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DECIMONIACO

>> martes, 27 de abril de 2010

Aquella noche en que Lisondoro subió a casa con el décimo de lotería, podía olerse la humedad de algunas nubes que amenazaban con romper y destriparse en agua. Iba a ser agua sucia. Comenzó a sonar contra el metal de los balcones cuando Lisondoro alcanzaba el último tramo de escaleras hacia el descanso tras la puerta. ¿Qué le ocurrió a Lisondoro para que, una vez sobre el felpudo de entrada, no sacara la llave? ¡El décimo no estaba! Había buscado en todos los recovecos de su traje, sin éxito. No resignándose a darlo por perdido, alcanzó en cuatro zancadas la calle y se encontró a un tullido de piernas en el portal. Era el viejo Anselmo, el mendigo al que nadie veía. Pasaba inadvertido a pesar de su voz de cencerro oxidado. Siempre pidiendo atención hacia él y siempre una figura desapercibida. Pero esa noche le iban a atender contra su propia voluntad. Debajo de una de sus malogradas piernas, un papelito de color asomaba impertinentemente. “Anselmo, ese papel es mío” le dijo Lisondoro con voz todavía amistosa. “¿Y quién me lo demuestra?” contestó Anselmo, de buena gana también. “Sabes que se me ha desprendido de uno de los bolsillos del pantalón, lo has tenido que ver. Vamos, deja de hacerte la víctima y devuélvemelo”. Ante esta respuesta, que no se tomó nada bien, comenzó Anselmo a jugar a la gallinita ciega. “Puede que no salga agraciado. ¿Qué mas le da?” La respuesta no pudo ser más inesperada: “Sé que saldrá, yo formo parte del jurado del sorteo.” Entonces, la cosa se retorció más. “Pues compre otro y cambie la adjudicación”. El juez, que no debía de andar muy bien de economías, contestó: “No pienso comprar otro por tu culpa. No te aproveches más de tu situación.” Anselmo se puso picarón: “Baje aquí a por él si quiere.” Entonces, Lisondoro de un golpe se colocó en la situación del otro y comenzó a tirar de la pierna-piedra: “¡Socorro, ayuda a un pobre desvalido!” El otro contestaba entre dientes: “¿Por qué iban a hacerte caso ahora?” Consiguió finalmente zafarse del peso de aquel vestigio de extremidad y corrió de nuevo hacia el hogar. Ya allí cerró la puerta y se sentó junto al televisor. La lluvia, ahora feroz, había cortado las comunicaciones y no aparecía imagen posible en la pantalla. Entonces, ente el sonido de las interferencias, pudo escuchar un sonido de arrastre que iba aproximándose. Sonaba como un pesado fardo ganando distancia. “¡No es posible! Anselmo ¿qué vas a hacer?” Efectivamente, esperó a que aquello terminara por situarse frente a la puerta y quedase todo de nuevo en silencio. Un silencio de pocos instantes, porque a continuación, unas uñas comenzaron a rascar sobre la puerta. “Abre te digo y dame ese papel… Pienso estar así toda la noche, hasta que salgan todos los vecinos” El problema fue solucionado por Lisondoro con una rapidez admirable. Este era el plan: “Puedo salir y empujarlo por las escaleras.” Así lo hizo. Al principio se escuchó a la voz por encima de los golpes, luego ya nada de eso. Lisondoro seguía sin comprender cómo un mendigo podía tener la llave de su portal. “Quizá entró aprovechando la puerta abierta y ya no volvió a salir. Se esconde muy bien cuando no le interesa que le vean”. Las malas lenguas contaban que Anselmo había sido, tiempo atrás, propietario de uno de los pisos de aquel edificio. Al no haber podido hacer frente a los gastos, se había procedido a la orden de desahucio. Si diésemos por buena esta historia, Anselmo se habría marchado, pero tan solo a medias. “Al menos en esto yo soy menos miserable” pensó para sus adentros Lisondoro. Cuando fue a quitarse la chaqueta notó como una molestia en la axila izquierda: era el décimo, que finalmente no lo había puesto en el bolsillo del pantalón, sino en el de la camisa.

27 – 4 - 10

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