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PLACEBO

>> miércoles, 17 de febrero de 2010

HABLAR A TONTAS Y A LOCAS

A Jacinto Benavente le cayó el san benito de misógino por pronunciar la frase que secunda el título de este breve ensayo o reflexión acalorada (que es como mejor se escriben las ideas, cuando todavía se cree en ellas y no se ha desencantado uno de lo que quiere escribir y por ello lo escribe) como ustedes prefieran. Supongo que aquellos que hablaron del nobel en estos términos hasta crearle leyenda no eran aerófobos, aunque sí un tanto tontos. A quienes malinterpretan a un autor o le interpretan sin abrir las orejeras hacia el entorno (las otras opiniones siempre deben de ser contrapesadas a estas) van dedicadas estas líneas, pues sin ellas, no serían posibles.
Comenzaremos desmenuzando a la crítica por un ejemplo literario. Recojo aquí un extracto del prólogo de la novela “Niebla” de Miguel de Unamuno:
“... ¡Me encocoran y ponen de mal humor los subrayados y las palabras en bastardilla! Eso e insultar al lector, es llamarle torpe, es decirle: ¡fíjate hombre, fíjate, que aquí hay intención! Y por eso le recomendaba yo a un señor que escribiese sus artículos todo en bastardilla para que el público se diese cuenta de que eran intencionadísimos desde la primera palabra a la última. Eso no es más que la pantomima de los escritos; querer sustituir en ellos con el gesto lo que no se expresa con el acento y la entonación. […] tal es la simplicidad de los medios de expresión, o más bien tal es la conciencia que tienen de la ingenua simplicidad de sus lectores. Hay que acabar con esta ingenuidad…”
Ahora, paso a mostrar algunos extractos de artículos escritos por Unamuno y reunidos en el libro “En torno a las artes”. Los años en los que son escritos van desde la década de mil novecientos diez a los años treinta:
DEL ARTE PICTÓRICA:
“…Pocas cosas más interesantes que las páginas que en este libro Arte y artistas dedica Junoy a Picasso y a su cubismo, y a la manera como pretende justificar la insinceridad llamativa de ese hombre a la busca de la definitiva notoriedad sin lograrla. En el libro ese hay dos reproducciones cubísticas de Picasso, la Tete de femme y La femme a la bandoline, que son cosas o para echarse a reír o para indignarse. Y lo mismo que inventó, a falta de otra cosa más cínicamente extravagante, eso del cubismo, pudo haber inventado el esferismo, el cilindrismo o el conismo. La cuestión es, como dice muy bien Regoyos, entrar en el Salón con un trabuco disparando a diestro y siniestro. Y de seguro que él, Regoyos, pongo por caso de artista sincero, no conseguirá de momento tanta notoriedad con sus ingenuos paisajes franciscanos henchidos de la dulzura mística de la hora de la oración de la tarde…”
LA LITERATURA Y EL CINE:
“Vi que al cinematógrafo se le llama el séptimo arte. ¿El séptimo? Supongo que los otros seis serán: pintura, escultura, arquitectura, baile, música y poesía. Pero lo mismo podía ser el noveno si incluimos también la sastrería y al tauromaquia o toreo. Y debo confesar, antes de seguir adelante, que el cine me molesta bastante. Primero a los ojos y luego al espíritu. […] Y he aquí por qué un literato, un verdadero literato, un poeta, cuyo instrumento es la palabra, un artista del verbo, no puede escribir para el cine. ¡Escribir para el cine! Dibujar, en el mejor de los casos […] Película es lo mismo que pelleja, y peliculear una obra literaria es despellejarla…”
Tenemos aquí, por tanto, a un personaje muy característico como Unamuno, que se encuentra con la horma de su zapato. Como literato critica a los críticos (o educadores de masas) pero luego no duda en “despellejar” a Picasso. Sin duda, tanto el cine como el pintor malagueño le cogieron ya entrado en años, con mucha menos disposición para encajar estas novedades. No olvidemos que el primer cine, como bien dice él, es pantomímico. Y, claro, viéndolo así, no es de extrañar que prefiriera echarle a las fieras (¿qué fieras?) su “Niebla” o su “Tía Tula” que verla convertida en pura mímica exagerada. Sine embargo, no todo el cine, como bien se verá en otros países, encauzaba esta estética tan peculiar en la propia explotación de los actores a su función más teatral. Pero eso es ya otra historia.
