Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

EL PARLANCHÍN

>> jueves, 1 de abril de 2010

La obra se titulaba de este modo: “El parlanchín”. Acudí ante la invitación de mi pareja. El autor teatral era más bien desconocido: su padre, de nombre Jacinto Rosales. Era, además, el actor principal (qué casualidad). Hacía el papel del bufón del rey (un rey antiguo y con buen talante, de los que todavía se dejaban criticar por su cómico). La actuación concluía sobre la media noche. El lugar: un teatro abierto gracias al esfuerzo de unos cuantos filantrópicos, en un edificio ruinoso que nos hablaba de todo menos de arte. Se encontraba la sala escondida de tal modo que era preciso llamar por el portero automático para poder penetrar. Tras el enorme portalón, un “Primero B” más bien de gabinete médico que de teatro. Curiosamente, habían hecho coincidir el piso de encima y los dos de los lados para crear un mayor espacio escénico. Era un piso de cuatro. En el escenario, rendijas de telón para ojos curiosos y nerviosos al otro lado. No había butacas sino sillas plegables, y el pasillo lo decoraba una alfombra roja hecha de papel pintado bastante chapucera. Las luces de las paredes eran linternas de alta potencia. Yo tenía un enorme sueño que disimulaba haciendo que cantaba en tono bajo a mandíbula abierta. Él me abrazaba emocionado, como diciéndome: “Ahora comprobarás las altas dotes interpretativas y creadoras de mi papá”. Quizá la emoción era más cariñosa que otra cosa, pues su brazo tendía a dispersarse distraído por otros miembros de mi cuerpo. Cuando el telón se alzó (esto es un decir), apareció un espacio de fondo negro (también pintado, sin cortinas ni nada) vacío. Un personaje hizo su entrada por la izquierda (también de negro, no sé si de vestido también pintado… Todo estaba demasiado negro) para anunciar lo que no podíamos ver: “Sala de tronos de un castillo en Córcega. Época antigua”. Luego se fue para dar paso a dos personajes: uno, que se suponía el rey, arrastrando su gran silla (que parecía la poltrona de un bebé, de esas que le tienen bien maniatado para comerse a la fuerza la papilla) y otro con peluquín rubio pajizo e indumentaria festiva. Este debía ser el tío-bufón de mi chico. Tomaron posiciones y comenzó el espectáculo: El “parlanchín” del rey comenzó a improvisar (porque estaba claro que aquello no había guión que lo soportase) realizando aspavientos infames que querían ganar la calidad ausente en un texto que se escuchaba con dificultad (quizá esto era a propósito porque el declamador se daba cuenta de su mediocridad). Entonces, su mirada fue a parar al patio de butacas (otro decir) y más concretamente en nosotros, los únicos espectadores que nos habíamos dignado a soportar aquella tortura. Ni un atisbo de piedad en aquel sobreactuado y trasnochado actor. Su fría mirada se clavó en mí, por haber puesto mi mano en la pierna de aquel por quien estaba ahí, haciendo el ridículo. Resultaba bastante divertido observar cómo el patético dramaturgo-actor quería darme a entender “quita esa mano de mi hijo” con una cara que a la vez no podía dejar de lado al personaje que le había poseído. Finalmente, ante lo inevitable (no estaba dispuesto a quitar esa mano y mucho menos por ese mindundi) el actor se hizo persona de carne y hueso y comenzó a soltar improperios (que resultaron por fin coherentes ante la porquería que hasta el momento había escuchado de sus labios). El muy rastrero había esperado al final de su parte para comenzar a ser él, tapando la voz de su compañero en escena, el rey. Este, creyéndose “Grande de Córcega”, se levantó y gritó al bufón: “¿Cómo te atreves a interrumpir a tu Señor? ¡Haré que te corten la cabeza!” El Gran Padre-bufón entonces comenzó a bajar los peldaños del escenario (el peldaño, mejor dicho, que consistía en un taburete de transición entre los dos niveles) para lanzarse a mi cuello, que se encontraba engarzado al de su vástago, ahora mi víctima. “¡Maldito bastardo, me has estado distrayendo todo el tiempo con tu actitud incivilizada!” (Sí, hombre, ahora solo me faltaba esto). Por fin conseguí desenroscarme de mi amorcito y me levanté para cantarle las cuarenta a ese cantamañanas. Le tiré de los cascabeles, cosa que le distrajo lo suficiente como para cogerle su bastón de mando. Este, llevaba la efigie en pequeñito de él mismo como elemento decorativo en su puño (tanto así se quería). Subí a las tablas y comencé a contentar como bien se merecía al rey de cartón piedra. Este, al finalizar mi intervención, aplaudió a rabiar y, después, unos indígenas de color caoba me trajeron unas bandejas de frutas exóticas como agradecimiento. Las engullí mirando a mi predecesor con lástima (pequé de orgullo, lo sé). Cuando hube terminado con el suculento manjar, hice una reverencia y salí de espaldas a mis aposentos. Allí me cambié la ropa para salir al jardín del castillo, donde descansar al rumor de sus fuentes. Solo sé que cuando toqué el césped, era tarde de verano. Nunca me encontraron.

11 – 4 – 10

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP