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Fotogramas de recuerdos cinematográficos

>> viernes, 30 de abril de 2010

Estas son algunas imágenes correspondientes a la colección de películas que realicé de 1997 a 2004. Siete años desbordados de ilusiones cinematográficas.
Pido perdón por la mala calidad de las mismas. Es un recuerdo más nostálgico que de rigor:

Chaplinesca (1997)




"El estudiante fracasado" (1997)






"Un sueño hecho realidad" (1998)



"Los Crímenes de los Hermanos Italian" (1999)



"El tiempo pasa, pasa..." (2000)



"La tabernera del puerto" (2000)



Walth and Lemon (2001)



"Sainete" (2002?)




"Un filme surrealiste" (2004)





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EL BULULÚ


Ha merecido la pena llegar hasta esos mundos de Dios a los que decidieron denominar en los mapas como “Villaverde Alto y Bajo”. Ya fui preparado de casa. Había elaborado en un trozo de papel un meticuloso mapa para no perderme (tan singular que yo solo podía entender, tan singular que solo le faltaban los signos cabalísticos), pero aún así, aquel vasto dominio que bien podía ser una capital de provincia perfectamente, tejió sobre mí los hilos de la confusión y más de una vez tuve la sensación de no saber qué dirección tomar. De barrios de casas bajas pasando por plazas y llegando a través de cuestas a descampados con estación de tren. Luego, otra vez bajar para llegar a nuevos-viejos barrios. Todo olía a película de Antonioni. Lugares propicios para el amor, como diría Ángel González. Un extrarradio de neorrealismo donde todo podía suceder permaneciendo su secreto bajo llave. Carta blanca para la clandestinidad, la cual podía seguir su curso sin ningún tipo de pudor. Nadie podía sentirse avergonzado de ninguna acción llevada a cabo por aquellos lares, tan desérticos como carentes de interés para cotillas, chivatos e intrigantes varios. Si la brújula se me había desbaratado en varias ocasiones, otro utensilio mental, el reloj, había permanecido infalible. Así, calculé el tiempo exacto para perderme y no llegar tarde. Tras preguntar a dos simpáticos viandantes que me dieron, conseguí llegar al Centro Cultural cuando todavía quedaba un cuarto de hora para que aquello comenzase.

Los diferentes personajes interpretados por el Bululú

 Ya por fin dentro y sentado, vi como una mujer vestida a la antigua usanza aparecía apresurada para colocarse ante mí y comenzar a mirarme con ojos asustados. Había algo extraño en su mirada. Entre ella y yo había un pacto secreto previo. No obstante, no nos conocíamos, aunque esperábamos uno del otro una respuesta positiva, un resultado gratificante en nuestra cita. Sabíamos que no podíamos defraudarnos mutuamente. Ambos sentíamos curiosidad por el resultado del experimento. Ella se puso a recitar versos antiguos. Luego, se quitó las vestimentas y resultó ser un hombre. Ya no era Rosaura sino Sebastián. Nos encontrábamos en la Taberna del Turco y corría el año 1648. El lugar era el mismo, Madrid, aunque un poco apartado de su centro neurálgico. Estaba asistiendo a una representación clandestina de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca”. Él dijo “soy un bululú”. ¿Sabes lo que es un bululú? Por supuesto, no tenía ni idea. Un “Bululú” –me aclaró- es un comediante cuya función es la de representar todos los papeles de una obra de teatro. Vamos, que él mismo se lo guisaba y se lo comía, como Juan Palomo. Al parecer, las representaciones teatrales habían sido prohibidas por orden real. Los cómicos, eran perseguidos. De ahí lo de actuar de tapadillo. El escenario, por estar compuesto de elementos antiguos, daba a la atmósfera una cierta teatralidad. No obstante, no había nada excéntrico en todo aquello, pues al desarrollarse la comedia en el Siglo de Oro, era normal que todos aquellos enseres evitasen lo anacrónico ajustándose a la época. Que un teatro fuese ahora una taberna (la descontextualización, qué duda cabe) era otro de los elementos que volvían extraño el lugar. El personaje ahora se encontraba dando una lección magistral de historia, situando con coordenadas precisas al espectador. Yo le escuchaba, mientras le veía sacar la utilería. Cada uno de los instrumentos, a cada cual más original, servía para construir otra atmósfera (la sonora). Una banda sonora en condiciones. El teatro, valga la redundancia, se convertía en un espectáculo en tres dimensiones. Unos cocos servían para emular los cascos de un caballo, una trompeta la pompa y circunstancia de un palacio, etcétera. Cada vez me resultaba más simpático el tal Sebastián, que me contaba ahora la historia de su familia. Toda una saga de cómicos de la legua, cada uno con sus papeles fijos (galán, hombre maduro, e incluso una señora que era capaz de hacer de un pueblo entero- imagino que para dramas como “Fuenteovejuna” o este mismo de Calderón, pues los motines son siempre importantes para los golpes de efecto). El teatro era ahora un corral de comedias. Ya no había techo sino cielo. El tumulto se hacía cada vez más ensordecedor. Los del gallinero jaleaban los golpes de humor, y las mujeres de los palcos arrojaban al patio de butacas cartas de amor para sus galanes correspondientes (alguna, por el camino, era interceptada por la picaresca de algún joven). El texto había sufrido algunas modificaciones por parte del actor-madre de toda la obra. Esto era comprensible. Las morcillas y demás improvisaciones del directo se encontraban justificadas ante la gran cantidad de texto que el actor había tenido que meterse entre pecho y espalda. Después, aplausos. Tras morir el pobre Sebastián a manos de la guardia que ha descubierto la ilegalidad de su trabajo, una gran flor roja ha sustituido la sangre de su pecho y el telón se ha cerrado en un gran golpe de efecto. La vuelta a casa ha sido más fácil. El mapa de papel ha sido sustituido por la intuición masculina, que ha guiado mis pasos hasta el metro. Por una vez, esta artimaña ha tenido éxito, a pesar de que algunos digan que nunca ha funcionado.

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Antonio Saura-Geraldine Chaplin-Carlos Saura

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DOS CLASES DE TIPOS

Parece ser que el mundo está dividido en dos clases de personas: aquellos que creen que el mundo está dividido en dos tipos de personas y aquellos que no. Particularmente, yo me considero de los primeros, pues la propia definición me confirma como tal al encontrarme ya creando cismas. En la cuestión cinematográfica es donde puede comprenderse mejor esto: los hay que aman el blanco y negro y los que no, los que apuestan por el cine mudo y los que apuestan por el sonoro, los que creen en el valor de los efectos especiales y otros que confían más en una historia carente de artificios (Chaplin continuó trabajando hasta el final de su vida con mentalidad muda en blanco y negro, Harold Lloyd apostó por las escenas de acción sin dobles y acabó perdiendo unos dedos de la mano). En el tema de la arquitectura ¿por qué no? Nos encontramos con el talón de Aquiles. Me explico: Mariano Ozores y Víctor Erice hacen cine pero ¿es el mismo tipo de cine? Pues bien, lo mismo con una catedral y una chabola. Construcciones ambas. Algún perverso apuntó: “Pues qué quiere que le diga, pero a mi una chabola puede parecerme más bonita que la Catedral de la Almudena.” ¿Es posible tratar de construir con intenciones de memorabilidad pasada? Una clase de personas dicen que sí y otras que el resultado es Kitsch. La Almudena posee eso que llamamos imposibilidad para la visión general. A nuestro ojo, todo hay que decirlo, le resulta imposible mirar una imagen de forma total, necesita detenerse en un punto. Pues en la Almudena, parece haber una intención añadida de distraer. Los ideólogos más modernos de este artefacto-nave espacial del tiempo (ya que estamos con el cine y la arquitectura) han tenido que verse influidos por la “Roma” de Fellini. Esta es, por supuesto, otra opinión maledicente que he recogido de idéntica fuente chabolista. Está claro que la arquitectura moderna (y no modernista) está condenada a que por ella pasen los años y nunca sea antigua sino “vieja”. Es su propia concepción rompedora la que nunca conseguirá igualarse a la de otros edificios anteriores que se convierten en pasado, poco a poco, más dignamente. El cubismo ha envejecido muy mal, no así las gordas de Renoir (nunca pensé que podía llegar a decir esto) que cada vez me gustan más. Esto, puesto en las salas del Museo D´Orsay, da lugar a pocos malentendidos. Se me antoja que esta antigua estación de tren algún día despegará de sus cimientos para comenzar a viajar, como propio tren mercancías, mostrando su interior por cuantos lugares tengan estación dentro de su antiguo itinerario. Algún día dejará de haber esta constante pugna entre los artistas más académicos y los más conceptuales o postmodernos. Las cosas se nivelaran y, entonces, ya se inventarán dos nuevas clases para la división. ¿No pasó acaso con las batalla entre la línea de Delacroix y la mancha de Ingres? Algún día se dejará de ver mal opinar sobre una obra de arte de la siguiente manera: “Qué bonita”. Peyorativamente, se acusa a esta forma de expresarse como poco argumentada, de conclusión extraída casi al instante. Parece entonces que actuamos con un guión de por medio, esto es, “sobreactuamos”. Dejar de actuar y de fingir, relajar el esfínter como quien dice en lenguaje más chabacano. Adoro lo chabacano, pero no por ello dejaré de vestir elegante. De nuevo, una contradicción. “Somos los PRIMEROS ya que estamos a la ÚLTIMA”. De nuevo, una antítesis (esta, aceptada por todos, por si alguien no se había dado cuenta). Los que levantan la tapa y los que no cuando van al baño, los que se peinan con raya en medio y los anárquicos, los que todo lo ordenan perfectamente en su despacho y los que tiene un “estudio de artista”… Mil tipos de doble cara. Y, ante todo esto, lo más peligroso de todo: “Imposible el ademán” de mirar con objetividad.

