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LA CASA ESCONDIDA

>> miércoles, 31 de marzo de 2010

Aquella casa me llamó la atención desde el primer momento: No se dejaba ver, parecía ocultarse tras los árboles que completaban el jardín con su magnificencia. Era una casa de indiano, de aquellas que ya no eran palacios pero todavía sí mansiones. Algunas muestras de su ruina dejaban contemplar lo que detrás escondía su impecable cuerpo de aparente piedra. Esto no era otra cosa que un organismo de ladrillos, una segunda débil piel de sencilla pobreza. La vulnerabilidad en estado puro. Las ventanas se encontraban cerradas con una dentadura de tablones mal apuntalados. Por supuesto, ya me encontraba dentro del recinto. Había saltado uno de los muros donde hasta los fragmentos de cristales de protección se habían vuelto blandos. No había sin embrago mala hierba. Parecía haber sido cuidado siguiendo el propio desorden del caos. Un imposible demiurgo, podría decirse. Cuando quiso subir el primer escalón que le conduciría a la puerta, pudo ver cómo, a través de uno de los ventanales bajos, una mano pujaba por arrancar una de aquellas maderas que defendían de mirones al “protegido” habitante. Aquella mano logró derribar dos de estos intrusos elementos y una mano amaneció de entre la empañada barrera transparente. Una cara de anciana que, con sus débiles claros ojos trataba de recordar dejándose naufragar en mis pupilas. Yo la miraba con una nariz que quería ser como la mía, con unos labios que me recordaban las curvas de los míos, con unas orejas que colgaban sin vejez de la misma forma que las que sujetaban estos pendientes. Sonrió con engaño para después desaparecer. Las tablas no volvieron a su lugar y quedó un enorme espacio oscuro que volvía a separar el acompañamiento de la soledad. Golpeé con mis enérgicos nudillos aquel vidrio aprovechándome de la nueva situación. Nada. Se había acabado la función. Bajé luego el peldaño y quise bordear la casa. Entonces, se escuchó un claro “¿qué has venido a hacer aquí? Una voz quebrada pero de sonoridad regular y continua. Esa voz era casi una arcada en sí. Por lo pronto, contesté: “No sé, entré porque me gustó el lugar”. Me mantuve en actitud de espera un largo rato. No sé si fue un minuto o cinco. Después, sonó una alarma y tuve que abandonar a mi pesar y definitivamente el sitio.
Pasaron dos semanas. Quedé con mi prima en el comedor del hotel donde me alojaba. Había venido para llevarme con ella a la casa en la que habíamos decidido pasar las vacaciones de febrero. Era la gran casa familiar, la de los abuelos y ahora la de los tíos. Estos, hacía tiempo que no la pisaban. Supuestamente, la teníamos para nosotras. Cuando ella me subía en su coche, el camino, a la media hora, comenzó a sonarme de algo. “Es una casa que aparentemente resulta un palacio, pero que no deja de ser una “mansión indiana”. Efectivamente, como todo hacía suponer, aparcamos justo ante los muros que presentaban la vegetación ocultadora. De nuevo, aquella casa. Yo no dije nada a mi prima, tan solo me limité a esperar el mismo resultado que el que recibí anteriormente. La dejé introducir la llave en la puerta. La ventana de la izquierda continuaba con los dos tablones sin poner. Como por mecanismo, la misma huesuda mano apareció de entre la negrura y se posó sobre la pantalla cristalina, dejando las huellas dactilares de recuerdo. Aquella cerradura solo servía para hacer dar vueltas a todo lo que se introducía en ella. Mi prima comenzó a ponerse nerviosa. Yo la indiqué la presencia que parecía defender al lugar. Al ver por fin el rostro, pareció reconocerlo y le gritó: “¡Abuela! ¿Qué haces aquí? ¡Ábrenos!” Pero la buena señora, con su mueca burlona, se limitó a contemplarnos como dos presas atrapadas en libertad. Su desmemoria se hacía perfectamente perceptible tras su pícaro carácter. Si esto fuese el Lazarillo de Tormes, ella sería el ciego. “¿Qué queréis? ¿Por qué entráis en mi casa? Fuera de aquí” Mi prima marcó el teléfono de los tíos: “Mamá, la abuela está en casa y no nos deja entrar.” La respuesta fue concisa: “Nosotros corrimos la misma suerte”.

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Puerta cerrada-puerta abierta

>> martes, 30 de marzo de 2010

video

Grabación y risas: Ignacio Huerta Bravo

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Lalo Schiffrin, piano - Xavier Cugat, dirección orquestal, interpretan "Cumana"

>> lunes, 29 de marzo de 2010

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DESCANSO

>> domingo, 28 de marzo de 2010

En la parada de autobús, sobre la una de la madrugada, pensaba sentado nuestro amigo sobre su patética existencia. Todavía con el gorro puesto de la licenciatura de carrera, su persona parecía caracterizada como con un plus crítico. Un pensador en la modernidad. Ni siquiera pensaba en lo extraño que podría estar, tan descontextualizado. Si acaso se rozó la mejilla izquierda con su mano-zarpa, tratando de confirmar su estúpida duda: ¿Tenía todavía carmín? De sus dedos se observaba una mancha derivada ya hacia el ocre, donde el pintalabios había ido perdiendo en sustratos temporales. “Me deja por una mancha de carmín. No deja de resultarme estúpido cuanto más lógico me resulta.” Estas y otras cosas pensaba cuando un señor guardia muy amable y con poco sueño le dijo: “por aquí ya no pasan autobuses. Búsquese la vida, pero de otra forma…” Entonces, nuestro licenciado solo puso levantarse, no sin antes tratar de convencer al otro para que se intercambiaran sus sombreros. No hubo suerte para esto tampoco. Comenzó a avanzar pensando en su ya-no-chica: “Fue bonito mientras duró, pero, al parecer, todavía no me conocías lo suficiente… ¡Una mancha de carmín! ¡Qué anticuada cosa!” Miró su reloj y le molestó mucho encontrarse uno digital, sin manillas ni nada… “¿Desde cuándo tengo esto?... ¿Insumergible? ¡Entonces, mucho más caro…!” Ya había decidido dejar de pensar cuando lo del reloj. No obstante, ni con esas podía tener un momento para no pensar. Una alarma criminal comenzó a sonar con insistencia. Después, una voz le decía: “¡Hora de levantarse-hora de levantarse!” Un simpático vecino con insomnio comenzó a arrojarle limones desde el balcón de un tercero. “Vaya, por lo menos este sombrero sirve para algo…” pensó mientras su cabeza era amortiguada por el recuerdo de su final como estudiante. “Y ahora ¿cómo voy a conocer a otra chica? Va a ser más difícil que ahora alguien me pida los apuntes… por lo majo que soy… por lo espontáneo y extrovertido… por mi planta clásica… Quizá haya sido por todo eso por lo que he fracasado… Pero ¿qué podía esperarse? Yo solo puedo ser así… Ahora ¡a vivir por mi cuenta!” Una leve llantina asomó por su cáscara facial… El cítrico, eso iba a ser… “¡Estupendo, ahora soy un universitario que llora!” En efecto, y a moco tendido. Era principio de primavera, y entre alergias y resfriados, su cara comenzaba a arrugarse como el del genuino fruto. Recordaba a su madre dándole la enhorabuena ya en las mesas de invitados. Su madre siempre se untaba bien los labios con un rojo intenso que la hacía más vieja. “Eso solo te remarca la edad, mamá… Debiste de dejarlo cuando lo decidiste con el tinte del pelo” El beso exacto en la mejilla esperable. “Mi novia me ha dejado por mi madre…” Entonces, vislumbró una silueta en la ventana de su casa. Ya había llegado. Era su madre, que le hizo señas para avisarle de que tardaría poco en freír los sanjacobos.

