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CHEVIQUE Y AMIGOS

>> sábado, 17 de abril de 2010

Tomábamos unas copas en el bar de “Pepe Botella”, en la plaza del dos de mayo. Yo andaba con mi mosto de las dos de la mañana. En mi caso, la afición a esta bebida debe de estar tan mal vista como la del pobre vaquero de las películas que llega al mostrador del Saloon y pide un vaso de leche. Todos se ríen porque le consideran poco hombre ¿no? Creo que así era. Los compañeros me miraban todavía con la sonrisita de cuando pedí esta bebida. “No habéis conseguido aficionarme a la cerveza, hay que asumirlo”. Yo el primero. Quedaban diez minutos para que nos echasen a gorrazos. Entonces, entró el de la gorra: el señor guardia. Pidió un fino y no le cobraron un duro. “¿habéis visto eso?” dijo Chevique, que había permanecido en todo momento atento a esta nueva distracción. “Bueno, vamos a pensar bien” convine. “Seguramente, será el novio de la camarera que le ha servido”. Me miraron entonces con cara de “no sé lo que es peor”.
A Chevique le conocí gracias a la liberación de una ventana. Me explico:
Hará diez años, me trasladé con mi padre a casa de su tía Abelarda. Acababa de morir y nos dejaba en herencia su piso en la calle de Príncipe de Vergara perfecto para el reciente divorcio parental. Todo se quedó tal como lo dejó: los muebles, los libros, la ropa… Hubo una habitación que se libró del paso del tiempo. Durante siete años, permaneció intacta. Era una especie de salón para visitas bastante incómodo, todo sobrecargado de cosas. Una vitrina parapetaba una de las ventanas. Pasó que un día esta venció de una pata y hubo que desalojar buena parte de la estancia sacándola con los pies por delante: una lástima, todo pedacitos. Cuando descubrimos que al otro lado había una vista a la calle, nos llenamos de regocijo. Era una calle poco transitada, condenada a no ser contemplada por curiosos. Enfrente había un inmueble todavía más ruinoso, donde lo único que aportaba civilización eran sus balcones ensortijados. La sensación general de estos eran los de pequeñas arañas reptando hacia el tejado. Pues bien, yo me asomé a mirarlas competir en carrera y, con esto, encontré otro “salón” en el que otro individuo, de la misma edad que yo, parecía como aburrido mirando el televisor. Comprobé que la marca del mismo era también el del nuestro, e hilé una fina trama conspirativa para pasar el rato. Como ansioso por comprobar sus resultados, busqué el mando a distancia y, ya con él empuñado, enfoqué hacia el salón de enfrente y, más concretamente, a la pantalla del otro aparato. ¡Lo apagué! Al instante, el chaval reaccionó, primero asustado, luego dejando el mundo paranormal aparte y, con sutil deducción, asomándose a su “araña”. Me vio riéndome de la ocurrencia y me retó a bajar para vernos las caras. Esta fue nuestra presentación. Chenique tenía otros amigos a los que no tardé en caerles también mal. Digo esto, entiéndase, con ironía de relojero. Creamos cuadrilla y cerramos los fines de semana con nuestras reuniones. Ahora, en aquel “lugar”, nos reíamos del policía pensando en él diciendo tonterías a una camarera para ahorrase pagar un trago de ronda de noche.

17 – 4 – 10

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