PD: Gracias a todos los dos clases de tipos de personas de los que me nutrí para escribir esto.

27 – 4 - 10

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Conferencia "Habitando el ruido" (Salamanca, 29 - 4 - 2010)







Esteban Martínez González y Javier Mateo Hidalgo en la Facultad de Geografía e Historia de Salamanca

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DECIMONIACO

>> martes, 27 de abril de 2010

Aquella noche en que Lisondoro subió a casa con el décimo de lotería, podía olerse la humedad de algunas nubes que amenazaban con romper y destriparse en agua. Iba a ser agua sucia. Comenzó a sonar contra el metal de los balcones cuando Lisondoro alcanzaba el último tramo de escaleras hacia el descanso tras la puerta. ¿Qué le ocurrió a Lisondoro para que, una vez sobre el felpudo de entrada, no sacara la llave? ¡El décimo no estaba! Había buscado en todos los recovecos de su traje, sin éxito. No resignándose a darlo por perdido, alcanzó en cuatro zancadas la calle y se encontró a un tullido de piernas en el portal. Era el viejo Anselmo, el mendigo al que nadie veía. Pasaba inadvertido a pesar de su voz de cencerro oxidado. Siempre pidiendo atención hacia él y siempre una figura desapercibida. Pero esa noche le iban a atender contra su propia voluntad. Debajo de una de sus malogradas piernas, un papelito de color asomaba impertinentemente. “Anselmo, ese papel es mío” le dijo Lisondoro con voz todavía amistosa. “¿Y quién me lo demuestra?” contestó Anselmo, de buena gana también. “Sabes que se me ha desprendido de uno de los bolsillos del pantalón, lo has tenido que ver. Vamos, deja de hacerte la víctima y devuélvemelo”. Ante esta respuesta, que no se tomó nada bien, comenzó Anselmo a jugar a la gallinita ciega. “Puede que no salga agraciado. ¿Qué mas le da?” La respuesta no pudo ser más inesperada: “Sé que saldrá, yo formo parte del jurado del sorteo.” Entonces, la cosa se retorció más. “Pues compre otro y cambie la adjudicación”. El juez, que no debía de andar muy bien de economías, contestó: “No pienso comprar otro por tu culpa. No te aproveches más de tu situación.” Anselmo se puso picarón: “Baje aquí a por él si quiere.” Entonces, Lisondoro de un golpe se colocó en la situación del otro y comenzó a tirar de la pierna-piedra: “¡Socorro, ayuda a un pobre desvalido!” El otro contestaba entre dientes: “¿Por qué iban a hacerte caso ahora?” Consiguió finalmente zafarse del peso de aquel vestigio de extremidad y corrió de nuevo hacia el hogar. Ya allí cerró la puerta y se sentó junto al televisor. La lluvia, ahora feroz, había cortado las comunicaciones y no aparecía imagen posible en la pantalla. Entonces, ente el sonido de las interferencias, pudo escuchar un sonido de arrastre que iba aproximándose. Sonaba como un pesado fardo ganando distancia. “¡No es posible! Anselmo ¿qué vas a hacer?” Efectivamente, esperó a que aquello terminara por situarse frente a la puerta y quedase todo de nuevo en silencio. Un silencio de pocos instantes, porque a continuación, unas uñas comenzaron a rascar sobre la puerta. “Abre te digo y dame ese papel… Pienso estar así toda la noche, hasta que salgan todos los vecinos” El problema fue solucionado por Lisondoro con una rapidez admirable. Este era el plan: “Puedo salir y empujarlo por las escaleras.” Así lo hizo. Al principio se escuchó a la voz por encima de los golpes, luego ya nada de eso. Lisondoro seguía sin comprender cómo un mendigo podía tener la llave de su portal. “Quizá entró aprovechando la puerta abierta y ya no volvió a salir. Se esconde muy bien cuando no le interesa que le vean”. Las malas lenguas contaban que Anselmo había sido, tiempo atrás, propietario de uno de los pisos de aquel edificio. Al no haber podido hacer frente a los gastos, se había procedido a la orden de desahucio. Si diésemos por buena esta historia, Anselmo se habría marchado, pero tan solo a medias. “Al menos en esto yo soy menos miserable” pensó para sus adentros Lisondoro. Cuando fue a quitarse la chaqueta notó como una molestia en la axila izquierda: era el décimo, que finalmente no lo había puesto en el bolsillo del pantalón, sino en el de la camisa.

27 – 4 - 10

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KREISLERIANA

>> lunes, 26 de abril de 2010

¿Qué quedó de la Ariadna que siempre conocí y nunca olvidé? Aquella tarde-noche estaba radiante. Hacía cinco años que no la veía de frente y tuvo que ser en aquel teatro abarrotado de mil fantasmagorías donde se produjera el encuentro.
No me considero un buen literato, pero prometo relatar con minuciosidad de impresión fiel lo que allí aconteció, dentro y fuera de mí. Tengo la manía, en esto de la narrativa, de ser un poco arquitecto: diseño edificios vanguardistas pero luego vivo en otros ajenos a mi carácter. Si alguna vez me leyese, me resultaría aburridísimo. Soy de la clase que se considera descriptiva en tanto a filosófica. No hay argumentos en mis trabajos, tan solo sensaciones. No obstante, considero el resultado de la vivencia personal como bastante ameno o digerible. Mientras estaba en la butaca, ya me encontraba pensando en cómo contar todo eso que pasaba constantemente por mi cabeza. ¿Debería de cobrársenos tantos momentos de la vida que se dedican a pensar egoístamente (o abstractamente) y se olvidan las sensaciones vitales?- el aquí y el ahora- Supongo que sí, que esto forma parte de nuestro vivir, que nosotros decidimos convertirnos en pensadores. Mas, llega un momento en que todo esto se desprende de nuestra voluntad y nos convertimos en esclavos de un personaje. Cuando hay quien vive en su mundo y olvida lo de alrededor, se producen situaciones fantásticas: la gente se levanta aburrida o trata de pasar sin éxito por el lugar colapsado por quien relata… un público difícil. La vida continúa y ellos no toleran ser interrumpidos o postergados.
Una de las piezas del recital era la “Kreisleriana” de Schumann, el músico poeta. Se la dedicó, obviamente, al también músico un tanto loco Kreisler, el caminante sin descanso. La novela en la que se inspiró fue de Hoffmann. Schumann hubiese querido ser literato o músico, aunque se decantó por la segunda opción. La afición de lo primero (que no dejaba de estar también en lo segundo) le vino de su padre, editor. Como si hubiese publicado algún poema, sintió la incomprensión del genio que difícilmente podría vivir de lo que le gustaba. El padre de Clara, su enamorada, vio mal que una persona como él pudiese contraer matrimonio con su hija, ante la imposibilidad de mantener con la economía suficiente(o constante) la relación. Un personaje, Schumann, atormentado, rodeado de desgracias: una hermana se suicidó, sus dos tíos fallecieron en un accidente, él quedó imposibilitado como intérprete al quedarle paralizada una de las manos por culpa de un sistema que él mismo inventó para rendir más al piano. “Gracias” a este último inconveniente, pudo dedicarse a la composición. Un personaje tan romántico como poco cercano a nosotros. Por eso admiro más a Albéniz (o me siento más identificado), porque aunque llevó una vida también alocada (de niño, se escapaba de casa para viajar y dar recitales en cafés) tenía simpáticas anécdotas, como la de ser remunerado “con dos pesetas y un café con galletas de la casa” (esto viene por lo de los establecimientos ya mencionados donde se dio a conocer tan prematuramente). Menciono a Albéniz porque este fue otro de los compositores del concierto. A Ariadna le faltó interpretar a Rachmaninov para redondear del todo la jugada, pero esto, estoy convencido, no lo hizo porque simplemente no le dio la gana.
Retomando la “Kreisleriana”, esta pieza en siete movimientos posee la curiosidad de tener a los impares como más tormentosos y los pares más calmados. Así dividiré mis sensaciones durante esos momentos:

Movimiento Nº 1. “Äuberst bewegt”

Apareces y no me miras. Consigues que sepa dónde acaba cada uno de los movimientos de la obra viéndote solo moverte a lo largo de ellos. Como por descargas, te lleva esa corriente alterna del piano que, claro, te pega a él. No hay partitura posible. Tú desgranas cada una de las notas, convertida en letra, de ese gran monólogo. Una obra de teatro, más bien, donde tú eres todos los personajes.

Movimiento Nº 2. “Sehr innig und nicht zu rasch – Intermezzo I y II”

Parecía que había algo más que la altura de un escenario separándonos. Era toda una mujer: su vestido blanco, que de sus resplandores incluso volvía tímida la mirada, se presentaba largo, inacabable, inabarcable, manifiestamente inmejorable. Quizá la nariz, un tanto aguileña y oculta casi por unas gafas, me retrotraía a aquella niña de la que me puedo sentir orgulloso de haber compartido tantas cosas.

Movimiento Nº 3. “Sehr aufgeregt – Etwas langsamer”

Y, sin embargo, nunca serás ya la misma. ¿Te he perdido del todo? Has dejado llevarte por la línea recta que endereza, que nunca deja posibilidad a la curva, a la distracción fabulosa. Has olvidado jugar y ser niña. ¡Terrible! Una religiosa disciplina te ha convertido en un engranaje siniestramente perfecto. Deja lugar al azar, confía en mi recorrido de reconocimiento. Déjate ver y sentir. Relaja ya tus músculos. Esto no es una prueba.