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ESPERANDO LA NEGATIVA

>> jueves, 25 de marzo de 2010

Ocurrió durante el baile benéfico. Las grandes señoras de la capital hablaban sentadas en corrillos entre mesas. Los hombres esperaban de pie, todavía con sus uniformes y sus galas. La guerra había acabado, pero ¡costaba tanto olvidarlo! Ninguno de ellos quería abandonar aquella sensación de amarga victoria. Se resistían a pensar que ahora comenzaba una nueva etapa. Es cierto que de los campos todavía brotaba humo, pero el futuro de un país no podía retrasarse más de los dos años que llevaba de contienda. La música de una orquesta superviviente tocaba ahora una especie de rodeo. Comenzó entonces el cortejo a beneficio de los pobres: pasillos de condecorados avanzaban con sus largas patillas y sombreros raídos hacia las damas perfumadas y señoreadas. De entre todos, surgió el coronel Spencer, que parecía tener muy claro su objetivo. Así se dejó caer frente a la mesa tercera (empezando por la izquierda) y la silla segunda (empezando por la derecha), ocupada por la honorable señorita Miles. Ella trataba de ser sonrojada por sus compañeras, que la alentaban ante su próspera futura pareja de baile. “Es el coronel, chica, no te lo pienses. Son suyos los graneros de todo el norte del condado” la decía una. Otra “tiene en su haber una media de dos conquistas cada tarde… ¡No lo dejes escapar!” Por supuesto, no había sino maldad en estas que decían ser sus íntimas. Cuando llegó el coronel a una distancia desde la que podíanse contar cada uno de los pelos de su barba, las celestinas cesaron su canto de sirenas envenenadas. “¿Quiere usted bailar conmigo este número?” La respuesta no se hizo esperar ni cinco segundos: “No”. El coronel trató de enderezar el spaghetti ya cocido: “¿Pero por qué, vamos a ver? ¡Es solo un baile, no voy a pedirla relaciones!” Entonces, ella le miró como nunca había penetrado en unos ojos (así de sinceramente): “Porque le falta a usted una pierna”. Como era de esperar en estas situaciones, hasta el músico sordo del banjo a casi cincuenta metros dejó de tocar. Silencio sepulcral ante esta calabaza tan evidente. Como todos le clavaban sus ojos, el bueno de Spencer trató de salir del paso con honor y orgullo americano: “Lo he perdido en efecto, pero con un fin bastante noble: para que gente como usted pudiese seguir sentándose de nuevo, tras dos años de incertidumbre, con su culo bien alimentado y seguir divirtiéndose al contestar a jovencitos como yo”. Tras esto, comenzó a demostrar con patéticas maniobras que, si se lo proponía era capaz de bailar hasta un tirolés. Todos se quedaron maravillados ante su fuerza de voluntad, que ocultaba casi la falta de una pierna. Había perfeccionado tanto su habilidad de camuflaje que algunos juraron ver hasta tres piernas. Maravilloso. Aplausos de aprobación. Hasta una anciana se apuntó a su ritmo y estilo desenfadado y saltó sobre sus brazos para ser cogida como una novia camino de la suite nupcial. El del banjo le tiró una armónica y, con la señora, sin una pierna y ahora con los brazos ocupados, comenzó a interpretar, cogiendo el instrumento con los dientes, el “¡Oh, Susana!” más bello que jamás se había oído. La señora Miles quiso cantar pero recibió un sonoro abucheo ante su intento. Los otros solterones la dieron de espaldas y prefirieron hablar con la pared antes que entablar cualquier tipo de conversación con esa mujer. Hasta sus amigas se cambiaron de mesa. Cuando la sala quedó vacía dos horas después, la pobre señora-sincera todavía permanecía perpleja ante todo aquella cadena solidaria tan increíble como injusta. El del banjo parecía que se acercaba para hablar con ella, pero lo que en realidad quería era la armónica, que se había caído bajo la mesa. Cuando levantó el faldón, observó que aquella mujer también tenía solo una pierna. Ella entonces le miró y le dijo: “La media naranja no existe”.

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"La hija de Juan Alba". Extracto de pelicula retocada a color por Basilio Martín Patino para "Canciones después de una guerra"

>> miércoles, 24 de marzo de 2010





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Enmascarado





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CARRUSEL

Conseguí engatusar a uno de los niños de aquella feria con un billete de cinco. Los dos salimos ganando: él quería un dinero para el pim-pan-pum y yo necesitaba volver a montar en carrusel sin sentirme ridículamente nostálgico. Allá que subimos como padre e hijo aprovechando uno de los descansos. Yo elegí un cerdito negro y él una taza gigante de te de las que giran en la redundancia del torno general. Mientras todos tomaban posiciones yo procuraba no pensar en los que desde fuera pudiesen mirarme. Los imaginaba ya difusos en rostros y colores dentro de esa visión reconciliadora que la velocidad imprime con sus leyes físicas. Era como aquellos libros que, avanzada la lección, comenzaban a no decir nada, mientras el lector aturdido continuaba pasando las páginas ya por mecánica. Filas de hormigas en lugar de letras. Pero, en todo aquel artesonado de colores impresionistas, hubo dos manchas negras que conseguían atraer la atención ante el panorama blanco general: parecían un padre y una madre en busca de su hijo. Unos padres que tuvieron que ser los que detuvieron su búsqueda en la taza donde mi cómplice se hallaba, cogiéndome la mano desde ella para no dar una nota (ahora desafinada). Me señalaban a mí, al desconocido de gabardina, corbata y bigote. Entonces traté de soltar al niño, pero este se encontraba hablando con una pipiola un tanto más mayor que él que no dejaba de darle coba. “¡Suéltame, niño del demonio de nombre desconocido!” pensaba barruntando tras los dientes. Se aproximaban ya aquellas manchas a las que no quedaba más remedio que describir en sus detalles, puesto que aquello no se movía (todavía). Una sirena ensordecedora anunció el comienzo del disparate. Una señora (la mujer del de las taquillas, se supone) había terminado de poner la última cadena y tuvo que enfrentarse con los que querían irrumpir en nuestro viaje para detenerlo. Argumentos tan pobres debía de tener la pobre mujer que el padre ya estaba atravesando con su pie (delgado, como la pata de un pollo) el coto vedado. Noté una sensación fría ¡era el helado que me estaba tomando, ya volcando sus bolas del cucurucho, ya derritiéndose sobre mi mano izquierda! ¿Cómo pude olvidar que estaba tomándome un helado? El de la taquilla le dio a la palanca y aquello por fin comenzó a recuperar su nombre: Tiovivo, carrusel… lo que fuera… ¡la cuestión es que se movía! Comencé a subir y a bajar sobre la loma del bicho, que enseñaba sus colmillos inferiores, a mi juicio, con desgana. El niño tuvo que soltarme por fuerza, pues mi brazo (salvado de la crema helada) no era de chicle y aquello daba más vueltas que un coche en un parking resbaladizo. Todo era tan bonito que solo podía pensar en el mal menor de allí fuera, en lo que podría esperarme una vez finalizada la farsa. Me bajé a la carrera de mi asiento y comencé a dar vueltas por el lugar para buscar donde esconderme. Una carroza rococó parecía presentarse como lo más idóneo para este fin. Llegué hasta ella pero el señor-dueño-marido de la taquilla salió para impedirme cualquier tontería mientas aquello funcionaba. Era como el eje del gran cilindro, de la batidora infanticida. Volví al dichoso cerdito, que comenzaba a molestarme por no ser rosa. ¡Yo no quería en realidad montarme sobre un pata negra! Cuando las cosas volvieron a tomar su posición inicial, yo me di cuenta de que no había disfrutado de aquella pillería, que había estado discutiendo con ese señor (y con el niño, que decidió que aquello era más interesante que hablar de nubes con la otra sujeta). Aproveché, por supuesto, para improvisar un guión y dárselo a aprender al huérfano postizo. Cuando por fin bajamos, yo aparenté toda la seriedad del mundo y me enfrenté cara a cara con las hidras del vástago. Mientras permanecía con la cabeza gacha, oía declamar aquella pequeña pieza teatral monologada por mi joven pupilo: “No hagáis nada a este señor, que ha tenido la deferencia de hacerme pasar un rato a cambio de poder él revivir momentos mágicos de su vida”. ¡Qué bien le salió! No parecía primerizo en la tarea, por lo que me sentí defraudado (esperaba que al menos me hubiese dicho que había hecho de oveja en el auto sacramental de su colegio por navidades). Yo había puesto mi confianza otorgándole algo de mi tan íntimo como la memoria, y él se regodeaba en el fraseo… lamentable. Finalmente, tan bien actuó que se ganó el convencimiento total del público. Se lo llevaron y entonces tuve que buscar una nueva víctima con la que volver a subir.

