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EL VIEJECITO QUE SE SENTÍA PUDRIR

>> jueves, 8 de abril de 2010

Los viejecitos poseen una curiosa característica: huelen a viejecito. Pero, de entre todos los viejecitos, si debemos de destacar a uno con esta cualidad, este era concretamente nuestro viejecito. Un viejecito que comenzó a notar su olor y sentirse mal. Todo esto tuvo lugar aquella noche en la que soñó que se veía en una fotografía distinto: “Vaya, yo con gafas de sol (tenía los ojos sensibles, hasta ahí todo normal), con una sonrisa feliz, como acolchado. Bendito sofá tapizado en rojo… ¿Por qué estoy raro? ¡Ah, debe de ser porque estoy dentro de un féretro!” Nada más decir todo esto, todo su onírico cuerpo se erizó. “¡Qué mala cara tengo muerto!” Acto seguido, trató de convencerse de lo imposible: “¿Yo en un féretro? ¡Jamás!” Entonces llegó el sobresalto verdadero y despertó. Rezumaba todo a sudor agrio, propio de un cuerpo agrio. Buscó en la oscuridad un bote de colonia y lo encontró: Agua de colonia Álvarez Gómez. “¡Adornará con elegancia la senectud!” Le serviría justo para su fin. Se bañó en fragancias, sin amilanarse ante la cantidad de líquido que aquel cuello de cristal desprendía en la invisibilidad. Cuando quedó en paz con su propia exigencia, descubrió que ya nada quedaba dentro del contenedor de petaca. Lo agitó para convencerse y volvió a dejarlo sobre la mesilla. Se quedó con los ojos cerrados (en la misma situación de visión, vaya) y pensó entonces: “Mi cuerpo está comenzando a avisarme de lo que llegará tarde o temprano, con fotos o sin ellas… ¡Quién fuera ermitaño para cambiar de caracola!”
Al día siguiente, en la calle, desde lejos todas las personas le resultaban iguales. La obviedad no le dejó indiferente.

“¡Cómo se parece la gente
entre ellos
desde lejos!”

Y es que lo único que reconocía ya en matices era los olores. Todos exhalaban aromas de la primera primavera, de nupcias de verano o madurez de otoño. El retiro, en su encierro, tenía un hedor que rápidamente se aparecía a sus aletas nasales. “¡Ni siquiera los que como yo son huelen de esta forma!” Todos llevaban jerseys-chaleco de pelotillas, gafas de montura gruesa casi como de mineral terrestre en sus accidentes, pelo engominado (o mal estofado) y mentones afeitados que no parecían aceptar ya signos de barba. “¡En esto sí nos parecemos, pero sus olores no tienen parangón con los míos!” Rápidamente fue a una droguería a por un cargamento de la misma colonia que había acudido, como en rescate, a su ayuda desesperada. Le daba vergüenza entrar, pues el establecimiento era pequeño y desde la puerta el tendero notaría seguramente su necesidad, casi sin necesidad de presentársela como tal. Ante esto, decidió caminar sobre todo por grandes plazas con tantas salidas como pudieran. Luego, salió al campo y allí se restregó con toda clase de hierbas y flores. Llegó a una ciénaga y despareció en el barrizal para salir como un hombre nuevo. Pero la peculiar característica continuaba ahí. Ante tal sino, volvió a su casa a por lo imprescindible y se metió en el “Jardín Botánico habilitado con braille para invidentes”. Al llegar al tercer seto, con mano firme, lo arrancó de cuajo de la tierra. En el agujero, se plantó hasta la altura de la cabeza, tapándose con ayuda de los brazos y después agitándose con el tronco hasta devolver la tierra a su lugar. Destensó todo el cuerpo y comenzó a vivir. Es cierto que alguno de los visitantes le pisó, pero esto no le importaba. Se encontraba en paz consigo mismo. Miraba y no le olían.

8 – 4 – 10

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