Movimiento Nº 4. “”Sehr langsam – Bewegter”

Un espectador comenta: “Ahora va a tocar una maravillosa”. Le miro desafiante, aunque sé que este se encuentra absorto en su propia vanidad. Mi rostro, aún así, parece querer decirle: “¿Acaso no sabes oír? ¿Acaso lo anterior te ha parecido una nimiedad? ¡Orejeras, como a los burros, es lo que algunos necesitan!” Fuera de un discurso totalitario, trato desesperadamente de convencer, al menos, de la inutilidad de algunos comentarios de pavos reales.

Movimiento Nº 5. “Sehr lebhaft”

Toses típicas de público mediterráneo. No hay momento para el silencio. Me desconcentro a cada arranque, casi colérico, de este tipo. Reconozco que no es malo sentirse mediterráneo, sentir más una pieza de Albéniz que de Schumann. Esto no es nacionalismo sino tan solo sensaciones encontradas de familiaridad.

Movimiento Nº 6. “Sehr langsam – Etwas bewegter

A partir de aquí perderé la noción de situación. Olvidaré el concierto, pensaré sin sentirme “yo”.

Un ramo de rosas puede ser lo único que me devuelva a la realidad. Aplausos y más aplausos. Conozco ese final. Ella saluda y recoge el presente. Se retira. La gente aplaude y aplaude, espera una propina. Ella regresa e interpreta una pieza del padre Antonio Soler. Avanzada previamente por la madre, que se erige a su vez como presentadora del evento. “Si aplauden mucho ustedes al final, es posible que Ariadna les toque de propina…” una de este compositor.
Salgo del lugar escuchando a uno de aquellos que “viven en su mundo” comentar algo de la última representación de “Salomé” de Wilde-Strauss. Se detiene hablando del personaje que debería corresponder al Juan Bautista Cristiano. Hablando profanamente, interesado el tipo en la faceta del asceta y no del seguidor de Jesús, escucho palabras que se refieren a la humildad, al despojamiento de los bienes materiales, a la coherencia de un tipo de vida casi minimalista. Ya estoy fuera del auditorio.
En las escaleras de la entrada, me siento a ver cómo se van encendiendo las farolas de la calle. Hace un viento caluroso, como de desierto de estilita. Entonces, una mano se posa sobre mi hombro. Me giro y… claro, evidentemente era de esperar: es ella. Ariadna ha dedicado un momento de su salida triunfal a un viejo amigo. Estrecho su mano contra este mi hombro y la atraigo hasta mi cuello para felicitarla con un “Enhorabuena” casi silencioso. ¿Si ocurrió esto así o no? Nada puedo decir. A veces, es más meritorio descubrir que lo literario en realidad ha sucedido ¿no? Una vida ejemplar (o no) digna de ser dramatizada. Lo único que diré para rematar es que salí de allí caminando en dirección contraria para estar de vuelta en casa doblemente tarde.

26 – 4 – 10

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Inmersiones. Un trabajo de Javier Ramírez Serrano

>> martes, 20 de abril de 2010

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La decepción de María

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Entrevista a María Zambrano. Sobre Ortega y Gasset

–Tú tienes un libro todavía inédito, «La Aurora». ¿En qué medida has ido en busca de esa naturaleza?

Yo siempre he ido al rescate de la pasividad, de la receptividad. Yo no lo sabía, pero desde hacía muchos años yo también andaba haciendo alquimia. La cosa comenzó hace ya muchos años. Mi razón vital de hoy es la misma que ya aparece en mi ensayo Hacia un saber sobre el alma, libro que se va a reeditar. Yo creía, entonces, estar haciendo razón vital y lo que estaba haciendo era razón poética. Y tardé en encontrar su nombre. Lo encontré precisamente en Hacia un saber sobre el alma, pero sin tener todavía mucha conciencia de ello. Yo le llevé este ensayo, que da título al libro, al propio don José Ortega, a la Revista de Occidente. Él, tras leerlo, me dijo: «Estamos todavía aquí y usted ha querido dar el salto al más allá.» Esto lo cuento por primera vez, es inédito.

–¿Podemos decir que en esta anécdota tiene su raíz el que hayas sido considerada no sólo alumna predilecta de Ortega, sino también su alumna más heterodoxa?

Exactamente. Desde ese mismo momento. Yo salí llorando por la Gran Vía, de la redacción de la Revista, al ver la acogida que encontró en don José lo que yo creía que era la razón vital. Y de ahí parten algunos de los malentendidos con Ortega, que me estimaba, que me quería. No lo puedo negar. Y yo a él, pero había... como una imposibilidad. Es obvio que él dirigió su razón hacia la razón histórica.

Yo dirigí la mía hacia la razón poética. Y esa razón poética –aunque yo no tuviera conciencia de ella– aleteaba en mí, germinaba en mí. No podía evitarla, aunque quisiera. Era la razón que germina; una razón que no era nueva, pues ya aparece antes de Heráclito. No ya como medida, sino como fuego, como nacimiento: la razón naciente, la aurora. Es curioso, Ortega tenía también un libro que no llegó a publicar, La aurora de la razón vital. Luego puede decirse que no faltaban las coincidencias. Los dos seguimos el rastro de la aurora, pero cada uno de una aurora distinta. (O de la misma, pero vista de otra manera.) Sí, Ortega era también un hombre de la aurora.

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CHEVIQUE Y AMIGOS

>> sábado, 17 de abril de 2010

Tomábamos unas copas en el bar de “Pepe Botella”, en la plaza del dos de mayo. Yo andaba con mi mosto de las dos de la mañana. En mi caso, la afición a esta bebida debe de estar tan mal vista como la del pobre vaquero de las películas que llega al mostrador del Saloon y pide un vaso de leche. Todos se ríen porque le consideran poco hombre ¿no? Creo que así era. Los compañeros me miraban todavía con la sonrisita de cuando pedí esta bebida. “No habéis conseguido aficionarme a la cerveza, hay que asumirlo”. Yo el primero. Quedaban diez minutos para que nos echasen a gorrazos. Entonces, entró el de la gorra: el señor guardia. Pidió un fino y no le cobraron un duro. “¿habéis visto eso?” dijo Chevique, que había permanecido en todo momento atento a esta nueva distracción. “Bueno, vamos a pensar bien” convine. “Seguramente, será el novio de la camarera que le ha servido”. Me miraron entonces con cara de “no sé lo que es peor”.
A Chevique le conocí gracias a la liberación de una ventana. Me explico:
Hará diez años, me trasladé con mi padre a casa de su tía Abelarda. Acababa de morir y nos dejaba en herencia su piso en la calle de Príncipe de Vergara perfecto para el reciente divorcio parental. Todo se quedó tal como lo dejó: los muebles, los libros, la ropa… Hubo una habitación que se libró del paso del tiempo. Durante siete años, permaneció intacta. Era una especie de salón para visitas bastante incómodo, todo sobrecargado de cosas. Una vitrina parapetaba una de las ventanas. Pasó que un día esta venció de una pata y hubo que desalojar buena parte de la estancia sacándola con los pies por delante: una lástima, todo pedacitos. Cuando descubrimos que al otro lado había una vista a la calle, nos llenamos de regocijo. Era una calle poco transitada, condenada a no ser contemplada por curiosos. Enfrente había un inmueble todavía más ruinoso, donde lo único que aportaba civilización eran sus balcones ensortijados. La sensación general de estos eran los de pequeñas arañas reptando hacia el tejado. Pues bien, yo me asomé a mirarlas competir en carrera y, con esto, encontré otro “salón” en el que otro individuo, de la misma edad que yo, parecía como aburrido mirando el televisor. Comprobé que la marca del mismo era también el del nuestro, e hilé una fina trama conspirativa para pasar el rato. Como ansioso por comprobar sus resultados, busqué el mando a distancia y, ya con él empuñado, enfoqué hacia el salón de enfrente y, más concretamente, a la pantalla del otro aparato. ¡Lo apagué! Al instante, el chaval reaccionó, primero asustado, luego dejando el mundo paranormal aparte y, con sutil deducción, asomándose a su “araña”. Me vio riéndome de la ocurrencia y me retó a bajar para vernos las caras. Esta fue nuestra presentación. Chenique tenía otros amigos a los que no tardé en caerles también mal. Digo esto, entiéndase, con ironía de relojero. Creamos cuadrilla y cerramos los fines de semana con nuestras reuniones. Ahora, en aquel “lugar”, nos reíamos del policía pensando en él diciendo tonterías a una camarera para ahorrase pagar un trago de ronda de noche.

17 – 4 – 10

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La danza de los paraguas

>> viernes, 16 de abril de 2010

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Nacho Criado (1943-2010)

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Instantánea



La leyenda griega cuenta así: al amanecer, un joven soldado marcha para la guerra. Al levantarse, se aleja del lecho amoroso y encamina sus pasos hacia una probable muerte. En ese instante, la amante esposa calca sobre la pared de la habitación nupcial la silueta que la sombra de su amado dibuja. Ella es la primera pintora, él es el fúnebre modelo, ya solamente sombra negra.