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Apuntes a tinta

>> martes, 23 de marzo de 2010




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EL ARQUITECTO INESTABLE

>> lunes, 22 de marzo de 2010

Esto es que se era un pueblo con nombre aún por determinar. Así era de joven, apenas sin permiso a decidir. La argamasa se conservaba fresca en cada una de sus edificaciones, el pavimento parecía pedir no pisarse y las farolas no se atrevían todavía a dar la luz total por creerse tímidas aún. Todavía, el señor de la espátula, que había ido con paciencia poniendo día a día cada uno de los ladrillos de la urbe, no e había marchado. Pero como si estuviera despidiéndose ya, golpeaba con el mango la última esquina de la muralla ya concluida. Encontrábase recogiendo los materiales, todavía esparcidos por el suelo, cuando le pareció vislumbrar una figura temerosa pegada tras el arco triunfal de la entrada al lugar. Su figura estilizada parecía competir con la columna más alta que sujetaba el frontón de piedra. Tan solo con haber mirado la inscripción que presentaba este triángulo demoledor, habría dado con la respuesta a sus interrogantes. “¿Quién se esconde ahí? ¡Da la cara ante un humilde trabajador!” Entonces,, aquel personaje que parecía mas asustado que quien pedía una meridiana claridad, surgió de su medio enigma con el punto de interrogación arriba (primera llave gramatical en comienzo de oración). Efectivamente, aquel punto discordante no era más que un extraño sombrero que parecía jugar al equilibrio sobre aquella cabeza avellanada. Vestía este individuo además una túnica al estilo griego y unas barbas como de la parte inferior de un pergamino. “¡Vaya, pero si es nuestro arquitecto! ¡Cómo no le reconocí! ¿Quiere tomar un poco de requesón? El se encuentra ya sobre nuestras cabezas… ¡Anímese!” No hubo respuesta, a pesar de que se conocían. El otro insistió: “¡Venga hombre, que ya es la hora del almuerzo, no me rehace el ofrecimiento!” Como no le quedaba otra que contestar o volver a difuminarse, eligió como individuo inteligente (su profesión lo requería) tratar de hablar. Y digo tratar, porque lo que salió de sus labios fue de intensidad menor que el sonido de un río a cinco kilómetros de allí. “¿Cómo dice? ¡No le entiendo! Hable más alto o acérquese…” La voz subió de tono: “… Bishbishbishbisheo”. Nada. Ante la cara de su “replicante” que comenzaba a perder la paciencia, trató de mejorar su comunicación. Ahora sí: “… No me atrevo a moverme de aquí…” Aquello parecía sin duda descabellado, mas alguna razón tendría. “Pero ¿cómo alguien que nos da sentido a nosotros, “ciudadanos”, no se atreve a dar un paso? ¡Usted que demuestra, con esos objetos sobre su cabeza, poseer unos cimientos más consistentes de los que construye, representa ahora esta actitud?” la respuesta fue todavía más inquietante: “Es que tengo miedo de salir y que luego no me dejen volver a entrar… ¡Siempre hacen lo mismo!”

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"Eros". Colección de collages


Pareja

Apolo y Dafne

Venus y Psique (Gracias, Elena)

San Sebastián

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Para la inspiración repentina, a falta de papel y boligrafo, buenos son los borradores de texto

>> domingo, 21 de marzo de 2010

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EL LIBRO DE ALICIA

Triste tarde fue aquella en la que me encontré- como siempre, husmeando- con una sorpresa desagradablemente inesperada: paseando por uno de los puestos de libros de El Rastro, observé un título de “Alicia en el País de las Maravillas” igualito al que yo había poseído hará casi un año. Y, digo esto, porque como casi todo lo que tenía en casa, fue desapareciendo por la mano ejecutora de mi padrastro. El genial John Tenniel con sus ilustraciones hacía todavía más suculento el objeto. Me decidí a cogerlo y, en el momento del tacto fue como si sintiese las huellas digitales que dejé cuando entre mis manos lo tenía, cuando era de mi propiedad. En efecto, presentí enseguida que ese libro solo podía ser el que yo tuve (y no retuve). Fácilmente deductible, puesto que nuestra casa daba sobre esta plaza prácticamente. Lo abrí para cerciorarme de lo que ya estaba casi asegurado: El Ex - libris improvisado hablaba de mi nombre con la tinta corrida del bolígrafo. Traté de explicarle la situación al dependiente. Fue entonces cuando comprendí que quien ya conocía de otras veces se había convertido en un extraño en aquel momento: no cedió ni un momento. “El precio es el que pone, si no lo tienes déjalo donde lo cogiste”. Esta situación inconcebible volví a sentirla tiempo después, cuando con mi compañero de confidencias se comportó de la misma forma conmigo que con un desquiciado mental que nos asedió en mitad de la calle. “Los mismos gestos para él que para mí”. Ciertamente me daba la razón como a los locos.
Con un gesto irreverente me despedí, no sin llevarme por debajo el libro. La distracción del insulto simbólico me permitió actuar con rapidez y salir corriendo no con menos velocidad. Corría y sonaban en mí todos los tambores del ejército, como en la batalla contra los franceses de “El Sitio de Zaragoza”. Todo mi cuerpo se agitaba ante maniobra tan justa como incomprendida. Llegué a olvidar las decisiones en el trazo de mi recorrido por las calles. Me metía por callejones como lagartija sin rabo. Llegué a una cuesta escalonada tan estrecha que podía perfectamente apoyarme en las paredes de las casas de los lados para subir con mayor efecto. Entonces, un personaje burlón apareció arriba de aquel camino. Iba vestido con antifaz, sombrero redondo y (picudo a la vez) y un traje a rombos que asustaba a la retina. Me detuvo en seco a unos pasos de él. Parecía querer impedirme el paso, con su cortante sonrisa que todo lo tapiaba. Traté de retroceder en mis pasos para llegar de nuevo abajo ante esta tajante finalización de mi camino. Pero, para entonces, un grupo de arlequines de la misma casta ya subía a por mi. ¿Sería carnaval? ¡Seguramente! Un carnaval a la luz de la tarde, ya casi cárdena, aquella que temían los que no eran románticos del todo. Esas figuras seguras afirmaban mi tambaleo, mi respiración de pescado sin agua. Unos pasos, entonces, dados de más, acercaron a uno de los interfectos hacia mí. Se descubrió el rostro y comprobé su conocida identidad: era mi padrastro. Me tomó de la mano como para quitar hierro al asunto y me sacó de allí tratando de hacer esfumar todo esto de mi desventura. Cuando llegamos a casa, tomó el libro y volvió a colocarlo en la estantería, ahora vacía, de mi cuarto. Solo un volumen en el lugar de mi antigua colección de rarezas. Odio a mi padrastro.

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Retrato de Koral

>> sábado, 20 de marzo de 2010



Lápices de colores sobre papel Silverio

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Gitaneando (performing: "Saeta" de Machado) Foto cortesía de Alberto Junoy


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SILENCIO FRESQUITO

Todo fue tan divertido aquella noche que he tenido que cambiarlo hasta que no se parezca nada con lo que aquí se lee:
REPITO: Hay algún parecido con la realidad, pero en general es todo pura coincidencia