Precisamente en su novela “Niebla” introduce a un personaje, Paparrigópulos, un estudioso que quiere ser un Menéndez Pidal o un Sánchez Albornoz, cuyo defecto es querer llegar al fondo de todo, y, claro, no es capaz de desentrañar nada. Parece incluso dedicar una obra a los de su condición, aquellos que estuvieron de escribir algo y que se quedaron en el intento. Añade a las particularidades del personaje la consideración de que “casi el único valor las grandes obras maestras del ingenio humano, consiste en haber provocado un libro de crítica o de comentario”. Aquí parece decirse que la obra necesita del estudioso de la misma, y que sin él no es nada, no tiene sentido. Un existir gracias a los demás, que conocen de ti. “Una frase cualquiera de un gran escritor directo no adquiere valor hasta que un erudito no la repite y cita la obra, la erudición y la página en que la expuso”. No obstante, tras esta especie de presentación con un fondo- creo yo- cómico, llega Unamuno a ironizar más allá: “Pertenecía a la clase de esos comentadores de Homero que si Homero mismo redivivo entrase en su oficina cantando le echarían a empellones porque les estorbaba el trabajar sobre los textos muertos de sus obras y buscar un apax cualquiera en ellas”. Es decir: no ya el crítico, sino el propio estudioso, vive gracias a tal autor, pero luego no desea oírle si pudiera, sino que trabaja dentro de sí mismo, considerando su propio camino de estudio como el correcto. Es más fácil escribir sobre autores que no pueden ya defenderse para que estos no desautoricen tal comentario dicho sobre él o sobre su obra.
Otro literato vasco de la generación del 98, Pío Baroja, recibió la siguiente crítica del compositor Pablo Sorozábal, al escuchar sus opiniones como supuesto melómano: “De música no entiende usted ni Pío”
Quería hablar de los críticos y de su función como “placebos” en el sentido de “encargados de encauzar mentes desprevenidas hacia un lugar u otro”. Parece ser que el fenómeno psicológico está bien presente. Su máxima es crear opiniones generalizadas de sus mentes subjetivas. Debería por tanto, dejarse a un lado a los especialistas a favor de los libros especializados y escuetos, cuya intención no va más allá de una definición que continúa siendo ratificada a lo largo de las épocas (la selección natural no atañe solo a las personas- que en el caso del alumnado así se aplica por los profesores para dejar camino libre a los válidos). Para esto conviene revisar la frase de Percy B. Shelley en “Remando al Viento”, de Gonzalo Suárez:
“Es propio de los críticos de todos los tiempos equivocarse siempre. Si los críticos tuvieran sentido común, abandonarían su miserable profesión […] cada hombre pensaría en sí mismo, y recuperaría la dignidad”.
La gente, a pesar de que finja rebelarse en tanto a dependencia “de lo que los demás digan” por “lo inteligentes que son”, siguen cayendo una y otra vez en las golosas redes del que explica allanando un terreno. Lo cierto es que esta labor a veces resulta de enterrar piedras en ese liso trayecto con los que hacer tropezar a estos ilusos universales.
Rilke le aconseja a su alumno por correspondencia en “Cartas a un joven poeta”:
CARTA TERCERA:
“…Lea usted lo menos posible cosas de crítica estética; o son opiniones de escuela, petrificadas y escurridas de sentido por un endurecimiento ya sin vida, o hábiles juegos de palabras en que hoy prevalece esta opinión y mañana la opuesta. Las obras de arte son de una infinita soledad, y por nada tan poco abordables como por la crítica…”
Y es que, a veces conviene no conocer la opinión de un crítico por parte del artista, tras su éxito. Si la crítica resulta cruel, puede resultar demoledora para esta persona (y para su familia, claro está). Casos concretos se han dado en el terreno del cine que conoce de primera mano este servidor (actores y directores).
Por último recordar a Azcona en una frase y en un chiste:
“Los críticos son críticos frustrados”
En este caso, un crítico ni siquiera puede ser un “cineasta, un guionista, un escritor, un artista frustrado”. Un crítico es un propio crítico que no consigue serlo.
“Dos cabras se encuentran comiendo un rollo de película. Cuando terminan, una le pregunta a la otra “¿te ha gustado”? y la otra contesta “Sí, pero me gustó más el libro…”
17 – 2 - 10

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