Azucena S. Mancebo


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UNHEILM

Antes de nada tengo que aclarar que el título de este relato es provisional (y del tiempo que permanezca como tal, lo desconozco). Barajaba en un primer momento, este otro: “¿Persona multidisciplinar? No, no lo creo…” ¿Por qué? Básicamente, porque me gusta oír a la gente citando este tipo de cosas (cuando les gustan, claro), incluso cuando tienen que ir hasta una librería para buscarlas por recomendación. Molestar a los lectores. Me veo, por otra parte, en la obligación de explicar los motivos de esta decisión en concreto (debe haber pues, un tira y afloja entre el autor y quien sufre conmigo): Muchas veces se me califica con esta palabra tan científica: Pelotones de señoras (y señores) maduras me catalogan así. “Si dedicarse a varias cosas es esto, por favor, no me llamen así.” Tengo la convicción de que la curiosidad no siempre es síntoma de dedicación plena a las tareas que sean. Debo añadir, a todo esto, que la incertidumbre por algo que se resiste a ser nominado tiene su sentido y su sentir en un momento de indecisión por lo que escribo. ¡No sé cómo abarcar con un titular todo esto que, lo aseguro, me supera! Pero comencemos por el principio: Salía el otro día de la Facultad de Bellas Artes para tomar el autobús rumbo a un fin de semana inolvidable (o al menos, eso esperaba con mi carácter optimista). La parada se encontraba frente al edificio de arquitectura. A la izquierda tenía el INEF, pero apenas se podía ver desde mi posición. Frente ami y separado por una carretera, una serie de alumnos iban saliendo del centro con unas extrañas máquinas con las que medían cosas abstractas apoyándolas en el suelo. Se les veía felices, tanto como los alumnos de botánica a los que se les da un día de asueto en el Retiro para recoger muestras. Parecían haberse hechos dueños de aquella extraña manzana de extrarradio. En este día, hasta los edificios de por allí me parecían hermosos, de modo que no me detuve mucho más en el detalle tan juguetón de aquellos infelices en recreo. Cuando llegó mi autobús, fui a levantarme y a sacar el bonobús, pero pronto comprendí que en ese no iba a poder montarme (de todas formas, habría hecho el ridículo al subir, puesto que lo que había sacado eran las llaves de casa- la noche anterior había tratado de entrar en el portal con el bonobús, claro). Entonces, comenzó el “Unheilm”: Brigadas de arquitectos bajaban con sus cacharros propios dispuestos a unirse a la expedición de los que ya había en tierra firme. ¡Cuál fue mi nueva sorpresa al comprobar que estos encaminaban sus pasos hacia mi facultad! Tan decididos como fueron andando, actuaron golpeando la puerta de entrada con aquellos inventos de Satanás. Tanto aporrear al cántaro que al final brotó en fuente, y los goznes vencieron para dejarles entrar. Repasé el calendario: “Viernes 16… ¿Qué pasa? ¿Qué festividad puede ser?” No daba con la solución, de modo que guardé el crucigrama y continué con una sopa de letras (siempre son más fáciles… que un sudoku). Las brigadas se convirtieron en hordas. Digo esto porque las copas de los árboles del jardín de la entrada al lugar profanado comenzaron a tambalearse hasta caer (estos los que no acabaron incendiados). ¡Y yo de brazos cruzados! ¿Pero ¿qué hacer? Decidí meterme en la boca del lobo o, como se dice vulgarmente, cavar mi propia tumba: Entré en el edificio, pero utilizando el trayecto trasero. Salté una de las empalizadas hechas de troncos de presa (y cortados por hábiles dientes de castor) y subí por una de las escaleras de incendios que todavía no habían sido incendiadas. Llegué al piso segundo y salté por una ventana sin pensar en el posible cristal que finalmente, no había (debido a que no había sido repuesto por miedo a que lo volvieran a romper. ¡Gracias al vandalismo, de verdad lo digo!) Me encontraba en el pasillo de restauración (paradojas de la vida). Algunos alumnos que todavía no se habían olido la sardina, retocaban con meticulosidad unos copias de réplicas de lienzos antiguos. Me dirigí a uno de ellos para pedirle una espátula que guardaba en el bolsillo de la bata, y ante su negativa, se la robé. “Estad más en guardia que vuestro compañero- les dije a los demás- porque aquí va a pasar algo gordo.” Tras las esperables caras de extrañamiento, llegó la primera ola de arquitectos, trepando casi con el ascensor. ¿Qué querían? Aún no lo sé. ¿Por qué actuaban así? Esto es un enigma mayor. Pero no importaba, porque la dicha era buena. Antes de que mis compadres pudiesen reaccionar, yo salté a la estrada y enarbolé mi cuchillito de punta redonda para rebajar los ánimos. Ante tamañas razones, los arquitectos becados abandonaron su propósito para encontrarlo en el piso de más arriba. A uno de ellos le estampé un cuadro de Cristo y le dejé hecho un Ecce Homo. Los otros se dieron más prisa en subir pero les cogí en su huída haciendo uso de las escaleras de incendios de nuevo, esta vez estrellándome contra la otra ventana con cristales todavía. En el piso de dibujo técnico, saqué todo tipo de armas puntiagudas de las clases (escuadras, cartabones) mas los pinchos de los compases. Tracé todo un campo minado con todos estos elementos, de modo que tuvieron que subir un piso más. Allí, les sorprendí destapando todas las botellas de aguarrás y algunos cayeron sin sentido en el suelo. Ya en la azotea, capturé a los pocos que quedaban y, maniatados con una cuerda marinera (que no sé de dónde saqué) grité para los de abajo mostrándoles mi presa. Viendo el percal que les tocaba, retrocedieron en sus pasos y volvieron obedientes a su facultad. ¡Lo había conseguido! Pero… Un momento… Quedaba la planta baja. ¡En la cafetería han podido parapetarse algunos! Dejé el grupo de secuestrados tomando el aire en equilibrio sobre la cornisa y llegué a las catacumbas del templo. Allí, en efecto, un par de rebeldes trataban de sacar chocolatinas de una máquina. Como ni les devolvía el dinero ni les daba lo que pedían, la agitaban casi volcándola entre los dos. Yo llegué y conecté el enchufe (sospechaba que lo que pasaba debía de tener algún tipo de relación con la electricidad, así que actué casi con convencimiento). ¡Les había dado toda una lección! Humillados, corrieron con la cabeza baja hasta la salida.
Cuando todo hubo pasado, todavía me cabía una pregunta: ¿Por qué no había nadie- que no fuera restaurador- en la facultad?

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Esfinge (inspirada en la del despacho de Freud)

>> jueves, 15 de abril de 2010



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¿Coincidencia? (una mañana de domingo en la Cuesta de Moyano)


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RECUERDO DE MANUEL DE FALLA

>> miércoles, 14 de abril de 2010

Se acabaron los días de vestido blanco. Ahora ya no me atrevo a salir de mi propia casa. Aquí, este pequeño sueño granadino donde tantas cosas acontecieron, ahora se ha convertido en mi prisión. Me asomo por una de las ventanas traseras y no veo más que cielos rosados, símbolo inequívoco de destrucción. El mismo que anuncia el amanecer en “El Amor Brujo”, es el que ahora recibe, casi como fatal premonición, lo que nunca se nos debía de haber dado. ¡Y pensar que yo deseaba que todo cambiase! Como el bueno de don Miguel de Unamuno, apoyamos la causa. ¿Deseábamos por tanto todo esto? Le escribí a Manuel Azaña una carta, al comienzo de la contienda, pidiendo que frenara los ataques sucesivos a iglesias y los asesinatos a los religiosos. En mi profunda fe cristiana, deseaba que aquel sacrilegio fuese frenado, no quedarme de brazos cruzados ante tal barbaridad. Pero el presidente de la República andaba ya ocupado en muchos asuntos y no recibí respuesta.
Me he construido un andador con el que desplazarme por toda la casa. En el salón, todavía recuerdo a grandes amigos de cuerda, charlando de todo lo que se nos pasaba por la cabeza. Debussy, Ravel, eran invitados asiduos a estas tertulias. Solo les pedía una cosa: dejar la política apartada. Reconozco que soy maniático, hipocondríaco y supersticioso. De lo último se excusa mi obsesión por tener en mi casa un número de moscas pares. Podía haber dos, cuatro o seis, pero nunca una, tres o cinco. Todo también se engalana de color azul.
En el piso de arriba conservo un regalo pictórico de Federico. Ahora que he conocido su fatal destino, no puedo por menos que darle la espalda. Verdaderamente, ese dibujo me interroga. Sus enigmáticas creaciones nunca dejaron de sorprenderme. Tenía verdaderamente él un ojo para los cataclismos. Temía siempre su propia muerte. No quiero recordar su voz alegre, que todo lo empapaba. Cuando venía a recibir clases de piano, nunca pude imaginar que acabaría de gira con la Argentinita, con esas canciones tan graciosas de nuestro popular repertorio.
Cuando comienzan los fusilamientos diarios, me escondo dentro de la despensa del piso de abajo para no oír los disparos. Me tapo los oídos porque siento que en verdad sangran. Chillan como rechazo a esta percusión tan siniestramente rítmica. Un unísono devastador, una voz de metal y fuego que arrasa con todo lo anterior no dejando posibilidad a un después. Un silencio imposible es lo que se escucha después. ¿Dónde quedó ese pueblo de “El Sombrero de tres picos?” Lo cierto es que nunca existió, todo fue producto de mi mente, de mi propia sensación creadora. Así como los testimonios de la guerra de Goya, así recabo yo todos los elementos de un sentimiento.
Recluido, anhelando un pasado irrecuperable y con los ojos desencantados ante un futuro inexistente. Habíamos conseguido una España libre que parecía caminar con pasos de gigante… un gigante con pies de barro. Ahora, todos los figurines de mis ballets guardan polvo y paciencia en baúles preocupados por desteñir y avejentar lo que guardan. Ahora veo lo que realmente son: espectros de maniquíes, faltos de cuerpos que ¿regresarán?
Cuando bajé a preguntar en jefatura si sabían del paradero de mi Federico, parecieron mirarme como enemigo, tal vez como lo que nunca fui: temerario. Con una sonrisa diabólica se me contestó que “ese ya se había llevado su merecido y que quizá corriese yo la misma suerte”. Todo lo que parecía ser como figura eminente de las artes contemporáneas desapareció con la presteza que la injusticia marca. Ahora, aquellos a quienes se admiraba se persiguen. Un rencor exacerbado por sus propios motivos, puede ser esta una definición aproximativa. Tan solo estos momentos pueden ayudar a que las malas hierbas crezcan.
Cuando todo esto termine me marcharé… pronto, muy pronto. Amo a España, pero quizá mi ideal, como toda cosa mental, haya sido creado y no exista salvo dentro de mi mente. Mi España nunca existió.