“¿De qué estamos hablando?” Recuerdo que pregunté esto con todo mi dolor. Estábamos en un lugar que llevaba por nombre dos opciones: O “El mesón del Rastro” o “El museo de las radios”. Las dos, en cualquier caso, de ser leídas rápidamente, parecían la misma. Ahí nos habíamos escondido todos. “El primer bar a la derecha que encontráramos”. Así sucedió. La calle de Santa Ana. Después de una exposición de grabados de compañeros de la facultad, se presentaba aquel lugar agradable para aquellas horas en las que tomar algo para no cenar. Parecíamos todos los mismos y, sin embargo, cada vez nos conocíamos menos. La gente no se preocupaba de mantener un orden en sus conversaciones, de establecer una prioridad coherente para un espectáculo de masas. Lo único en lo que habíamos estado de acuerdo había sido en lo de reunirnos en torno a un círculo de taburetes de dimensiones dignas de un motel del pueblo de Pulgarcito. Nos sirvieron puré de verdura en vasos. Todo muy raro. Alguno ya comenzaba a quejarse de la espalda cuando tenía que agacharse a por su bebida indigesta. Lo cierto es que veníamos ya saturados del resto del día (un jueves pesado, casi un miércoles de ceniza) y poca hambre teníamos. Pero hablábamos y cada vez peor. No se nos entendía porque quizá no queríamos comunicarnos. Pero hablábamos aún así. Era totalmente incoherente. “Renunció” y “reunión” son dos palabras que también suenan igual. Tanto nos habíamos abstraído (abstraído también se parece a “hasta ahí nos hemos ido”) que yo entonces tuve que preguntar aquello. Nadie supo responderme (o quizá nadie me oyó). “¿Por qué no podemos hablar de cosas que conocemos todos? Por ejemplo: La Plaza Mayor. Todo el mundo la conoce y, ni aún con esas conseguimos un cuorum”. Ante la estulticia de un ambiente tan pesado, comencé a escuchar el sonido de una radio. Sin embargo, no conseguía advertir de dónde provenía, a pesar de encontrarnos rodeados de todo tipo de radios colgadas en este “museo de radios”. Comencé a reírme al dar con la solución: “Del aparato de aire acondicionado, de ahí proviene la voz”. Lo tenía justo detrás y solo la idea de juntar la voz de aquel periodista deportivo con la de estos aparatos silenciosos (así los presentan en los anuncios) provocó en mi este chorro de aire frío como guasón sin cable adonde conectarme. Entonces, todos callaron a la vez y comenzaron a señalarme. “Tiene futuro este canalla” dijo una señora que salía de uno de los lavabos, de puerta verde (que, indudablemente, quería decir “servicio de señoras” ¡odio a los sinestésicos iletrados!) Yo no podía deja de reírme, de llorar. La señora me dio unas palmaditas con su ala de ganso desplumada. Cuando todo volvió a la normalidad y volviéronse a oír charlas tan monocordes como las de los aparatos sin sonido colgados (mejor que sonaran como fresquito hacían los aparatos acondicionados en invierno), ingerí aquel pegote verde y continué haciendo como que lo masticaba (casi hasta hacerlo caldo) la hora y pico que quedaba hasta que nos despedimos.

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Dábale arroz a la zorra el abad

Quizá otro palíndromo peligroso era aquel con el que me tenía que enfrentar todas las tardes después de comer, puesto que no era capaz de echarme la siesta: Más bien era la siesta la que me echaba a mí.

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AQUELLOS FALSOS LUGARES

Cuando entró en la casa aquel viernes por la tarde, no fue capaz de llegar a su dormitorio. Sus padres se encontraban fuera y él ya tenía veintiún años. Estaba solo ante aquella pequeña inmensidad interior. Todas las habitaciones, salvo la suya, le parecían nuevas, completamente vírgenes. Eran zonas a las que guardaba respeto, casi como si fuesen estancias de un museo. Por ejemplo, el salón: nada lo había perturbado desde que terminaron de arreglarlo cuando llegaron allí de la anterior casa. Ya casi diez años. ¡Quién lo diría! Tan solo el tiempo la había marchitado con las grietas. El color, claro, se había desvaído en las paredes. Pero ¡nada! Ni siquiera el quemado de un cigarrillo había alterado un sofá. Incluso sus padres se habían preocupado de vivir allí sin estar cómodos realmente… En esa confianza que permite cometer errores como el de quedarse dormido mientras se fuma. Gracias a dios. Él respetaba todo aquello, por ello le habían enseñado: incluso cuando escribía sobre la mesa del comedor, siempre había alguien para ponerle bajo el papel un protector que impidiese cualquier incisión o huella en la madera. Él no era él cuando estaba allí, comenzando por la ropa oficial del colegio, bien en uniforme o en chándal deportivo (dependía esto del día que fuese). Las mañanas de pijama no habían pasado por allí. Mirar en cambio dentro de su habitación le causaba un profundo trauma: allí se habían forjado las peores experiencias: peleas entre amigos, besos frustrados, sueños terribles, sudores, malos olores depurados en el baño (otro lugar maldito)… Todo aquello que conformaba la historia de su vida. Todo lo que había sido su todavía no vida. A lo mejor ya habían sucedido los momentos más trascendentales, pero él los detestaba a todos ellos por igual. Siempre pensaba en levantarse a la mañana siguiente aspirando a un día nuevo en su vida futura mejorable. Esto por supuesto nunca se daría. Eran necesarias las transiciones lentas (de ahí lo de Zamora, que no se tomó en una hora). Para los hechos rápidos y en el momento tenía ya bastante con los despertares (también transitivos) entre las pesadillas- que eran más que los sueños- y la confrontación con la verdadera realidad: trabajar y trabajar (no había otra) sin esperar nada por ello. Las cosas te encuentran y, siendo sinceros, muchas veces se arrepienten o se confunden con las personas con las que dan. Como zarpas de murciélago: inesperadas visitas en la cueva de Montesinos ¿no? Eso podría ser. Tú te entrometes entre sus ondas acústicas y contigo van a chocar.
Pues eso: cuando entró en su casa pensó en volver a salir ¡pero lo cierto es que hasta esto se supera! Cogió la bayeta de la cocina y comenzó a frotar todas aquellas manchas pegajosas que le impedían seguir su camino por los pasillos.

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Riefenstahl + Val del Omar. Pieza audiovisual de Javier Ramírez Serrano

>> viernes, 19 de marzo de 2010

Cinegraphie au musée Granet from Javier Ramírez Serrano on Vimeo.

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Microesperpento en el Reina Sofía.

>> lunes, 15 de marzo de 2010

Realizado por Elena Grande Vicente, Ignacio Huerta Bravo y Javier Mateo Hidalgo para la asignatura de "Idea y Concepto de Pintura"


