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PAPELES TRANSLÚCIDOS. EL CARTERO CAZADOR

>> miércoles, 3 de marzo de 2010

Una idea original de Helena Grande Vicente y Javier Mateo Hidalgo

En un pueblecito de Italia, vivía un cartero llamado Nono. Nono detestaba su trabajo al tener que realizarlo casi por imposición, pues era el único cartero que quedaba en toda la comarca. Los habitantes del lugar veían en él a un ciudadano ejemplar y lo admiraban, pero a su vez no podían evitar encontrarle un lado oscuro. Nono parecía destilar odio para quienes le habían condenado a trabajar indefinidamente.
Un día, llegó allí, como turista, una austriaca a la que todos llamaban “Sisí”. Todos notaron en Nono un cambio de aptitud. Había limado su áspero carácter gracias a esta inesperada aparición. Sisí era un nombre que representaba la esperanza para el suyo, Nono. El cartero había hallado, por tanto, un símbolo de carácter lingüístico que podría representar el comienzo de una nueva vida mejor. Se sentía, de algún modo, ligado a esta persona.
Cuando definitivamente la extranjera anunció su definitivo establecimiento en el pueblo, Nono comenzó a esmerarse por entregarle antes el correo a ella que al resto de habitantes. Este gesto de gentileza le hacía madrugar dos horas antes de lo convenido por los estatutos, pues la situación de la casa de Sisí obligaba a Nono a realizar el recorrido de forma inversa a como anteriormente lo había estado realizando. Para llegar a este primer destino al que había dado preferencia por encima de los otros, debía de atravesar todo el pueblo, pasar por las demás casas, para después retroceder y volver a recorrerlas una a una, entregando el resto de cartas. Este gesto sentó muy mal a los habitantes del lugar, que se sentían de algún modo discriminados.
Al poco tiempo, un joven de buen tipo llegó para encargarse de unas fábricas de su abuelo paterno, cerca del río. Esta herencia resultó un castigo divino para el bueno de Nono, que hizo volver a mutar su conducta (esta vez en pos de intereses bastante primitivos). La razón: el adinerado jovencito llamaba a Nono cuando le oía pasar por el camino de su casa y le daba estrictas órdenes de entregar en mano “a la señorita austriaca” unas cartas envueltas en cordel rosa. Nono, al principio, cambiaba las cuerdas por cintas, para mejorar su apariencia. Luego, acabó por percatarse de que con esto solo conseguía convertirse en Celestina, haciéndose competencia a sí mismo. Entonces llegaron las profanaciones: abría una sí y otra también todas las cartas y las leía detenidamente, descubriendo con ira unos sentimientos pedantes y pegajosos (en total, falsos) hacia su querida Sisí por parte de este petimetre.
Así pues, llegó a aprenderse la caligrafía del individuo, y llegando a perfeccionar su conocimiento comenzó a falsificarlas, por usurpar la personalidad del otro. Su intención no era otra que conseguir que Sisí acabara odiando a este nuevo aspirante a su amor. Confiaba, además, que acabara fijándose en él, creyendo vanamente que era el único que podría hacerla feliz.
Lo cierto es que ni ese joven era tan aborrecible ni Nono tenía tan claros sus conceptos respecto a la personalidad femenina. Ella verdaderamente quería a este gigoló, y nada podía hacerse por evitar diferencia tan abismal entre uno y otro pretendiente. De hecho, en ningún momento supo ella de las intenciones del cartero, de sus pretensiones como pretendiente.
Todo fue cuestión de días para descubrirse. Mientras el vengativo cartero repartía, ella se encontraba con el futuro director de las fábricas y, juntos, consolidaban la relación.
El cartero, más temprano que tarde, llegó a la conclusión de que sus intentos pacíficos por resolver aquello que creía como injusto habían fracasado. Por ello, lo más inteligente que se le ocurrió fue preparar una venganza de polvos venenosos en forma de “envío urgente”. El tercero en discordia cayó pajarito en menos que canta un gallo. Ella le descubrió tendido en el suelo, con el sobre embadurnado del óxido verde que comenzaba a cubrir la mano que lo sujetaba.
La vendetta fue mucho más astuta, digna de un maquiavélico justo de la antigüedad: Sisí citó al cartero a la puerta de su casa, ante la valla del jardín. Nono acudió presuroso, con unas intenciones que pedían a gritos ser escuchadas en sus ojos. Ella le tomó teatralmente de las manos y comenzó a susurrarle una nana. Inmediatamente, de cuatro puntos distintos, surgieron cuatro carteros de cuatro pueblos vecinos que habían sido también citados previamente por ella (y con una hora de antelación). Les expuso la situación mediante carta (unas cartas que directamente introdujo en buzón) por medio de convincentes argumentos: “Vuestra profesión está siendo denigrada por este secuestrador de palabras”.
A cada uno se le asignó un puñal y un seto tras el que esconderse en el jardín. Así esperaron cautos y vengativos. Cuando Nono se encontraba embebido por aquella canción tan dulce, Sisí hizo un gesto para darles la entrada y surgieron como senadores romanos dispuestos a poner orden en su Estado. Uno tras otro, hendieron sus puñales en las carnes duras y secas del cartero, que acabó en un suelo de sangre. El tiempo jugaba en su contra, pero todavía guardaba la esperanza de poder escuchar el final de la enigmática canción infantil.

4 – 3 – 10

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