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CARRUSEL

>> miércoles, 24 de marzo de 2010

Conseguí engatusar a uno de los niños de aquella feria con un billete de cinco. Los dos salimos ganando: él quería un dinero para el pim-pan-pum y yo necesitaba volver a montar en carrusel sin sentirme ridículamente nostálgico. Allá que subimos como padre e hijo aprovechando uno de los descansos. Yo elegí un cerdito negro y él una taza gigante de te de las que giran en la redundancia del torno general. Mientras todos tomaban posiciones yo procuraba no pensar en los que desde fuera pudiesen mirarme. Los imaginaba ya difusos en rostros y colores dentro de esa visión reconciliadora que la velocidad imprime con sus leyes físicas. Era como aquellos libros que, avanzada la lección, comenzaban a no decir nada, mientras el lector aturdido continuaba pasando las páginas ya por mecánica. Filas de hormigas en lugar de letras. Pero, en todo aquel artesonado de colores impresionistas, hubo dos manchas negras que conseguían atraer la atención ante el panorama blanco general: parecían un padre y una madre en busca de su hijo. Unos padres que tuvieron que ser los que detuvieron su búsqueda en la taza donde mi cómplice se hallaba, cogiéndome la mano desde ella para no dar una nota (ahora desafinada). Me señalaban a mí, al desconocido de gabardina, corbata y bigote. Entonces traté de soltar al niño, pero este se encontraba hablando con una pipiola un tanto más mayor que él que no dejaba de darle coba. “¡Suéltame, niño del demonio de nombre desconocido!” pensaba barruntando tras los dientes. Se aproximaban ya aquellas manchas a las que no quedaba más remedio que describir en sus detalles, puesto que aquello no se movía (todavía). Una sirena ensordecedora anunció el comienzo del disparate. Una señora (la mujer del de las taquillas, se supone) había terminado de poner la última cadena y tuvo que enfrentarse con los que querían irrumpir en nuestro viaje para detenerlo. Argumentos tan pobres debía de tener la pobre mujer que el padre ya estaba atravesando con su pie (delgado, como la pata de un pollo) el coto vedado. Noté una sensación fría ¡era el helado que me estaba tomando, ya volcando sus bolas del cucurucho, ya derritiéndose sobre mi mano izquierda! ¿Cómo pude olvidar que estaba tomándome un helado? El de la taquilla le dio a la palanca y aquello por fin comenzó a recuperar su nombre: Tiovivo, carrusel… lo que fuera… ¡la cuestión es que se movía! Comencé a subir y a bajar sobre la loma del bicho, que enseñaba sus colmillos inferiores, a mi juicio, con desgana. El niño tuvo que soltarme por fuerza, pues mi brazo (salvado de la crema helada) no era de chicle y aquello daba más vueltas que un coche en un parking resbaladizo. Todo era tan bonito que solo podía pensar en el mal menor de allí fuera, en lo que podría esperarme una vez finalizada la farsa. Me bajé a la carrera de mi asiento y comencé a dar vueltas por el lugar para buscar donde esconderme. Una carroza rococó parecía presentarse como lo más idóneo para este fin. Llegué hasta ella pero el señor-dueño-marido de la taquilla salió para impedirme cualquier tontería mientas aquello funcionaba. Era como el eje del gran cilindro, de la batidora infanticida. Volví al dichoso cerdito, que comenzaba a molestarme por no ser rosa. ¡Yo no quería en realidad montarme sobre un pata negra! Cuando las cosas volvieron a tomar su posición inicial, yo me di cuenta de que no había disfrutado de aquella pillería, que había estado discutiendo con ese señor (y con el niño, que decidió que aquello era más interesante que hablar de nubes con la otra sujeta). Aproveché, por supuesto, para improvisar un guión y dárselo a aprender al huérfano postizo. Cuando por fin bajamos, yo aparenté toda la seriedad del mundo y me enfrenté cara a cara con las hidras del vástago. Mientras permanecía con la cabeza gacha, oía declamar aquella pequeña pieza teatral monologada por mi joven pupilo: “No hagáis nada a este señor, que ha tenido la deferencia de hacerme pasar un rato a cambio de poder él revivir momentos mágicos de su vida”. ¡Qué bien le salió! No parecía primerizo en la tarea, por lo que me sentí defraudado (esperaba que al menos me hubiese dicho que había hecho de oveja en el auto sacramental de su colegio por navidades). Yo había puesto mi confianza otorgándole algo de mi tan íntimo como la memoria, y él se regodeaba en el fraseo… lamentable. Finalmente, tan bien actuó que se ganó el convencimiento total del público. Se lo llevaron y entonces tuve que buscar una nueva víctima con la que volver a subir.

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