Una tarde de domingo, en un antiguo hospital reconvertido en museo nacional y centro de arte a su vez (bajo el nombre de nuestra queridísima reina), se vislumbró una sombra torpe e inocente proyectada en una de las galerías blancas que conformaban el laberinto artístico del siglo XXI español. Este espectro que pujaba por desaparecer de su oscuridad tenía un nombre común y vigulgar(1): Matilde. Su profesión: limpiar lo que otros manchan. Era de complexión fuerte, robusta, como el mejor de los robles. No había una mejor. Sus pasos, sin embago(2), dubitaban en el microespacio reinasofiesco(3), con pasos de tortuga aventajados. Era la más veloz en su tarea. No se sorprendió, cuando cruzando el umbral transitivo entre las ardoras fisiológicas(4) (producto del paso de lo sagrado a lo profano-la vida, claro es) descubrió la reinserción de un ojeto(5) mundano hecho noble. ¡Qué bien olía sin embargo aquella estancia! De pronto, se escuchó un ruido en una de las habitaciones de desahogo contiguas (6). “¿Quién anda ahí? Preguntó el gato al ratón. El pequeño mamífero, no contestó. “Si eres valiente, enséñame la colita” Ni un ruido más alto que otro. “Voy a entraaaar” dijo la mujer. El ratón dijo “he sido yo, si eso querías saber... Mas, no pienso darme a conocer” Entonces, abrumada por aquella insolente contestación, solo pudo girar el pomo (manchado con un ligero resto de pintura dorada) y abrir bien los ojos: Un individuo con cabeza capilarizada monil-perruna-tunantada y criticizada(7) salió impulsivamente y gritó echando babas: “¡Pienso dar parte de esto al gran practicante!” “¡Vaya, una cabeza de sandía que habla!” contestó nuestra querida Matilde, que se andaba ajustando la faja. Entonces, el chivo expiatorio de todo esto, trató de salir indemne cruzando lo fregado y “¡zas!” Resbaló como la pieza más frágil del ajedrez. Se levanto elegantemente y le tendió a la buena de Matilde la trampa de la criticización. “¡Toma, es un dossier explicativo de la obra! Para cuando quieras limpiarla, ya habrán subido dos de mis compañeros de la producción de criticidad”(8). Entonces comenzó a reírse maquiavélicamente como M.A.(9) Mati, le cogió por el cuello de la solapa y le dijo “De persona a persona ¡tú eres un gamberro!” Y le zarandeó hasta hacerle perder el conocimiento de quién era (de su máscara alcanforada). De arriba sonaron pasos (eran otros replicantes que obedecían al gato egipcio) ”¡Por fin ha llegado el Gran Practicante, el látigo de los eurocentristas!” Ella siguió en sus trece: “Pues pienso limpiar todo esto... ¡Y límpiate la boca con jabón, descastado!” Los pasos anunciaron su llegada. Su silueta recortada sobre un fondo neutro penetró en el baño. “Echo siempre de menos los clarines y timbales en mis paseos vespertinos. ¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? ¡Un simulacro! Espero que las cámaras estén grabando este momento decisivo nacional para nuestro centro museo Sofía arte...” Entonces, el individuo con cabeza capilarizada monil-perruna-tunantada y criticizada tomó la palabra poniendo el puño en el urinario: “¡Esto NO es un simulacro, y mucho menos una obra de arte! ¡Esto es un trabajo de limpieza!” “Tú que sabrás de limpieza!” dijo Mati-difusa. “¡Moriréis todos criticizados!¡Llamada a las A.G.C.C.!”(10) Matilde prosiguió su acoso y derribo: “¡Tu eres el perfecto muñeco de ventrílocuo que toda madre quisiera tener en su casa los domingos!” Entonces el Gran Practicante alzó sus alzas y esputó(11): “¡Aquí el único que produce microrrelatos soy yo!” “¡Y aquí quien limpia sus ocurrencias soy yo!” dijo Matilde al Gran Practicante. “Bueno, callaros todos. Creo que me subestimáis. Lo que importa no es la obra sino la acción, ingenuos. Esto necesita un empujón. Basta de rancias formaciones simbólicas, hay que hacer uso del instrumental analítico añadido, hay que echar mano, lo tenemos ahí...” “Ahora saco la fregona, claro que sí”, dijo Matilde, enarbolando su espada contemporánea. El Pequeño Gran Practicante dijo “Estáis aplicando retóricas de la resistencia, dejad el trabajo a los sabios catalogadores elegidos bajo el Códigos de las buenas prácticas. Éstos abrirán paso a una nueva era que aún desconocéis; adquiriendo, recontextualizando, adquiriendo...” Una voz interrumpió profiriendo: “¡Y la vida...!” Unas sombras desiguales bailando desaforadas aparecieron siguiendo unos pasos de claqué. Mancharon lo fregado, por supuesto, en su entrada triunfal. Un Papá Noël gritó desde la ventana “¿Y qué pasa con Manuel Benedito Vives?” Pero la coreografía distraía de vecinos impertinentes. Cuando terminaron la danza diabólica de los siete velos, sus pies cansados reposaron en los baldosines para terminar diciendo: “¡A las carboneras, a las carboneras!” Y macharon sin que nadie les siguiera. Si acaso, algún pitido estridente les despidió. Al no sentirse ya observados abandonaron sus poses de arrogantes y cabizbajos escarbaron el petróleo de sus fosas nasales para tomárselo con gusto. Aprovechó este intervalo de silencio para tomar la palabra el individuo con cabeza capilarizada monil-perruna-tunantada y criticizada: “Hay que aprovechar lo que se relega a la eternizada y estanqueizada mauselización que a su vez se intenta ocultar con argumentos de facilismo precario. Dejad de adquirir y aprended a valorar lo que tenéis.”Mientras este exapruptar... estanqueiz... narratividad y reyes magos(12) Matilde había terminado de limpiar el urinario, devolviéndole su aspecto original, eliminando todo atisbo de color oro. “¡Has afirmado a la obra en su borrado! ¡Maravilla grandiosa la que hoy contemplamos!” Con este marxismo latente que se acababa de materializar (o desmaterializar) la obra nunca realizada fue llevada por el propio Gran Practicante hasta la mejor de las salas, donde recibió pedestal o sepultura.

(1) Fallo gutural opio del pueblo vulgar
(2) Enfermedad crónica del pueblo español con b
(3) De rufián
(4) Dolor intestinal producido durante los paseos de salonier
(5) Del ojo pequeño inferior
(6) Y continuas
(7) Descripción k-Breante
(8)Definición de compañero afectivo según la redundancia sofisticada
(9) Señor de negro
(10) Agencias generadoras de conocimiento y criticidad
(11) Espetar con fuerza
(12) La estanqueización narrativa a cargo del narrador ha llegado a su cota más alta. Verborrea diarreica.

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FERNANDO Y FULANITO

>> domingo, 14 de marzo de 2010

Fernando Garzón era vigilante de callejón. Su trabajo, lo tenía debajo de casa. No tenía pérdida, podía vigilarlo desde la ventana del salón. No obstante, siempre había un momento para bajar la guardia y ser desafiado. La última vez que bajó se habían llevado uno de los tres farolillos que quedaban iluminando aquel pasaje sin salida. Trabajó afanosamente para reconstruirlo en su casa. Era de manos hábiles y de ojos camaleónicos, por lo que no tardó en sustituir la falta por algo que daba bastante el pego. Aquella noche soñó algo maravilloso: Se despertaba, desayunaba, se acicalaba en el baño y salía dispuesto a “vigilar”. No obstante, cuando iba a cruzar el umbral de la puerta de su casa se despertó. Esto le molestó en grado sumo, pues creía haber hecho todas esas cosas en ese nuevo día. ¡Al menos ya tenía los patrones a seguir para llegar hasta casi el portal! Meticulosamente los repitió tal y como los había soñado. Desayunó eso, se duchó de aquella otra manera y se puso la ropa exacta. Tampoco era fácil por otro lado, pues siempre desayunaba lo mismo, se duchaba mecánicamente y solo tenía un viejo gabán, una desteñida camisa y unos pantalones con cuerda en lugar de cinturón. Pero la cachiporra aquel día era de un color casi berenjena, a diferencia de otros que estaba casi verde. Al llegar al pie de la obra, descubrió una pintada que le sobrecogió: “Fulanito es tonto”. Es de esas pintadas que se hacen por molestar, pues es dudoso que el sujeto y el odio realmente existieran en quien la hizo. Un entretenimiento. “No está mal esta forma de divertirse… Lo cierto es que mientras el tiempo no nos mate hay que matarle a él” pensaba Fernando, mientras hacía girar su arma como los policías cómicos de las películas de Chaplin. Sin embargo, tardó en percatarse de un elemento casi arrinconado al final de aquel camino de tapias: una cartera. Llegó hasta el punto marrón (que, claro, se fue agrandando con la aproximación a él), lo cogió y lo abrió impúdicamente: Un documento de identidad que describía a un señor de fotomatón con el siguiente nombre: Fulanito… Fulanito… ¡Vaya, el apellido aparecía borrado por una mancha de mostaza corrosiva! “¿Con que existes?” Y debió de preguntarlo en voz alta, pues pronto recibió contestación. “En efecto, compadre”. Su acento mejicano le delataba (como mejicano, claro). Le cogió por el hombro con su mano pesada y cálida. Al girarse, descubrió su rostro fotográfico. “Verá manito, yo me odio tremendamente. Por eso escribo cosas contra mí”. El otro, tras enarcar las cejas cómicamente (tiempo le llevó) le reprochó: “¡Pero eso es absurdo! ¡Usted ya es mayorcito para llevarse bien consigo mismo!” Entonces, el mejicano Fulanito negó con la cabeza pacientemente: “¡Hay, señor… Precisamente esta acción de madurez dice mucho de mí…” Etonces, tratando de entablar un puente entre esto y otra cosa que tenía ganas de decir, Fernando le dijo: “Pues eso de pintar sobre una pared donde no se puede delata en usted cierta inmadurez también…” Entonces, el otro se echó a reír. “¿Pero no ve que es otra contradicción? ¿Qué somos sino negación a nuestras propias preguntas? ¡Disfrute de ser indeciso!” Fernando le colocó las esposas: “Le agradezco su filosofía, pero comprenderá que le tengo que llevar a jefatura… No se lo tome a mal, a mi me sirven todas estas cosas que dice”. Fulanito le sonrió con cariño y después escupió en el suelo. Cuando cruzaban una calle, Fernando se tropezó y del golpe se despertó sudando en la cama. “¡Vaya, qué rabia, ahora voy a tener que repetirlo todo mas esta detención! Agapito, ten paciencia, que hasta que baje hay para largo…”

14 – 3 - 10

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Maruja Garrido y Salvador Dalí: "¡Es mi hombre!"