14 – 4 – 10

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Doble imágen

>> martes, 13 de abril de 2010


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Nosferatu: No apto para cardiacos

Carteles originales de su estreno en España

Agradecimientos: Javier Ramirez Serrano



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OJOS

Golpeando fuerte
Negando el texto
Reclamaba la atención

A nadie le importe
Lo que escribo
Petición de última hora

Miradas
sin nada
mejor que hacer
girad vuestros ojos
dad la vuelta
hacia otro lado

Los ojos se clavan
Como agujas…
Buscando lo que yo
Quiero decir
Pero no quiero que lean
Ni oigan / de mí

En la oscuridad
Brilláis mejor
Miráis con más rotundidad
Ojos apartados del cuerpo
Desprotegidos de la carne
Peligrosamente blancos
Mirando al mismo pupitre…

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RE-DESCUBRIMIENTO

La cara del ángel se parecía a las transiciones que sufren aquellas caras que creemos en la distancia conocer y resultan ser finalmente completas desconocidas cuando pasan delante de nosotros. Su altura era tan inmensa como su alma, su espíritu hecho de carne de aprendizaje. Realizado con unas pocas líneas de colores, resultaba casi un armazón suficiente como para reconocerlo en su apariencia, nada más. Una construcción solo de pilares, esperando a su resguardo. Esto fue lo que realmente me cautivó aquel dibujo. Resultaba una portada excepcional. “¿Cuál es el título y el autor?” No me importa, tan solo la editorial… “¿Compras un libro por su presentación?” En efecto, fue un amor a primera vista. “¿Vas a abrirlo alguna vez?” ¿Y deteriorar su cubierta y su encuadernación? ¡Nunca! Solo necesito el editor, como ya digo. Busqué errante con el testigo de una hoja de papel- donde iban anotados los datos, para mí irrelevantes- durante semanas, rastreando cualquier lugar que vendiese libros. Nada. Creí haberme vuelto loco, haber alucinado aquel día. Volví a la fuente: “Clara, déjame ver tu libro otra vez”. No hacían falta más detalles. “Su Libro”. Fue directamente al estante y me lo alcanzó desde su posición. Volví a ver aquella preciosidad grabada a fuego de tinta. Entonces, hice lo que antes me había privado de hacer: pasar mi mano por encima. Rápidamente noté un cierto relieve en las líneas gráficas. Indignado, levante la mirada hacia mi compañera y la interrogué: “¿Qué significa esto?”. Entonces ella me contestó con increíble normalidad: “Lo hice yo. Es acrílico. Perdí la portada y decidí reinventarla”. Un libro blanco abarrotado de aburridos trazos hechos por una amiga. “¿Podía ella en verdad poseer todo este manantial en su pulso tembloroso diario? Miré sus manos: Tenía un talento oculto (e innato, supongo). “¿desde cuando te da por hacer estas cosas?” Ella me contestó con la misma tranquilidad anterior: “Desde que decido marcar las lecturas que me han marcado, darlas mi propio valor.” Noté en sus palabras una falsa modestia como de agradecimiento. Aún así, me conformé con esto. Era más de lo que podía pedir, abusaba demasiado de su confianza. “Devuélvemelo” dijo, pero para entonces ya había salido de su casa. Cambiar una amistad por un dibujo “divino” no está tan mal, de verdad.

13 – 4 – 10

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AMBIENTACIÓN

>> lunes, 12 de abril de 2010

Para poder hablar por teléfono necesito dejar todo a oscuras. Es la única forma que tengo de concentrarme frente a una voz que, sin rostro, me habla. Solo hasta que tengo todas las persianas bajadas y la última luz de la habitación apagada, por mínima que sea, puedo coger ya el auricular cuando es a mí a quien me llaman. Cuando decido yo la llamada entonces realizo la tarea, como puede imaginase, mucho más relajado. El último que dignó a llamarme se ahogó en un vaso de agua. Estaba bebiendo entre frase y frase y, en una de ellas, comenzó a toser hasta que dejó de oírse su voz. Esto quería decir que había quedado inconsciente al otro lado del aparato. Me imaginé perfectamente la situación desde el primer momento: cómo tragaba antes de terminar de hablar por error, el toser violentamente hasta caer con su cuerpo en convulsiones al suelo. Su agitarse como un pez sin agua hasta quedar inerte. No recuerdo el motivo de su llamada, pero coincidía conmigo en lo de apagar las luces para la conversación.

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"Damunt de tu només les flors"

>> domingo, 11 de abril de 2010

Siento no poder poner el enlace directo al video.
Se trata de una maravillosa pieza de voz y piano de Frederic Mompou. En la película aparece Victoria de los Ángeles cantándola en su casa y acompañada al piano por el propio autor. ¡Una pieza de coleccionista!

http://www.youtube.com/watch?v=WxhL33vqxU4

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CUESTIÓN DE TALENTO



Había un individuo pegando voces. Al parecer se trataba de un alumno. Cuando él llegó al taller de escultura, yo ya llevaba una hora en él trabajando. ¿Por qué estaba tan enfadado? Quizá porque algún gracioso (por ejemplo, yo) había escondido la radio en alguna parte. Ahora sonaba música clásica, mucho mejor que aquella otra que ponían en una emisora para adolescentes. Ya estaba harto de escuchar a jóvenes talentos cantautores interpretar con sus guitarras lamentos por novias perdidas. Esta pequeña venganza musical no la había urdido en solitario: me había valido de otro compañero que se hallaba en la misma situación que yo. Pensamos “¡un poco de Brahms no les vendrá mal a estos enamorados del pop!” Y así, fue: ahora, sonaba la Cuarta Sinfonía.
Creo que fue aquel curso en el que el profesor me dijo al llegar el verano: “Voy a aprobarte porque eres un chico voluntarioso, pero debes prometerme que no volverás a coger ninguna asignatura relacionada con la escultura”. Yo también estaba de acuerdo: dejando este noble arte, le hacía un gran favor al mundo de la cultura. En lo que llevaba de año, solo había conseguido hacer aberraciones. La última fue una copia de un esclavo de Miguel Ángel, de esos que parecían salir de un bloque de piedra. Pensaba en las palabras de Anaximandro: “El hombre piensa porque tiene manos”. Luego, me miraba las mías y entonces llegaba a la conclusión de que si ellas obedecían las órdenes de mi cerebro debía de ser un completo imbécil. ¿Cómo era posible? ¿Por qué no era capaz de reflejar en una pella de barro lo que una lámina fotográfica me contaba? Me pasaba como a Penélope, que tejía y destejía. Era una cosa extraña, pues no era capaz de avanzar en el modelado: cuando daba un paso adelante, a continuación daba dos atrás. Aquello nunca avanzaba, siempre se encontraba en un estado de feto avanzado. Nada más.
Era segundo de carrera. En aquella época ya se estaba gestando en mí el interés por lo teórico. Las asignaturas relacionadas con la Historia del Arte, la filosofía y el ensayo me fascinaban. Lo cierto es que di con muy buenos profesores (mejor dicho, con buenos oradores). Todos ellos le daban una gran importancia a otras parcelas de la cultura: la literatura, la poesía, el teatro, el cine… En el caso de este último, había grandes figuras a idolatrar como Rosellini. ¿Por qué a la gente le gustaba tanto “Alemania Año Cero”? Yo no podía dejar de reírme viendo a unos sujetos que en teoría eran berlineses hablando italiano. Resultaba tronchante. Luego llegó “Las Hurdes”. A Buñuel le sorprendía el carácter de aquellos individuos que no eran capaces de abandonar aquel lugar miserable. Yo me sentía, en el fondo, como un hurdano. España se iba al garete y la gente que me rodeaba trataba de salir de aquí, de explorar nuevos mundo en busca de suerte. Yo, por el contrario, me resistía a marcharme, no ya de España, sino de Madrid. Mis compañeros no podían comprenderlo. Me ligaban a España tantas cosas culturalmente hablando (tantas cosas conocía de ella y mis compañeros no) que, cada vez que uno de ellos me preguntaba por qué no quería irme de aquí, le respondía: “Seguramente al intentar irme estaré quitándole una oportunidad a alguien. Ese podrías ser tú. Yo no sabría aprovechar la experiencia como vosotros.” Miraba la copia del esclavo y pensaba en aquella obra de Delacroix en la que Miguel Ángel aparece repanchingado en una poltrona de su taller esperando que las musas lleguen. Está sin ideas y esto le trastorna. Yo le comprendía: “Estoy haciendo una copia de una de tus obras porque a mí tampoco se me ocurre nada que hacer… pero como tengo que entregar un trabajo al profesor, prefiero copiar deficientemente algo coherente que inventar algo absurdo”. Trabajaba con el palillo de madera sobre la materia sin resultados dignos. Vaquero Palacios, hijo de Vaquero Turcios, le contó una vez a mi profesor de pintura Carralero que las personas con “genio” siempre tenían un as en su baraja. La cuestión estaba en jugar y jugar hasta que surgiera de entre todo el mazo la carta deseada. Quien no juega en este sentido (quien no trabaja y trabaja en una obra luchando con ella en su proceso), nunca encontrará su as. Claro que, si la persona carecía de genio, ya podía jugar a las cartas que nunca encontraría la carta. Yo, en escultura, no tengo genio (ni en otros campos relacionados con la visión espacial). Las tres dimensiones nunca fue mi amiga.
A Carralero le hablan los grandes genios (al menos eso nos dice). Desde joven, siempre que va al Museo del Prado, dialoga con Velázquez. “Él me habla a mí y yo le hablo a él”. En una ocasión, andaba pintando en la antigua escuela de Bellas Artes de San Fernando en la Calle Alcalá de Madrid. Ese día había venido a posar una gitana que había sido modelo del mismísimo Romero de Torres. Así se ganaba la vida, yendo a posar para los estudiantes o vendiendo algo por la calle. Carralero debió sentir una gran responsabilidad. A esa mujer no podía pintársela de cualquier modo. ¿Qué hizo? Salió de la escuela y bajó corriendo las calles hasta llegar al Museo del Prado. Cuenta que incluso llevaba todavía la bata puesta y que un vigilante del museo le hizo quitársela. Una vez entró de nuevo ya sin problemas, se fue hasta la sala de Velázquez. Allí, el maestro le habló: “¡Muchacho! ¡Si quieres pintar bien no puedes pintarlo todo! Tienes que saber resumir lo que ves, simplificarlo en el lienzo”. Satisfecho del consejo, Carralero tuvo tiempo de volver a la clase para pintar definitivamente a la gitana de Romero de Torres y el resultado (siempre según él) fue excepcional.



