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AMBIENTACIÓN

>> lunes, 12 de abril de 2010

Para poder hablar por teléfono necesito dejar todo a oscuras. Es la única forma que tengo de concentrarme frente a una voz que, sin rostro, me habla. Solo hasta que tengo todas las persianas bajadas y la última luz de la habitación apagada, por mínima que sea, puedo coger ya el auricular cuando es a mí a quien me llaman. Cuando decido yo la llamada entonces realizo la tarea, como puede imaginase, mucho más relajado. El último que dignó a llamarme se ahogó en un vaso de agua. Estaba bebiendo entre frase y frase y, en una de ellas, comenzó a toser hasta que dejó de oírse su voz. Esto quería decir que había quedado inconsciente al otro lado del aparato. Me imaginé perfectamente la situación desde el primer momento: cómo tragaba antes de terminar de hablar por error, el toser violentamente hasta caer con su cuerpo en convulsiones al suelo. Su agitarse como un pez sin agua hasta quedar inerte. No recuerdo el motivo de su llamada, pero coincidía conmigo en lo de apagar las luces para la conversación.

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