>> viernes, 12 de marzo de 2010



Agradecimientos: Mr. Simpson

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EL CEPO

Podría catalogarse este cuento de histórico. El lugar, un pueblecito de la campiña inglesa, hará unos cien años. Los protagonistas, una familia de campesinos que trabajaban en su casita de campo, comenzadas ya las afueras. Curiosamente, aunque este dato nos resulte relevante, en ningún modo lo resulta, y es el nombre del hijo pequeño: Ludovico. ¿Por qué este nombre en un inglés? ¿Veis por qué ya va resultando esto un tanto interesante? Los nombres resultan imprescindibles para una cierta afectación del lector para con los personajes. De alguna forma, con esto se conforma un pilar de toda su arquitectura.
El hermano mayor (tan solo eran dos) se llamaba Orson, pero poco más podemos decir de él, pues abandonó el lugar idóneo en el que pasar los dieciocho años (recién cumplidos) para no volver a dar señales de vida. Los padres se sintieron defraudados con el vástago y, por si la cosa no estuviera ya bastante mal, realizaron una sustitución prematura para olvidar este hueco funcional familiar. Pusieron a Ludovico al frente de las ovejas, cuando este todavía iba a la escuela. Tenía doce años por entonces, cuando sustituyó los libros por el bastón y el zurrón. El maestro trató de convencer en vano a sus tutores legales: “¡Este chico promete, escribe redacciones muy imaginativas!” nadie supo, por supuesto, lo que esto significaba. Nada, por doquier que se mirase, podía hablar de literatura en aquel lugar. “Es un oficio poco práctico para los tiempos que corren…” decía ante todo la madre, a la que no se le pasaba por la cabeza que hubiera más mundo pasadas las fronteras conocidas diarias.
El niño aprendió el trabajo prodigiosamente rápido, pero no olvidaba llevar algún libro para repasar lo aprendido todos los días al campo. Allí que se sentaba, en lo alto de una colina, para tratar de dominar por el rabillo del ojo lo que pasaba más allá del americano Mark Twain.
Pronto, descubrió en el dormitorio que en otro tiempo compartió con el hermano (y que ahora tenía para él solo) una serie de manuscritos que deseaban ser una novela. ¡Su hermano parecía tener también aquella vocación que él había comenzado a heredar! Pero ¿por qué abandonó su empresa? Faltaba un último capítulo, un desenlace para todo aquello, dentro y fuera de aquellas cuartillas.
Una noche, bajó las escaleras con sigilo porque deseaba saber lo que sus padres nunca le contaban cuando estaba presente. En el comedor, el color y el calor rojo de la chimenea crepitaban entre las siluetas de Benjamin y Theodore:

Benjamin: Todavía recuerdo cuando el cartero trajo de la oreja a Orson y nos devolvió en mano aquel paquete que había querido llevar a una editorial sin nuestro permiso…
Theodore: ¿Tú crees que hicimos mal, marido?
Benjamin: ¡No, mujer! Él nos tendría que haber dicho algo ¿no? Está muy mal eso de ocultar las cosas a los padres…

Entonces, Ludovico asomó la jeta tras la puerta y rezongó:

Ludovico: ¡Pero si no le habríais dejado aún así! Yo así ando también y tenéis suerte de que siga con vosotros….

Los padres se exasperaron al oír tales insolentes palabras y le confinaron en el establo con un jergón y todo el olor animal para las noches largas de invierno.

Por si no fuese bastante, las ovejas comenzaron a menguar en número. Se hablaba de ciertos lobos que podrían merodear por las proximidades actuando con nocturnidad y alevosía. Ludovico, que no quería dormir a suelo raso por este problema también, decidió implantar su propia ley: con el dinero que se le asignaba para ir por comida al pueblo, consiguió reunir una cierta cantidad (descontándolo de sus propio caprichos) para comprar un colosal cepo que instalar estratégicamente en el camino por el que deberían de pasar las bestias antes de capturar las presas. No había otra forma de llegar hasta las ovejas, que parecían hasta temblar ante los ojos psicológicamente cansados del pobre chico. Un caminito de tierra salpicado por matojos llevaba hasta el vallado donde los animales se recogían al terminar el día. Entre las hierbas más altas colocó escondida la trampa el primer día de la semana que comenzaba (esperaba que sin una baja más). Así amaneció fue a ver si las ovejas seguían allí en su número de la víspera anterior o, para mejor noticia, si había sido capturado el problema. ¡Ya no vería más animales de su rebaño destripados en un rastro de carne que llegaba hasta el bosque! Se frotaba las manos. Palpóse en su indumentaria y echó en falta la escopeta (que había aprendido a manejar con más miedo que vergüenza en un tiempo también récord). Recordó que, quizá, mientras colocaba el artilugio la víspera, algo había sonado en el suelo, pero no llegó a dar mayor importancia (la oscuridad invitaba también a abandonar la empresa). Continuó andando hacia el lugar. Ya quedaba poco. Ahora confirmaría sus sospechas de una vez por todas y, si las cosas se ponían bien, podría hasta recuperar el favor perdido de sus padres. Les llevaría hasta allí con orgullo y les mostraría su hazaña. Pero, de pronto, quedó como congelado ante lo que se disponía a su vista. Efectivamente, allí había algo, pero no parecía un animal exactamente. Un cuerpo tumbado, ensangrentado. La escopeta, por fin, cercana a “aquello”. A medida que lo rodeaba, fue confirmando sus terribles sospechas: era un humano. Cuando vio su cara y reconoció al hermano, quiso morir por retroceder en el tiempo, aunque solo se tratase de unos segundos. El enorme cepo le había estrangulado la cintura y él, para evitar el sufrimiento, se había disparado sobre sí. ¡Él era el hambriento lobo! Imaginó su situación en apartado de la civilización, denostado por sus padres, su hermano y los vecinos que se enteraron de todo aquello. Para subsistir, no dudó entonces en ir a lo seguro y capturar aquello de lo que su familia vivía. Esto debía ser la historia.
Después de pensar bastante tiempo qué hacer, optó por ocultar lo sucedido a sus padres, con dolor, y enterrar el cuerpo, pues con esto se evitaba dos problemas: que dos personas más sufrieran y que le consideraran el “Caín” de su estirpe.
Enterró con el cuerpo la escopeta y compró una nueva. Parecía no querer recordar nada aunque poco pudo olvidar hasta el final de su vida. Esta historia no quiere hablar de nada trágico, pues y al fin y al cabo los cuentos, cuentos son. Tan solo remarcar el inestimable poder del azar.

12 – 3 - 10

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Retrato del maestro Antón García Abril

>> jueves, 11 de marzo de 2010


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Alfredo Hurtado "Pitusín" en la pelicula "El pilluelo de Madrid" de Florián Rey (1926)

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El pilluelo de Madrid

He aquí el texto recuperado de una canción desaparecida. Parece ser que la cantaba el padre de mi abuelo a la guitarra, y llegó a mi conocimiento, claro está, por el padre de mi padre. Lo he titulado, de momento, “El pilluelo de Madrid”, en referencia a una película también desaparecida (y creo que de por la misma época) de Florián Rey. Fue una alegría encontrarla manuscrita entre algunos papeles que mi abuela conservaba:

EL PILLLUELO DE MADRID

Soy pillo, muy pillo, tengo fama de tunante y de golfillo
Ni el jabón ni el estropajo ni el cepillo
Los conoce este chiquillo. Soy pillo, muy pillo…
Yo pernocto con frecuencia en un portal
desayuno con las sobras de un cuartel
luego marcho muy tranquilo al “Imparcial” (1)
y me cojo cuatro “manos” de papel
fumo puros con sortija (2) de ocasión
cigarrillos “vuelta abajo” emboquillaos
me paseo en la trasera de un simón (3)
y me envidian más de cuatro diputaos
Soy pillo, muy pillo (etc, etc)
Cuando vendo el “Hoja parra” y el “¡Ahí vá!”(4)
la ofrezco y les enseño unos grabaos
a esas niñas que van cursis con mamá
y me llaman sinvergüenza y descarao
Le voceo “España Nueva” y “El Motín” (5)
cuando veo a un sacerdote gordinflón
y le canto a un senador el “Garrotín”
y si sé que es diputao pues “El ladrón”.