Si hay algo con lo que coincido con Carralero es en la visión que tiene del retrato como “paisaje”. Quien ve un rostro pintado ve también montañas, árboles, ríos y vegetación.
Quien ve al bufón Calabacillas de Velázquez ve una gota caer en el agua. Ve las ondas que se alejan del núcleo, cada vez más grandes, cada vez más difusas. La frente del Calabacillas es la zona de agua donde impacta la gota. Todo lo demás (incluyendo las calabacillas) es manto negro. Goya habría pintado la gota en los ojos estrábicos del simpático personaje. Velázquez no destaca su defecto físico, tan solo lo insinúa entre sombras. La alegría del personaje se muestra en su sonrisa y en sus manos. Parece inquieto como el rabo de un perro. El triángulo que conforma la composición del cuadro nos recuerda las pirámides de Egipto o La Trinidad. La perfección, en una palabra. Eugenio D´Ors nos describe el retrato como lucha del artista. En un principio, en el primer esbozo, es cuando más se parece. Luego, a medida que la obra trata de parecerse en los detalles al retratado, va surgiendo y desapareciendo en un desafío sin igual. Hay quien se rinde y decide poner fin a la obra firmándola. Luego está quien prosigue hasta tratar de encontrar ese as en la baraja. He aquí otro relato de Carralero:
Un día, le proponen retratar a un personaje histórico de la etapa republicana española. En lo único en lo que puede apoyarse Carralero es en unas fotografías de carnet del sujeto a retratar. ¡Qué remedio! Él se resiste en un principio a realizar el retrato si el modelo no posa para él en vivo y en directo, pero finalmente acaba pensando que conseguir a Saint-Exupery habría sido más sencillo que localizar a aquel hombre, de modo que accede a la propuesta. El resultado convence y el cuadro se cuelga en el ayuntamiento donde el retratado “impartió justicia” durante los años treinta. Era, al fin y al cabo, un homenaje del pueblo hacia quien lo gobernó en un periodo tan interesante de la Historia de España. Pasa un tiempo y Carralero recibe una llamada. Sucede entonces el milagro. Aquel con quien habla es el personaje que retrató. ¿Qué es lo que podría querer? El fantasma revivido le pide a Carralero que le pinte dos retratos de su mujer. Él vive en Galicia y finalmente viaja hasta el estudio del pintor para concretarle su encargo. Al llegar allí, de nuevo la decepción: el hombre le trae dos fotografías de la futura retratada. La mujer había fallecido tiempo atrás. Carralero le pide al menos que le hable de ella. El viudo apenas puede decir algunas cosas pues se impresiona fácilmente al tocar este asunto. Carralero le despide y, tras pasar un tiempo, le vuelve a llamar ya finalizados los cuadros. El hombre esta vez viene con su hijo. Los dos suben al piso del estudio donde se encuentran las obras. El hijo, al ver los retratos sufre una especie de trastorno que le obliga a bajar hasta la calle sin dar explicaciones. Por el camino, la entonces suegra de Carralero se encuentra con él y le pregunta qué le ocurre, a lo que le contesta: “¡Eso no se pregunta, señora!” Al rato, vuelve a subir y pide perdón por lo sucedido. “Había visto a mi madre” dijo.
Lo mismo sucedió con el padre cuando posó para Carralero (esta vez ya en vivo y en directo). Este, no conseguía extraer en su cuadro un gesto que le complaciera de su retratado. ¿Qué es lo que sucedía? El gesto de la boca creaba en el rostro una infinita melancolía. Carralero descubrió que el hombre tenía ante sí los retratos de su mujer, por lo que hubo que retirarlos para lograr que su cara sonriera. La fuerza del retrato cuando este se parece a su dueño (y si no, ya se parecerá que diría Picasso). Cuando el asunto funciona es cuando se cuentan estas historias. La magia de la pintura. Y, seguramente, Carralero no pintó rostros sino sierras, cordilleras y lagos.

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Vida y muerte (homenaje a Manuel Benedito Vives)




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RODAJE DE "ZALACAÍN EL AVENTURERO" (Fragmento de "Historia de la casa que nunca conocí"

Nota aclaratoria de presentación: Me limito a reconstruir la época de infancia de mi abuelo paterno, mediante la información recabada que mi familia me proporcionó. "La casa que nunca conocí" hace alusión a la vivienda familiar que mis bisabuelos tenían en Estella (Navarra), donde mi abuelo vivió y la cuál llegó a conocer mi padre.


Cartel de "Zalacaín el aventurero", adaptación cinematográfica de Francisco Camacho (1929)


Colocaremos la atmósfera de manera rápida y concisa:
La casa tenía tres pisos, uno de ellos bajo tierra, donde se almacenaba la sal. La entrada era como la de todos los caseríos, de portón grande divido en dos. Uno se chocaba de frente con el cuadro de La Última Cena en relieve plateado y, si seguía con la vista hacia arriba, veía una escalera de peldaños crujientes. En el primer piso vivían los dueños del edificio. Estos, alquilaban las otras plantas. El segundo se encontraba deshabitado. Tan solo quedaba en él un arcón en el que mi padre, de pequeño, descubrió un uniforme militar. Creía que era el que había pertenecido a mi abuelo durante la guerra, y esto le dio a fabular muchas cosas. Luego, descubrió que era en realidad de un primo, que pasaba por allí para cambiarse e ir al cuartel. Ya al final del todo, en el tercer piso, vivía la familia Mateo de alquiler. Cuando murieron los padres de mi abuelo, la casa fue derruida y, en su lugar, se construyó un edificio con su portero y todo. Se despedaza así un trocito de la historia de ese pueblo venido a ciudad (porque quiso modernizarse, como todo hijo de vecino). Esto desde luego no ayudaba a mejorar el turismo, pues a los visitantes les encanta ver aquellas casas que un día dieron significado a un lugar. Verlas pero desde fuera. Para dormir ya están los hoteles “aclimatados como casas rurales”. Y es que aquellas casas de entonces carecían de calefacción y de baños, por lo que un repaso higiénico de cuerpo entero solo podía ser posible en el río más cercano: el del parque de los Llanos. Ese río también resultó aclimatado con el auge turístico, siendo convertido artificialmente en playa en los años setenta. Luego cayeron en la cuenta de que resultaba un negocio poco rentable esto de estar constantemente reponiendo la arena que el agua se llevaba (dejando al descubierto los peñascos). Hay postales que dan fe de que aquella playa existió, sólo hay que buscar en los archivos históricos. Pero volvamos a aquella casa:
En invierno, la falta de calefacción se suplía con aquellos braseros de mango que se posaban y pasaban sobre la cama durante un tiempo para calentarla. Aún así, los sabañones eran imposibles de evitar. Hay una anécdota real que ilustra la etapa previa al invento del brasero: la contaba una de aquellas señoras que, por las tardes, tenían a bien invadir la casa de la vecina conocida- siendo casualmente esta vecina mi abuela- para distraerse de la monotonía diaria. Esta señora traía su propia silla de casa (un detalle es un detalle) y en ella se sentaba. Por entonces, la casa familiar se encontraba sita en el número 54 de la calle Fernán González (Madrid), donde yo llegué a vivir los primeros nueve años de mi vida.
Mi abuela, cuando me contó esta historia, no recordaba el nombre de esta señora, y yo no voy a inventármelo porque no quiero atacar a la verosimilitud del relato, de modo que obviaremos la concreción en este sentido del personaje; hablaremos de hechos, en concreto de uno: Esta señora usurpadora, en sus años jóvenes fue chica interna en casa de un señorito. Esto que voy a contar sucedió nada más entrar allí: Una noche, cuando el amo entró en su dormitorio, se la encontró dentro de la cama. Le preguntó qué hacía. Ella le contestó que “calentarle la cama”. Después, el malentendido dio lugar a un buen entendido entre los dos ya con la luz apagada.
 
