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ESPERANDO LA NEGATIVA

>> jueves, 25 de marzo de 2010

Ocurrió durante el baile benéfico. Las grandes señoras de la capital hablaban sentadas en corrillos entre mesas. Los hombres esperaban de pie, todavía con sus uniformes y sus galas. La guerra había acabado, pero ¡costaba tanto olvidarlo! Ninguno de ellos quería abandonar aquella sensación de amarga victoria. Se resistían a pensar que ahora comenzaba una nueva etapa. Es cierto que de los campos todavía brotaba humo, pero el futuro de un país no podía retrasarse más de los dos años que llevaba de contienda. La música de una orquesta superviviente tocaba ahora una especie de rodeo. Comenzó entonces el cortejo a beneficio de los pobres: pasillos de condecorados avanzaban con sus largas patillas y sombreros raídos hacia las damas perfumadas y señoreadas. De entre todos, surgió el coronel Spencer, que parecía tener muy claro su objetivo. Así se dejó caer frente a la mesa tercera (empezando por la izquierda) y la silla segunda (empezando por la derecha), ocupada por la honorable señorita Miles. Ella trataba de ser sonrojada por sus compañeras, que la alentaban ante su próspera futura pareja de baile. “Es el coronel, chica, no te lo pienses. Son suyos los graneros de todo el norte del condado” la decía una. Otra “tiene en su haber una media de dos conquistas cada tarde… ¡No lo dejes escapar!” Por supuesto, no había sino maldad en estas que decían ser sus íntimas. Cuando llegó el coronel a una distancia desde la que podíanse contar cada uno de los pelos de su barba, las celestinas cesaron su canto de sirenas envenenadas. “¿Quiere usted bailar conmigo este número?” La respuesta no se hizo esperar ni cinco segundos: “No”. El coronel trató de enderezar el spaghetti ya cocido: “¿Pero por qué, vamos a ver? ¡Es solo un baile, no voy a pedirla relaciones!” Entonces, ella le miró como nunca había penetrado en unos ojos (así de sinceramente): “Porque le falta a usted una pierna”. Como era de esperar en estas situaciones, hasta el músico sordo del banjo a casi cincuenta metros dejó de tocar. Silencio sepulcral ante esta calabaza tan evidente. Como todos le clavaban sus ojos, el bueno de Spencer trató de salir del paso con honor y orgullo americano: “Lo he perdido en efecto, pero con un fin bastante noble: para que gente como usted pudiese seguir sentándose de nuevo, tras dos años de incertidumbre, con su culo bien alimentado y seguir divirtiéndose al contestar a jovencitos como yo”. Tras esto, comenzó a demostrar con patéticas maniobras que, si se lo proponía era capaz de bailar hasta un tirolés. Todos se quedaron maravillados ante su fuerza de voluntad, que ocultaba casi la falta de una pierna. Había perfeccionado tanto su habilidad de camuflaje que algunos juraron ver hasta tres piernas. Maravilloso. Aplausos de aprobación. Hasta una anciana se apuntó a su ritmo y estilo desenfadado y saltó sobre sus brazos para ser cogida como una novia camino de la suite nupcial. El del banjo le tiró una armónica y, con la señora, sin una pierna y ahora con los brazos ocupados, comenzó a interpretar, cogiendo el instrumento con los dientes, el “¡Oh, Susana!” más bello que jamás se había oído. La señora Miles quiso cantar pero recibió un sonoro abucheo ante su intento. Los otros solterones la dieron de espaldas y prefirieron hablar con la pared antes que entablar cualquier tipo de conversación con esa mujer. Hasta sus amigas se cambiaron de mesa. Cuando la sala quedó vacía dos horas después, la pobre señora-sincera todavía permanecía perpleja ante todo aquella cadena solidaria tan increíble como injusta. El del banjo parecía que se acercaba para hablar con ella, pero lo que en realidad quería era la armónica, que se había caído bajo la mesa. Cuando levantó el faldón, observó que aquella mujer también tenía solo una pierna. Ella entonces le miró y le dijo: “La media naranja no existe”.

25 – 3 – 10

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