(1) Periódico de la época
(2) Vítola
(3) Tranvía
(4) Periódicos de contenido “picarón”
(5) Periódicos de contenido progresista

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LO QUE QUEDA DE TI

>> martes, 9 de marzo de 2010

Vano reflejo de mi infancia
Apenas te conservo ya
Entre mis recuerdos más difusos

No soportaba su insolencia (pero me encantaba)
Debías de ser la típica actriz impasible
“Es mejor que no hable, es su mejor actuación”
Vivía en una catedral de luz
El hielo picado corta como el mejor cristal

Todo lo sabías
¿Qué hacías allí?
Te aburres de apoyar
la cabeza en la mano
¡Eras magnífica!

Así te recordaré siempre
Nunca tu mirada posada en la mía
Más intimidad para mí
Te observaba cuanto quería

Te observaba hacer y tú no me dejabas ver
-Nunca- el resultado de lo que hacías
-Nunca- te entendí
Pero creo, la verdad, que tampoco lo intenté
No quería hacerlo, entonces…
Solo sé que te quería a ti
Sin saber quién eras tú
Siempre detenida, sin conocerte…

13 – 4 - 10

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DESTARTALADA

>> lunes, 8 de marzo de 2010

La puerta se abrió con un viento desesperado. Penetraron rápidamente dos individuos anónimos a aquel lugar también extraño, con la fuerza con la que habían empujado el pomo. Las paredes rezumaban tiempos mejores, pero las grietas parecían haber estado siempre allí. Aquella casa, desde la entrada en el portal, resultaba incómoda y desapacible, pero no por ello se echaron atrás. Se dejaban llevar sin pensar en todo aquello, que desde luego apestaba. La puerta se cerró casi tan violentamente como golpeó contra la pared, con aquellas bisagras sacrificadas.
Había un tocadiscos que mostraba ferozmente su aguja para todo aquel que se acercara a él. No había tiempo para las cosas lúdicas. Pasaron hasta el fondo, ella siendo casi empujada por él. Sus piececitos recordaban los primeros pasos de un temeroso niño. La habitación final del rompecabezas estaba todavía más crucificada que las anteriores. A él le pareció notar un líquido viscoso donde tan solo había un papel apergaminado luchando por terminar de despegarse. Nada parecía querer estar allí. Ni siquiera ellos. Se desnudaron como si la luz estuviese apagada. Por fin, los cuerpos se posaron sobre aquel colchón que parecía lamentarse por los cuatro costados. Entonces él comenzó a pensar, justo en el peor momento. Entre las pocas cosas que quedaban en pie, había un retrato de la dueña del piso, con una cara que parecía mirar incluso con sus ojos cerrados. Él la veía perfectamente entonces apoyada contra la pared, mirando su pelo brillante. Quería leer, eso era todo. Nada más. “Qué pelo más bonito tienes” le decía. Él se apretaba contra ella, esperando recibir tan solo caricias amistosas. Ella se levantaba y hacía tras cosas por la casa mientras él arañaba las paredes como un invitado poco agradecido. Tenía ya sus manos recorriendo el jersey de aquella chica o niña casi ciega, que se retorcía como un animal malherido. Volvió a pensar, a recordar otros momentos. ¡Qué daño podía provocarle esta indiferencia, este “nos queremos pero no así” que siempre notó en su compañera. Ahora les dejaba ese piso (o esa habitación) para los dos. Era lo máximo que podía hacer, en esa actitud de entrega, en esa demostración de amor sincera y pura. Comenzó a quitarse él también algunas prendas. Adonde miraba parecía ver espectros, manchas de humedad que le retrotraían a otros tiempos. Parecía ir agarrotándose, sintiéndose incapaz de no poder hacer tampoco esto. Trató de fugar su mirada hacia la ventana, pero hasta la cortina que la cerraba de curiosos estaba hecha de una prenda conocida en ella. Era una sutil venganza elaborada a la perfección. O a lo mejor no, a lo mejor eran tontas teorías perfectamente coherentes con su cabeza enferma. Ella entonces le cogió de la cabeza y lo atrajo a sí: “Mírame, porque tengo ojos” le dijo. Él la miró, pero tramposamente, con las cartas marcadas de quien cree conocer ciertas jugadas. Se pasó de listo, pero ella lo toleró. “Ahora mírame a los labios” A lo mejor esta era una mejor manera. Se concentró en ellos pero no llegó a aterrizar sobre su carne. Gritó, le cogió de los pelos y en vano consiguió devolverle la razón. Era un puro loco, un desaprensivo, un torpe hiriente. Entonces, sonó la llave de la puerta. Unos pasos invitaron a la presencia a aproximarse hacia allí. Él no podía mirar, tuvo que apretar su cuerpo contra el de ella por no reconocer ni ser reconocido. Tampoco quiso oír pero de esto no tuvo más remedio. “Olvidaba la bufanda”. La mano traidora se hizo con la prenda y desapareció al revés que como hizo presencia. Sonó la puerta de nuevo, como un final terrible. Entonces él levantó los ojos medio húmedos y le preguntó con una inclinación de cabeza. “Era un hombre” recibió por respuesta.

8 – 3 – 10

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Apariencias (serie)

>> domingo, 7 de marzo de 2010


"Nada que esconder"

"Jack the Ripper"

"El mejor disfraz"

"Jugadores de cartas (mus)"

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A TÍ

>> jueves, 4 de marzo de 2010

Ecos de una vieja mandolina
Prometedoras canciones del pasado
alegres y virtuosas
Vibrantes cuerdas de resonante eco
Así roncamente me llegaba
una historia de conocido desconcierto

La escuchaba cada vez menos lejana
la clara explicación, la dulce letanía
Siempre dormido, desprovisto de atención sincera
sabía que por fin, su partitura llegaría.

Por fin puedo conocer el rostro de la guitarrista
La canción parecía terminada
Su cara y su sonrisa
rompieron el papel pautado
Pero, los dedos todavía se movían
en este concierto inacabado.


A la guitarrista
del “Romance anónimo”

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Der Rosenkavelier (1911) Waltz Sequence Nº 2. Richard Strauss (1864-1949)

Richard Strauss, autor prolífico de obras como "Así habló Zaratustra" o "Don Juan", se enfrenta aquí a la época vienesa de los valses. Su apellido, quede esto claro, nada tiene que ver con la saga de los famosos Strauss. Interpretación a cargo del director Kevin Rhodes.


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PAPELES TRANSLÚCIDOS. EL CARTERO CAZADOR