Para ir a la escuela, se debía de cruzar la Plaza de los Fueros, donde estaba situada la casa; después, se atravesaría la calle Mayor, se llegaría a la estación de tren que recientemente inauguró Miguel primo de Rivera y, por último, quedaría entrar en Los Llanos, el parque dentro del cual estaban las Escuelas Pías Calasancias.
Pues bien, en ese año se estaba preparando un acontecimiento único  en el pueblo. El rodaje de una película que llevaría como título Zalacaín el aventurero, basada en la novela homónima de Pío Baroja, y contaría con las actuaciones de Pedro Larrañaga (recordemos su inolvidable interpretación en “La aldea maldita” de Florián rey), Andrés Carranque de los Ríos (prototipo de hombre bohemio en toda regla) e incluso del propio Pío Baroja, haciendo de jefe carlista, y de su hermano Ricardo, interpretando al abuelo de Zalacaín (Ricardo, hombre de vanguardia, dio más muestras de interés por el cine en otros proyectos como “El sexto sentido” de Nemesio Sobrevila). 

Pío Baroja, en el papel de jefe carlista en la película


La gente del pueblo cobraría algunas pesetas por aparecer de extras “en su propia salsa”, pues el film se rodó en escenarios reales, evitando en parte decorados. En la novela, Baroja sitúa a Zalacaín en Estella durante un par de capítulos.
El pequeño Vicente, que contaba con solo diez años, avanzaba por la Plaza de los Fueros como rana por palacio sintiéndose un extraño en su propia tierra. La plaza había sido literalmente tomada por el director y su equipo. Recordaba la toma en la que Doña Encarna bajaba, quinqué en mano, por la escalera del portal de la casa que ella misma regentaba, mientras el supuesto Zalacaín (Pedro Larrañaga) se guarecía bajo el hueco de ésta, esperando no ser visto. Era curioso ver todo aquel entorno creado de la nada, aquella novedad inesperada. No le importó retrasar su camino al colegio unos momentos.
La sorpresa no terminó aquí, ya que el planning de rodaje tenía preparadas unas escenas de acción: En la huerta de mi tatarabuela se hallaba un carro dentro del cuál habían jugado mi abuelo y sus hermanos muchas veces. Pues bien, dicho carro sería el utilizado para la escena de la huida apresurada de Zalacaín y de su amada novicia, la cual se deja raptar voluntariamente del convento de las Recoletas. Cuando mi abuelo fue a ver la película al cine, quedó maravillado al comprobar cómo aquel desvencijado carro había sido transformado-gracias a la magia del cine- en una diligencia que nada tenía que envidiar a las empleadas para los filmes del Oeste americano (aquellos en los que salía Tom Mix y que tanto gustaban al pequeño Vicente). Aquel niño encontraba en el séptimo arte una forma de evasión tras las horas de estudio… una forma de sentirse acompañado por esos héroes cuyos nombres nunca le enseñaron a leer correctamente: Donde ponía John Wayne él leía “Jone Vaine”. Donde debía de decir “Baster Kiton” él pronunciaba “Buster Keatón” (o “Pamplinas”, que era más fácil). Un desconocimiento del inglés que afectó a más de una generación (mi madre recordaba oír decir a su abuelo “Ipiés” en lugar de “Hippies”, por ejemplo).
Mi abuelo vio venir, con esta aventura, al cine hasta la puerta de su casa. ¡Pedro Larrañaga, el gran actor español, había entrado en su mundo, ahora expuesto impúdicamente en la pantalla ante un gran número de gente, y bajo la forma de aquella carreta! En la pantalla, se veía cómo se ponía en peligro aquella escapada barojiana al salirse una de las ruedas de aquel trasto familiar. Pues bien, una descripción tan simple quedaba bellamente narrada, casi angustiante.
Unamuno renegaba de ver las obras de teatro en cine o incluso las novelas, ya que para él era cosa descabellada por no decir imposible. Sus teorías se desbarataron seguramente con este tipo de películas, a pesar de su tozudez como la de todo buen filósofo o crítico. Creía que el cine era incapaz de mostrar otra cosa que personas agitándose patéticamente para ser traducidas por carteles. Ciertamente resulta muchas veces innecesario incluso fuera del cine: el perro de Tintín, por ejemplo, no necesita de bocadillos, se entiende perfectamente lo que quiere dar a entender con el dibujo. En general, los tebeos de Tintín se caracterizan por un angustiante uso de las letras sobre los dibujos.

Fotografía de una escena de la película correspondiente a la pelea entre Pedro Larrañaga y Andrés Carranque de los Ríos


Otro de los pasajes que mi abuelo me narró de aquella aventura, corresponde al momento en el que el rodaje tuvo que retrasarse, debido que Larrañaga fue herido durante la filmación de una de las escenas. En ella, él (Zalacaín) tenía que huir de los carlistas cruzando un río (el río Ega) a nado. Mientras unos chavales del pueblo, por orden del director, tiraban piedras menudas al agua para simular disparos, algunos extras disfrazados de carlistas disparaban con escopetas. Una de esas balas alcanzó a Larrañaga, y tuvo que ser operado por el doctor Simón Blasco Salas. Esta película, al igual que la casa del título, ha desaparecido, pero las solas explicaciones de mi abuelo y el conocimiento por mi parte del entorno en que se desarrolló ya me daban color y forma al tema. Conocemos el remake realizado por el cineasta Juan de Orduña en los años cincuenta, pero para mí sigue teniendo algo mucho más interesante este primer intento de acercamiento a la novela por parte de un cine todavía en pañales, deseando darse a entender. No obstante, la segunda película ofrece un aspecto bien interesante, introduciendo al escritor y autor de la obra como un personaje más (desdoblado en él mismo con su breve aparición y en la del actor que le interpreta en su juventud): un Pío Baroja joven que visita el cementerio y se encuentra de bruces con la tumba de Zalacaín, fórmula con la que dar comienzo al relato.
En cualquiera de los casos, Zalacaín muere de forma traicionera y su nombre pasa a formar parte de la leyenda, como el de Roldán o el de El Cid, que sigue asustando a sus enemigos una vez muerto.

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Pío Baroja en la pelicula "Zalacaín el Aventurero" (1955)

Interesante fragmento en el que el escritor se interpreta a sí mismo al igual que el director del filme, Juan de Orduña.

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EL VIEJECITO QUE SE SENTÍA PUDRIR

>> jueves, 8 de abril de 2010

Los viejecitos poseen una curiosa característica: huelen a viejecito. Pero, de entre todos los viejecitos, si debemos de destacar a uno con esta cualidad, este era concretamente nuestro viejecito. Un viejecito que comenzó a notar su olor y sentirse mal. Todo esto tuvo lugar aquella noche en la que soñó que se veía en una fotografía distinto: “Vaya, yo con gafas de sol (tenía los ojos sensibles, hasta ahí todo normal), con una sonrisa feliz, como acolchado. Bendito sofá tapizado en rojo… ¿Por qué estoy raro? ¡Ah, debe de ser porque estoy dentro de un féretro!” Nada más decir todo esto, todo su onírico cuerpo se erizó. “¡Qué mala cara tengo muerto!” Acto seguido, trató de convencerse de lo imposible: “¿Yo en un féretro? ¡Jamás!” Entonces llegó el sobresalto verdadero y despertó. Rezumaba todo a sudor agrio, propio de un cuerpo agrio. Buscó en la oscuridad un bote de colonia y lo encontró: Agua de colonia Álvarez Gómez. “¡Adornará con elegancia la senectud!” Le serviría justo para su fin. Se bañó en fragancias, sin amilanarse ante la cantidad de líquido que aquel cuello de cristal desprendía en la invisibilidad. Cuando quedó en paz con su propia exigencia, descubrió que ya nada quedaba dentro del contenedor de petaca. Lo agitó para convencerse y volvió a dejarlo sobre la mesilla. Se quedó con los ojos cerrados (en la misma situación de visión, vaya) y pensó entonces: “Mi cuerpo está comenzando a avisarme de lo que llegará tarde o temprano, con fotos o sin ellas… ¡Quién fuera ermitaño para cambiar de caracola!”
Al día siguiente, en la calle, desde lejos todas las personas le resultaban iguales. La obviedad no le dejó indiferente.

“¡Cómo se parece la gente
entre ellos
desde lejos!”

