprometida en la que nadie tenía un juicio creado sobre él previamente. Me encantan las bodas, porque no fumo puros ni me atrevo a decir cosas picantotas sobre los enamorados en plan de megáfono. Esto es así. Luego, seguro que acababa recogiendo el ramo. Volviendo al tema: yo me acercaba al espejo y me veía a mí como queriendo estar al otro lado. No tendría por qué salir fuera sino más bien permanecer dentro (del armario, al cerrar la puerta de luna de cristal). Por eso, comencé a desdibujarme en aquella habitación. Lo que aquel sujeto de enfrente hacía me resultaba más interesante, aunque resultara ser una burda réplica en el mismo tiempo de acción. Ahora, tengo miedo a cortarme con la pared que me ha encerrado y prefiero no tocarla. Además, la estoy poniendo perdida de huellas digitales que no hacen sino empañar mi imagen, estropearla. En este lado no poseo pañuelo alguno para limpiar aquello, ni siquiera mi propia ropa. Estoy desnudito. Nada importa porque nadie me ve hacer el ridículo: ¡Desnudo en otra dimensión! Lo único que espero es que ahora nadie rompa este espejo desde fuera.

27 – 2 - 10

1 comentarios:

Javramser 1 de marzo de 2010, 14:54  

Una cita de mi compañera sentimental en respuesta al desnudo al otro lado del espejo:

"...tres versos de una poesía de una profetisa del siglo XIV en Vislumbres de la India de Octavio Paz:

"Danza, Lala, vestida sólo de aire
canta, Lala, cubierta solo de cielo:
aire y cielo, ¿hay vestido más hermoso?""

Respecto a "pues no habrá nadie con dos dedos de frente capaz de hacerme pasar a la posteridad publicándome."

¿Qué paso con el libro de relatos cortos, y con la novela?

En todo caso no nos publicarán, pero nos publicaremos, ¿te hace un libro de relatos cortos bis a bis (guiño, guiño)?

Un abrazo.

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