>> miércoles, 3 de marzo de 2010

Una idea original de Helena Grande Vicente y Javier Mateo Hidalgo

En un pueblecito de Italia, vivía un cartero llamado Nono. Nono detestaba su trabajo al tener que realizarlo casi por imposición, pues era el único cartero que quedaba en toda la comarca. Los habitantes del lugar veían en él a un ciudadano ejemplar y lo admiraban, pero a su vez no podían evitar encontrarle un lado oscuro. Nono parecía destilar odio para quienes le habían condenado a trabajar indefinidamente.
Un día, llegó allí, como turista, una austriaca a la que todos llamaban “Sisí”. Todos notaron en Nono un cambio de aptitud. Había limado su áspero carácter gracias a esta inesperada aparición. Sisí era un nombre que representaba la esperanza para el suyo, Nono. El cartero había hallado, por tanto, un símbolo de carácter lingüístico que podría representar el comienzo de una nueva vida mejor. Se sentía, de algún modo, ligado a esta persona.
Cuando definitivamente la extranjera anunció su definitivo establecimiento en el pueblo, Nono comenzó a esmerarse por entregarle antes el correo a ella que al resto de habitantes. Este gesto de gentileza le hacía madrugar dos horas antes de lo convenido por los estatutos, pues la situación de la casa de Sisí obligaba a Nono a realizar el recorrido de forma inversa a como anteriormente lo había estado realizando. Para llegar a este primer destino al que había dado preferencia por encima de los otros, debía de atravesar todo el pueblo, pasar por las demás casas, para después retroceder y volver a recorrerlas una a una, entregando el resto de cartas. Este gesto sentó muy mal a los habitantes del lugar, que se sentían de algún modo discriminados.
Al poco tiempo, un joven de buen tipo llegó para encargarse de unas fábricas de su abuelo paterno, cerca del río. Esta herencia resultó un castigo divino para el bueno de Nono, que hizo volver a mutar su conducta (esta vez en pos de intereses bastante primitivos). La razón: el adinerado jovencito llamaba a Nono cuando le oía pasar por el camino de su casa y le daba estrictas órdenes de entregar en mano “a la señorita austriaca” unas cartas envueltas en cordel rosa. Nono, al principio, cambiaba las cuerdas por cintas, para mejorar su apariencia. Luego, acabó por percatarse de que con esto solo conseguía convertirse en Celestina, haciéndose competencia a sí mismo. Entonces llegaron las profanaciones: abría una sí y otra también todas las cartas y las leía detenidamente, descubriendo con ira unos sentimientos pedantes y pegajosos (en total, falsos) hacia su querida Sisí por parte de este petimetre.
Así pues, llegó a aprenderse la caligrafía del individuo, y llegando a perfeccionar su conocimiento comenzó a falsificarlas, por usurpar la personalidad del otro. Su intención no era otra que conseguir que Sisí acabara odiando a este nuevo aspirante a su amor. Confiaba, además, que acabara fijándose en él, creyendo vanamente que era el único que podría hacerla feliz.
Lo cierto es que ni ese joven era tan aborrecible ni Nono tenía tan claros sus conceptos respecto a la personalidad femenina. Ella verdaderamente quería a este gigoló, y nada podía hacerse por evitar diferencia tan abismal entre uno y otro pretendiente. De hecho, en ningún momento supo ella de las intenciones del cartero, de sus pretensiones como pretendiente.
Todo fue cuestión de días para descubrirse. Mientras el vengativo cartero repartía, ella se encontraba con el futuro director de las fábricas y, juntos, consolidaban la relación.
El cartero, más temprano que tarde, llegó a la conclusión de que sus intentos pacíficos por resolver aquello que creía como injusto habían fracasado. Por ello, lo más inteligente que se le ocurrió fue preparar una venganza de polvos venenosos en forma de “envío urgente”. El tercero en discordia cayó pajarito en menos que canta un gallo. Ella le descubrió tendido en el suelo, con el sobre embadurnado del óxido verde que comenzaba a cubrir la mano que lo sujetaba.
La vendetta fue mucho más astuta, digna de un maquiavélico justo de la antigüedad: Sisí citó al cartero a la puerta de su casa, ante la valla del jardín. Nono acudió presuroso, con unas intenciones que pedían a gritos ser escuchadas en sus ojos. Ella le tomó teatralmente de las manos y comenzó a susurrarle una nana. Inmediatamente, de cuatro puntos distintos, surgieron cuatro carteros de cuatro pueblos vecinos que habían sido también citados previamente por ella (y con una hora de antelación). Les expuso la situación mediante carta (unas cartas que directamente introdujo en buzón) por medio de convincentes argumentos: “Vuestra profesión está siendo denigrada por este secuestrador de palabras”.
A cada uno se le asignó un puñal y un seto tras el que esconderse en el jardín. Así esperaron cautos y vengativos. Cuando Nono se encontraba embebido por aquella canción tan dulce, Sisí hizo un gesto para darles la entrada y surgieron como senadores romanos dispuestos a poner orden en su Estado. Uno tras otro, hendieron sus puñales en las carnes duras y secas del cartero, que acabó en un suelo de sangre. El tiempo jugaba en su contra, pero todavía guardaba la esperanza de poder escuchar el final de la enigmática canción infantil.

4 – 3 – 10

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EL HUEVO ROTO

>> martes, 2 de marzo de 2010

Encuentro molesto esto de pensar ideas desde el anonimato. A alguien que presume de celebridad acaban ocurriéndoselas tarde o temprano e inevitablemente (a pesar de que hay más desconocidos que conocidos) y, entonces, yo pierdo en calidad -aunque siempre abunda la cantidad, la insistencia, la tozudez, la cabezonería. Encuentro, por ejemplo, esta forma de conseguir las cosas por repetición en una historia reciente: convencido de mi propósito, acepto a esperar a una compañera día tras día en la cafetería a las horas más impensables, con el objeto de conseguir un encuentro de azares. Cinco meses después, la escribo (al no acertar ni una de estas veces) comentándola esta frustración. Ella me responde que mi empresa resultaba inevitable que hiciese aguas puesto que ella llevaba esos mismos cinco meses en Italia. Entonces, la contesto que, aún así, seguiré esperándola. Puede resultar absurdo, pero es lo cierto. Y si lo cierto es absurdo, esto ya es problema mío.
¿Qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? Inevitablemente, los hay peores que yo que se condenan a contestar “el huevo, está claro”. Bueno, pues a esto yo digo: ¿qué importan el influjo de la yema y la clara mientras están dentro? ¡A mi me interesa lo que puede pasar fuera!: Punto uno, ¿La gallina puso el huevo para después echarse a andar y convertirse en pasto de un asado o, por el contrario (y este es el punto dos) el huevo y la clara combinaron bien con unas patatas con jamón? Bueno, pues en el caso del futro plausible frente al futuro sin remedio escribo de este modo, como solo puede hacerse en casos extremos (es decir, todos los casos de todos los tipos de escritores): para sofocar lo rutinario. Se me acusa de tergiversar el lenguaje, de corromperlo y pervertirlo. De acuerdo, pero como ya digo, lo hago con un fin animoso, para pensar en un escrito siguiente.
Así con las obras sucederá lo mismo: ¿Por qué nos empeñamos constantemente en atemporalizar un testigo de un tiempo concreto? Para indultarlo de su caducidad. No hay otra respuesta posible. Si bien, pongamos por ejemplo, la “pipa” de Magritte es testigo de un tiempo en el que el lenguaje estaba en entredicho, la apropiación de Broodthaers es una muestra de la renovación en pos de la misma idea, del mismo conducto, de la coherencia intocable para la que se concibió. Foucault escribe con estas sus palabras sobre un dibujo y no sobre un cuadro de pipa de Magritte. Lo importante es la idea, no ya concretamente la propuesta inicial.
Baladí-baladá-baladím-bom-bá…
No obstante, hay quien se empeña en encerrar a estas obras dentro de un contexto diferente como es el de los museos. Ciertas personas en el terreno artístico deberían irse para dejar paso a otros más inútiles (no nos engañemos). Una profesora a la que yo previamente conocía, me dijo “es que tal persona es esteta”. Yo entonces- como ya digo, esperando una respuesta favorable a lo que iba a decir de lo que yo iba a soltar en ese momento- dije: “como si es de Cuenca…” Y efectivamente, el caballero en cuestión era de Cuenca. ¡No digo que hay algo de brujería en lo que concibo, que se me adelantan!
¿Alguien sabía que “Las Meninas” es un título relativamente reciente en el Cuadro de Velázquez? Claro, ya digo, renovación. Antes, su título sería explicativo, más o menos así: “Retrato de las infantas en una de las cámaras de palacio con el propio pintor realizando el cuadro que ahora estamos viendo, teniendo detrás a los reyes que no sabemos si observan tras un espejo o están reflejados en otro espejo- bueno, esto no- o tal vez retratados en otro lienzo, mientras un caballero embozado en un traje de luto abre o cierra la puerta, creando un punto de fuga (porque se escapa de la habitación). Conclusión: “Las Meninas” con “M” mayúscula y no minúscula.
Pero hablemos de los huevos de Broodthaers… mejor dicho, con las cáscaras (de polluelos o de huevos a cocinar). De nuevo el enigma del mundo… No me interesa de momento. Prefiero relatar todos los problemas que nos llevan a no poder criticar a un espontáneo (con premio Turner, por ejemplo) que renueve el concepto Broodthaers retitulando todas aquellas cáscaras esparcidas por todos sitios de esta manera: “Primera tortilla de un soltero” Anónimo y técnica mixta. ¿Por qué no podemos rebelarnos? La respuesta es bien sencilla. Porque ha habido tantas generaciones de tantos artistas que han “pervertido” su lenguaje que ya resulta imposible poner estas puertas al campo. ¡Y más si el artista ha sido vanagloriado con reconocimiento social!
Por todo esto, “me importa un huevo” lo que pueda decirse de este anárquico texto.
2 – 3 - 10

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