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EL LIBRO DE ALICIA

>> domingo, 21 de marzo de 2010

Triste tarde fue aquella en la que me encontré- como siempre, husmeando- con una sorpresa desagradablemente inesperada: paseando por uno de los puestos de libros de El Rastro, observé un título de “Alicia en el País de las Maravillas” igualito al que yo había poseído hará casi un año. Y, digo esto, porque como casi todo lo que tenía en casa, fue desapareciendo por la mano ejecutora de mi padrastro. El genial John Tenniel con sus ilustraciones hacía todavía más suculento el objeto. Me decidí a cogerlo y, en el momento del tacto fue como si sintiese las huellas digitales que dejé cuando entre mis manos lo tenía, cuando era de mi propiedad. En efecto, presentí enseguida que ese libro solo podía ser el que yo tuve (y no retuve). Fácilmente deductible, puesto que nuestra casa daba sobre esta plaza prácticamente. Lo abrí para cerciorarme de lo que ya estaba casi asegurado: El Ex - libris improvisado hablaba de mi nombre con la tinta corrida del bolígrafo. Traté de explicarle la situación al dependiente. Fue entonces cuando comprendí que quien ya conocía de otras veces se había convertido en un extraño en aquel momento: no cedió ni un momento. “El precio es el que pone, si no lo tienes déjalo donde lo cogiste”. Esta situación inconcebible volví a sentirla tiempo después, cuando con mi compañero de confidencias se comportó de la misma forma conmigo que con un desquiciado mental que nos asedió en mitad de la calle. “Los mismos gestos para él que para mí”. Ciertamente me daba la razón como a los locos.
Con un gesto irreverente me despedí, no sin llevarme por debajo el libro. La distracción del insulto simbólico me permitió actuar con rapidez y salir corriendo no con menos velocidad. Corría y sonaban en mí todos los tambores del ejército, como en la batalla contra los franceses de “El Sitio de Zaragoza”. Todo mi cuerpo se agitaba ante maniobra tan justa como incomprendida. Llegué a olvidar las decisiones en el trazo de mi recorrido por las calles. Me metía por callejones como lagartija sin rabo. Llegué a una cuesta escalonada tan estrecha que podía perfectamente apoyarme en las paredes de las casas de los lados para subir con mayor efecto. Entonces, un personaje burlón apareció arriba de aquel camino. Iba vestido con antifaz, sombrero redondo y (picudo a la vez) y un traje a rombos que asustaba a la retina. Me detuvo en seco a unos pasos de él. Parecía querer impedirme el paso, con su cortante sonrisa que todo lo tapiaba. Traté de retroceder en mis pasos para llegar de nuevo abajo ante esta tajante finalización de mi camino. Pero, para entonces, un grupo de arlequines de la misma casta ya subía a por mi. ¿Sería carnaval? ¡Seguramente! Un carnaval a la luz de la tarde, ya casi cárdena, aquella que temían los que no eran románticos del todo. Esas figuras seguras afirmaban mi tambaleo, mi respiración de pescado sin agua. Unos pasos, entonces, dados de más, acercaron a uno de los interfectos hacia mí. Se descubrió el rostro y comprobé su conocida identidad: era mi padrastro. Me tomó de la mano como para quitar hierro al asunto y me sacó de allí tratando de hacer esfumar todo esto de mi desventura. Cuando llegamos a casa, tomó el libro y volvió a colocarlo en la estantería, ahora vacía, de mi cuarto. Solo un volumen en el lugar de mi antigua colección de rarezas. Odio a mi padrastro.

21 – 3 - 10

1 comentarios:

Javramser 22 de marzo de 2010, 13:01  

Bravo, y cómo para no odiarlo.

Me ha gustado la mezcla entre esa escritura tan personal tuya y un poquito de ¿Italo Calvino?, quién sabe, pero maravilloso en todo caso.

¡Un abrazo!

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