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EL CEPO

>> viernes, 12 de marzo de 2010

Podría catalogarse este cuento de histórico. El lugar, un pueblecito de la campiña inglesa, hará unos cien años. Los protagonistas, una familia de campesinos que trabajaban en su casita de campo, comenzadas ya las afueras. Curiosamente, aunque este dato nos resulte relevante, en ningún modo lo resulta, y es el nombre del hijo pequeño: Ludovico. ¿Por qué este nombre en un inglés? ¿Veis por qué ya va resultando esto un tanto interesante? Los nombres resultan imprescindibles para una cierta afectación del lector para con los personajes. De alguna forma, con esto se conforma un pilar de toda su arquitectura.
El hermano mayor (tan solo eran dos) se llamaba Orson, pero poco más podemos decir de él, pues abandonó el lugar idóneo en el que pasar los dieciocho años (recién cumplidos) para no volver a dar señales de vida. Los padres se sintieron defraudados con el vástago y, por si la cosa no estuviera ya bastante mal, realizaron una sustitución prematura para olvidar este hueco funcional familiar. Pusieron a Ludovico al frente de las ovejas, cuando este todavía iba a la escuela. Tenía doce años por entonces, cuando sustituyó los libros por el bastón y el zurrón. El maestro trató de convencer en vano a sus tutores legales: “¡Este chico promete, escribe redacciones muy imaginativas!” nadie supo, por supuesto, lo que esto significaba. Nada, por doquier que se mirase, podía hablar de literatura en aquel lugar. “Es un oficio poco práctico para los tiempos que corren…” decía ante todo la madre, a la que no se le pasaba por la cabeza que hubiera más mundo pasadas las fronteras conocidas diarias.
El niño aprendió el trabajo prodigiosamente rápido, pero no olvidaba llevar algún libro para repasar lo aprendido todos los días al campo. Allí que se sentaba, en lo alto de una colina, para tratar de dominar por el rabillo del ojo lo que pasaba más allá del americano Mark Twain.
Pronto, descubrió en el dormitorio que en otro tiempo compartió con el hermano (y que ahora tenía para él solo) una serie de manuscritos que deseaban ser una novela. ¡Su hermano parecía tener también aquella vocación que él había comenzado a heredar! Pero ¿por qué abandonó su empresa? Faltaba un último capítulo, un desenlace para todo aquello, dentro y fuera de aquellas cuartillas.
Una noche, bajó las escaleras con sigilo porque deseaba saber lo que sus padres nunca le contaban cuando estaba presente. En el comedor, el color y el calor rojo de la chimenea crepitaban entre las siluetas de Benjamin y Theodore:

Benjamin: Todavía recuerdo cuando el cartero trajo de la oreja a Orson y nos devolvió en mano aquel paquete que había querido llevar a una editorial sin nuestro permiso…
Theodore: ¿Tú crees que hicimos mal, marido?
Benjamin: ¡No, mujer! Él nos tendría que haber dicho algo ¿no? Está muy mal eso de ocultar las cosas a los padres…

Entonces, Ludovico asomó la jeta tras la puerta y rezongó:

Ludovico: ¡Pero si no le habríais dejado aún así! Yo así ando también y tenéis suerte de que siga con vosotros….

Los padres se exasperaron al oír tales insolentes palabras y le confinaron en el establo con un jergón y todo el olor animal para las noches largas de invierno.

Por si no fuese bastante, las ovejas comenzaron a menguar en número. Se hablaba de ciertos lobos que podrían merodear por las proximidades actuando con nocturnidad y alevosía. Ludovico, que no quería dormir a suelo raso por este problema también, decidió implantar su propia ley: con el dinero que se le asignaba para ir por comida al pueblo, consiguió reunir una cierta cantidad (descontándolo de sus propio caprichos) para comprar un colosal cepo que instalar estratégicamente en el camino por el que deberían de pasar las bestias antes de capturar las presas. No había otra forma de llegar hasta las ovejas, que parecían hasta temblar ante los ojos psicológicamente cansados del pobre chico. Un caminito de tierra salpicado por matojos llevaba hasta el vallado donde los animales se recogían al terminar el día. Entre las hierbas más altas colocó escondida la trampa el primer día de la semana que comenzaba (esperaba que sin una baja más). Así amaneció fue a ver si las ovejas seguían allí en su número de la víspera anterior o, para mejor noticia, si había sido capturado el problema. ¡Ya no vería más animales de su rebaño destripados en un rastro de carne que llegaba hasta el bosque! Se frotaba las manos. Palpóse en su indumentaria y echó en falta la escopeta (que había aprendido a manejar con más miedo que vergüenza en un tiempo también récord). Recordó que, quizá, mientras colocaba el artilugio la víspera, algo había sonado en el suelo, pero no llegó a dar mayor importancia (la oscuridad invitaba también a abandonar la empresa). Continuó andando hacia el lugar. Ya quedaba poco. Ahora confirmaría sus sospechas de una vez por todas y, si las cosas se ponían bien, podría hasta recuperar el favor perdido de sus padres. Les llevaría hasta allí con orgullo y les mostraría su hazaña. Pero, de pronto, quedó como congelado ante lo que se disponía a su vista. Efectivamente, allí había algo, pero no parecía un animal exactamente. Un cuerpo tumbado, ensangrentado. La escopeta, por fin, cercana a “aquello”. A medida que lo rodeaba, fue confirmando sus terribles sospechas: era un humano. Cuando vio su cara y reconoció al hermano, quiso morir por retroceder en el tiempo, aunque solo se tratase de unos segundos. El enorme cepo le había estrangulado la cintura y él, para evitar el sufrimiento, se había disparado sobre sí. ¡Él era el hambriento lobo! Imaginó su situación en apartado de la civilización, denostado por sus padres, su hermano y los vecinos que se enteraron de todo aquello. Para subsistir, no dudó entonces en ir a lo seguro y capturar aquello de lo que su familia vivía. Esto debía ser la historia.
Después de pensar bastante tiempo qué hacer, optó por ocultar lo sucedido a sus padres, con dolor, y enterrar el cuerpo, pues con esto se evitaba dos problemas: que dos personas más sufrieran y que le consideraran el “Caín” de su estirpe.
Enterró con el cuerpo la escopeta y compró una nueva. Parecía no querer recordar nada aunque poco pudo olvidar hasta el final de su vida. Esta historia no quiere hablar de nada trágico, pues y al fin y al cabo los cuentos, cuentos son. Tan solo remarcar el inestimable poder del azar.

12 – 3 - 10

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