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AQUELLOS FALSOS LUGARES

>> sábado, 20 de marzo de 2010

Cuando entró en la casa aquel viernes por la tarde, no fue capaz de llegar a su dormitorio. Sus padres se encontraban fuera y él ya tenía veintiún años. Estaba solo ante aquella pequeña inmensidad interior. Todas las habitaciones, salvo la suya, le parecían nuevas, completamente vírgenes. Eran zonas a las que guardaba respeto, casi como si fuesen estancias de un museo. Por ejemplo, el salón: nada lo había perturbado desde que terminaron de arreglarlo cuando llegaron allí de la anterior casa. Ya casi diez años. ¡Quién lo diría! Tan solo el tiempo la había marchitado con las grietas. El color, claro, se había desvaído en las paredes. Pero ¡nada! Ni siquiera el quemado de un cigarrillo había alterado un sofá. Incluso sus padres se habían preocupado de vivir allí sin estar cómodos realmente… En esa confianza que permite cometer errores como el de quedarse dormido mientras se fuma. Gracias a dios. Él respetaba todo aquello, por ello le habían enseñado: incluso cuando escribía sobre la mesa del comedor, siempre había alguien para ponerle bajo el papel un protector que impidiese cualquier incisión o huella en la madera. Él no era él cuando estaba allí, comenzando por la ropa oficial del colegio, bien en uniforme o en chándal deportivo (dependía esto del día que fuese). Las mañanas de pijama no habían pasado por allí. Mirar en cambio dentro de su habitación le causaba un profundo trauma: allí se habían forjado las peores experiencias: peleas entre amigos, besos frustrados, sueños terribles, sudores, malos olores depurados en el baño (otro lugar maldito)… Todo aquello que conformaba la historia de su vida. Todo lo que había sido su todavía no vida. A lo mejor ya habían sucedido los momentos más trascendentales, pero él los detestaba a todos ellos por igual. Siempre pensaba en levantarse a la mañana siguiente aspirando a un día nuevo en su vida futura mejorable. Esto por supuesto nunca se daría. Eran necesarias las transiciones lentas (de ahí lo de Zamora, que no se tomó en una hora). Para los hechos rápidos y en el momento tenía ya bastante con los despertares (también transitivos) entre las pesadillas- que eran más que los sueños- y la confrontación con la verdadera realidad: trabajar y trabajar (no había otra) sin esperar nada por ello. Las cosas te encuentran y, siendo sinceros, muchas veces se arrepienten o se confunden con las personas con las que dan. Como zarpas de murciélago: inesperadas visitas en la cueva de Montesinos ¿no? Eso podría ser. Tú te entrometes entre sus ondas acústicas y contigo van a chocar.
Pues eso: cuando entró en su casa pensó en volver a salir ¡pero lo cierto es que hasta esto se supera! Cogió la bayeta de la cocina y comenzó a frotar todas aquellas manchas pegajosas que le impedían seguir su camino por los pasillos.

20 – 3 – 10

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