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LA CASA ESCONDIDA

>> miércoles, 31 de marzo de 2010

Aquella casa me llamó la atención desde el primer momento: No se dejaba ver, parecía ocultarse tras los árboles que completaban el jardín con su magnificencia. Era una casa de indiano, de aquellas que ya no eran palacios pero todavía sí mansiones. Algunas muestras de su ruina dejaban contemplar lo que detrás escondía su impecable cuerpo de aparente piedra. Esto no era otra cosa que un organismo de ladrillos, una segunda débil piel de sencilla pobreza. La vulnerabilidad en estado puro. Las ventanas se encontraban cerradas con una dentadura de tablones mal apuntalados. Por supuesto, ya me encontraba dentro del recinto. Había saltado uno de los muros donde hasta los fragmentos de cristales de protección se habían vuelto blandos. No había sin embrago mala hierba. Parecía haber sido cuidado siguiendo el propio desorden del caos. Un imposible demiurgo, podría decirse. Cuando quiso subir el primer escalón que le conduciría a la puerta, pudo ver cómo, a través de uno de los ventanales bajos, una mano pujaba por arrancar una de aquellas maderas que defendían de mirones al “protegido” habitante. Aquella mano logró derribar dos de estos intrusos elementos y una mano amaneció de entre la empañada barrera transparente. Una cara de anciana que, con sus débiles claros ojos trataba de recordar dejándose naufragar en mis pupilas. Yo la miraba con una nariz que quería ser como la mía, con unos labios que me recordaban las curvas de los míos, con unas orejas que colgaban sin vejez de la misma forma que las que sujetaban estos pendientes. Sonrió con engaño para después desaparecer. Las tablas no volvieron a su lugar y quedó un enorme espacio oscuro que volvía a separar el acompañamiento de la soledad. Golpeé con mis enérgicos nudillos aquel vidrio aprovechándome de la nueva situación. Nada. Se había acabado la función. Bajé luego el peldaño y quise bordear la casa. Entonces, se escuchó un claro “¿qué has venido a hacer aquí? Una voz quebrada pero de sonoridad regular y continua. Esa voz era casi una arcada en sí. Por lo pronto, contesté: “No sé, entré porque me gustó el lugar”. Me mantuve en actitud de espera un largo rato. No sé si fue un minuto o cinco. Después, sonó una alarma y tuve que abandonar a mi pesar y definitivamente el sitio.
Pasaron dos semanas. Quedé con mi prima en el comedor del hotel donde me alojaba. Había venido para llevarme con ella a la casa en la que habíamos decidido pasar las vacaciones de febrero. Era la gran casa familiar, la de los abuelos y ahora la de los tíos. Estos, hacía tiempo que no la pisaban. Supuestamente, la teníamos para nosotras. Cuando ella me subía en su coche, el camino, a la media hora, comenzó a sonarme de algo. “Es una casa que aparentemente resulta un palacio, pero que no deja de ser una “mansión indiana”. Efectivamente, como todo hacía suponer, aparcamos justo ante los muros que presentaban la vegetación ocultadora. De nuevo, aquella casa. Yo no dije nada a mi prima, tan solo me limité a esperar el mismo resultado que el que recibí anteriormente. La dejé introducir la llave en la puerta. La ventana de la izquierda continuaba con los dos tablones sin poner. Como por mecanismo, la misma huesuda mano apareció de entre la negrura y se posó sobre la pantalla cristalina, dejando las huellas dactilares de recuerdo. Aquella cerradura solo servía para hacer dar vueltas a todo lo que se introducía en ella. Mi prima comenzó a ponerse nerviosa. Yo la indiqué la presencia que parecía defender al lugar. Al ver por fin el rostro, pareció reconocerlo y le gritó: “¡Abuela! ¿Qué haces aquí? ¡Ábrenos!” Pero la buena señora, con su mueca burlona, se limitó a contemplarnos como dos presas atrapadas en libertad. Su desmemoria se hacía perfectamente perceptible tras su pícaro carácter. Si esto fuese el Lazarillo de Tormes, ella sería el ciego. “¿Qué queréis? ¿Por qué entráis en mi casa? Fuera de aquí” Mi prima marcó el teléfono de los tíos: “Mamá, la abuela está en casa y no nos deja entrar.” La respuesta fue concisa: “Nosotros corrimos la misma suerte”.

31 – 3 – 10

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