Y es que lo único que reconocía ya en matices era los olores. Todos exhalaban aromas de la primera primavera, de nupcias de verano o madurez de otoño. El retiro, en su encierro, tenía un hedor que rápidamente se aparecía a sus aletas nasales. “¡Ni siquiera los que como yo son huelen de esta forma!” Todos llevaban jerseys-chaleco de pelotillas, gafas de montura gruesa casi como de mineral terrestre en sus accidentes, pelo engominado (o mal estofado) y mentones afeitados que no parecían aceptar ya signos de barba. “¡En esto sí nos parecemos, pero sus olores no tienen parangón con los míos!” Rápidamente fue a una droguería a por un cargamento de la misma colonia que había acudido, como en rescate, a su ayuda desesperada. Le daba vergüenza entrar, pues el establecimiento era pequeño y desde la puerta el tendero notaría seguramente su necesidad, casi sin necesidad de presentársela como tal. Ante esto, decidió caminar sobre todo por grandes plazas con tantas salidas como pudieran. Luego, salió al campo y allí se restregó con toda clase de hierbas y flores. Llegó a una ciénaga y despareció en el barrizal para salir como un hombre nuevo. Pero la peculiar característica continuaba ahí. Ante tal sino, volvió a su casa a por lo imprescindible y se metió en el “Jardín Botánico habilitado con braille para invidentes”. Al llegar al tercer seto, con mano firme, lo arrancó de cuajo de la tierra. En el agujero, se plantó hasta la altura de la cabeza, tapándose con ayuda de los brazos y después agitándose con el tronco hasta devolver la tierra a su lugar. Destensó todo el cuerpo y comenzó a vivir. Es cierto que alguno de los visitantes le pisó, pero esto no le importaba. Se encontraba en paz consigo mismo. Miraba y no le olían.

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PROCESIÓN DE ESPECTROS

>> martes, 6 de abril de 2010

No recuerdo el día en que llegué allí. Mi esposa me había invitado a pasar un fin de semana en un balneario del norte de Alemania. Se anunciaba suculentamente, como “descanso para los que trabajan en exceso”. Yo me las prometía muy felices, entre masajes con lodo y paseos por los naturales alrededores. Allí me planté con mi maleta y mi indumentaria tan blanca como la salud que quería representar. Pero, lo que debía de haber sido un trato cercano y cordial, acabó teniendo únicamente de confianza el dejarme encerrado en mi cuarto sin pedirme ni permiso. Reconozco que comencé a sospechar de la gente del lugar cuando mi compañero de mesa Abelardo se metió en las duchas con el plato de la sopa bajo el brazo. Claro, se le aguó. Yo siempre le decía: “las cosas por pasos Abelardo, primero cenas y luego te lavas”. Pero claro, también le veía siempre eufórico y creía que lo hacía por cosa de abultar y darse importancia. Llamar la atención como un niño pequeño. El resto de mis compañeros no parecían en nada anormales, hasta que un día me di cuenta de que lo eran. Esto, que parece de traca, resultó confuso hasta el último momento. Apenas nos diferenciábamos unos de otros: todos vestíamos con la misma bata y el pelo se nos extirpó como mala hierba. Comencé, con el tiempo, a no ver diferencias entre mi persona y las de los demás. Temí por mi personalidad, por lo que adopté la medida de pedir papel y bolígrafo para escribir diariamente mis sensaciones. Con esta especie de diario puedo ahora reconstruir mi historia. Parece ser que yo estaba enfermo, sí señor. Lo sabía mi señora y no me había dicho nada. Yo siempre soy el último en enterarme. La gente de mi familia, por lo general, me caracterizaba por un elevado concepto del sentido del humor. Ciertamente, había tardado en adquirirlo, pero ahora no me hacía ninguna gracia esta situación. A otros, “sin en cambio”, les parecía de lo más desternillante, pero claro, estaban mal de la cabeza. Yo creo que mi salud mental no peligra, pero tampoco acierto a averiguar entonces qué es lo que puede sucederme. Necesito sanarme ¡pero ahora parece que no es solo el estrés lo que me ha conducido hasta aquí! Alguna carta recibí de esas de bordes redondeados que a uno el impide pensar en tonterías. Mi mujer celebra que esté sentando la cabeza (y si no, seguidamente, me anota que los expertos conseguirán conducirme). ¿Qué le he hecho yo a esta mujer? No lo comprendo. ¿Por qué me ha querido retirar encontrándome yo tan sano? Dicen que igual padezco de tuberculosis, pero de algo habrá que morir ¿no? Además, no descarto que alguno de los pacientes, todavía con el pelo sin afeitar, me la hayan contagiado. He decidido dejar de mirar por las ventanas al jardín (y aún sin ventanas) porque en él se han comenzado a cavar fosas. Lo cierto es que quiero salir para respirar aire puro, pero mi pulmones difícilmente encontrarán ya un ambiente adecuado en el que actuar sin problemas. He decidido que ahora no quiero que me crezca el pelo. La última carta que he recibido de mi señora esposa, me anuncia que ha vendido mis pertenencias por apuros económicos. Dice que es difícil pagar los gastos del balneario ahora que no trabajo. ¡Tiene guasa! Entre la lista de cosas que ha empeñado figura su anillo de matrimonio. Bueno, lo cierto es que me estaba volviendo aburrido, que ya me guardaba el humor para los escritos, con celo para no malgastarlo en conversaciones estúpidas. Ahora miro al calendario colgado en la sala de juegos. Creo que en la fecha que marca no había ni nacido. He encontrado buenos compañeros de billar. Hay uno que esconde la bola negra porque dice que solo trae disgustos. El caso es que a mi tampoco me terminaba de caer agraciada, y, además, hay otros colores en los que elegir. Si a mi me han sustituido por un alquiler de habitación ¿por qué no se va a poder sustituir una estúpida bola negra? Es la aceituna negra en el barril. A todos nos agría. Una muchacha me lanza miradas penetrantes (o quizá padezca de epilepsia). El caso es que me ha enamorado. La he regalado la bola negra para que la ponga sobre la mesa camilla de su cuarto. Ocho años que la recuerdan los que lleva aquí. Como lleva bien los números y se acuerda de cuando entré aquí (me ha dicho que hace año y medio ¡cómo pasa el tiempo!) la he pedido que lleve también los míos. Ayer, en la función que nos invitaron a representar, yo hice de “galán de la rosa”. Siempre decía mis frase mirándola y ofreciéndole la flor que portaba en mis manos desde el escenario. Ella se había quedado dormida, pero no me importó tampoco que no me viera, pues estaba ridículo.
Por fin, tras dos años he salido de allí totalmente renovado. Ella se ha ido sin despedirse, corriendo por el camino opuesto al mío. He pensado en ella como si hubiese estado dormida cuando aquello, así me pesará menos. No sé en qué trabajar (o de quién vivir). Me he hecho una flauta con un hueso y toco a la salida del metro de una ciudad terminada en …burgo. Ahora pienso montar una academia de flautas de hueso, pero nadie confía en mi de momento, porque como aspirante a profesor soy mas bien malo.
Pero la gente se detiene aún así para verme tapar agujeros incorrectos. La música equivocada está ahora de moda. Todos me parecen enfermos de bata blanca, espectros que en cualquier momento pueden ingresar convalecientes en algún lugar no homologado. No está mal (pero tampoco está bien). Ya no pienso en mi mujer, pero espero volver a ver algún día a mi hijo (y que siga pareciéndose a mí).

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LOS MIMOS CONTRA LOS MISMOS

¿En qué momento aquellos personajes, enharinados de pies a cabeza, dejaron de imitar la realidad para imitarse a sí mismos?
Era cierto que hacía ya unos años era corriente el flujo constante de aquellos “expertos gestuales” en la plaza pública de la villa. Los lugareños habían acabado acostumbrándose a ser perseguidos para conseguir de ellos una atención de los mismos. Al señor gordo, encorvado y menudo que se dirigía presto hacia el banco para cobrar un cheque pronto se le unía, como sombra en día oscuro, uno de estos personajes sin personalidad, un don nadie que era un representante en realidad de todos. Encontraba como fuese un cojín y se lo colocaba sobre su verdadera tripa, extraía exageradamente su labio inferior e hinchaba sus mofletes hasta ponerse casi colorado, se recogía el pelo hacia atrás y se encorvaba espalda y rodillas hasta adoptar exactamente la efigie envidiada. Entonces, el otro, tenía que decelerar y enfrentarse a su propia realidad adoptando una cara de pescado revenido. Otra, una señora de tres perros caniches, de edad disimulada por sabios tintes y con una falda de tubo que la obligaba a efectuar cómicos pasos, era también carne para estas fieras desaguisadas. Todos los que todavía quedaban por imitar seguían riéndose a mandíbula batiente mientras esperaba su hora de cadalso. Por fin, aquello cesó. Creo que fue uno de aquellos futuros mártires el que decidió poner punto a final: fue un día que bajó de su casa con el mismo aspecto por metamorfosear que aquellos nuevos bufones de infinitos reyes. Entonces, fueron sumándose otros vecinos hasta sumar entre todos la misma cifra que los extranjeros de humor blanco. Por fuerza, lograron crear una batalla por demostrar quién podía ser más odioso y a la vez divertido. Cuando todos perdieron el color de tiza por los sudores, cuando ya no había reglas en el juego por tanto, la lucha continuaba. Se turnaban por las noches y no había tregua para los más somnolientos. Finalmente, vencieron los habitantes por derecho del lugar y los otros tuvieron que coger su carromato en busca de un pueblo con más paciencia. Celebraron por todo lo alto la victoria unos, mientra otros continuaban pitorreándose de los últimos rezagados, ya a una distancia de camino (aunque la suficiente como para poder percibir todavía escarnios). Fue entonces que aquellos mimos sin palabras dejaron paso a los otros enyesados sin movimientos: las estatuas. La avenida de los mimos históricos (reyes y príncipes) se engalanó todos los años al cumplirse el aniversario de “la expulsión de los mimos” y se declaró fiesta de interés cultural y nacional.

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Ilustraciones para "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" de Pablo Neruda

>> lunes, 5 de abril de 2010























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