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EL ARQUITECTO INESTABLE

>> lunes, 22 de marzo de 2010

Esto es que se era un pueblo con nombre aún por determinar. Así era de joven, apenas sin permiso a decidir. La argamasa se conservaba fresca en cada una de sus edificaciones, el pavimento parecía pedir no pisarse y las farolas no se atrevían todavía a dar la luz total por creerse tímidas aún. Todavía, el señor de la espátula, que había ido con paciencia poniendo día a día cada uno de los ladrillos de la urbe, no e había marchado. Pero como si estuviera despidiéndose ya, golpeaba con el mango la última esquina de la muralla ya concluida. Encontrábase recogiendo los materiales, todavía esparcidos por el suelo, cuando le pareció vislumbrar una figura temerosa pegada tras el arco triunfal de la entrada al lugar. Su figura estilizada parecía competir con la columna más alta que sujetaba el frontón de piedra. Tan solo con haber mirado la inscripción que presentaba este triángulo demoledor, habría dado con la respuesta a sus interrogantes. “¿Quién se esconde ahí? ¡Da la cara ante un humilde trabajador!” Entonces,, aquel personaje que parecía mas asustado que quien pedía una meridiana claridad, surgió de su medio enigma con el punto de interrogación arriba (primera llave gramatical en comienzo de oración). Efectivamente, aquel punto discordante no era más que un extraño sombrero que parecía jugar al equilibrio sobre aquella cabeza avellanada. Vestía este individuo además una túnica al estilo griego y unas barbas como de la parte inferior de un pergamino. “¡Vaya, pero si es nuestro arquitecto! ¡Cómo no le reconocí! ¿Quiere tomar un poco de requesón? El se encuentra ya sobre nuestras cabezas… ¡Anímese!” No hubo respuesta, a pesar de que se conocían. El otro insistió: “¡Venga hombre, que ya es la hora del almuerzo, no me rehace el ofrecimiento!” Como no le quedaba otra que contestar o volver a difuminarse, eligió como individuo inteligente (su profesión lo requería) tratar de hablar. Y digo tratar, porque lo que salió de sus labios fue de intensidad menor que el sonido de un río a cinco kilómetros de allí. “¿Cómo dice? ¡No le entiendo! Hable más alto o acérquese…” La voz subió de tono: “… Bishbishbishbisheo”. Nada. Ante la cara de su “replicante” que comenzaba a perder la paciencia, trató de mejorar su comunicación. Ahora sí: “… No me atrevo a moverme de aquí…” Aquello parecía sin duda descabellado, mas alguna razón tendría. “Pero ¿cómo alguien que nos da sentido a nosotros, “ciudadanos”, no se atreve a dar un paso? ¡Usted que demuestra, con esos objetos sobre su cabeza, poseer unos cimientos más consistentes de los que construye, representa ahora esta actitud?” la respuesta fue todavía más inquietante: “Es que tengo miedo de salir y que luego no me dejen volver a entrar… ¡Siempre hacen lo mismo!”

22 – 3 - 10

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