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Entrevista a María Zambrano. Sobre Ortega y Gasset

>> martes, 20 de abril de 2010

–Tú tienes un libro todavía inédito, «La Aurora». ¿En qué medida has ido en busca de esa naturaleza?

Yo siempre he ido al rescate de la pasividad, de la receptividad. Yo no lo sabía, pero desde hacía muchos años yo también andaba haciendo alquimia. La cosa comenzó hace ya muchos años. Mi razón vital de hoy es la misma que ya aparece en mi ensayo Hacia un saber sobre el alma, libro que se va a reeditar. Yo creía, entonces, estar haciendo razón vital y lo que estaba haciendo era razón poética. Y tardé en encontrar su nombre. Lo encontré precisamente en Hacia un saber sobre el alma, pero sin tener todavía mucha conciencia de ello. Yo le llevé este ensayo, que da título al libro, al propio don José Ortega, a la Revista de Occidente. Él, tras leerlo, me dijo: «Estamos todavía aquí y usted ha querido dar el salto al más allá.» Esto lo cuento por primera vez, es inédito.

–¿Podemos decir que en esta anécdota tiene su raíz el que hayas sido considerada no sólo alumna predilecta de Ortega, sino también su alumna más heterodoxa?

Exactamente. Desde ese mismo momento. Yo salí llorando por la Gran Vía, de la redacción de la Revista, al ver la acogida que encontró en don José lo que yo creía que era la razón vital. Y de ahí parten algunos de los malentendidos con Ortega, que me estimaba, que me quería. No lo puedo negar. Y yo a él, pero había... como una imposibilidad. Es obvio que él dirigió su razón hacia la razón histórica.

Yo dirigí la mía hacia la razón poética. Y esa razón poética –aunque yo no tuviera conciencia de ella– aleteaba en mí, germinaba en mí. No podía evitarla, aunque quisiera. Era la razón que germina; una razón que no era nueva, pues ya aparece antes de Heráclito. No ya como medida, sino como fuego, como nacimiento: la razón naciente, la aurora. Es curioso, Ortega tenía también un libro que no llegó a publicar, La aurora de la razón vital. Luego puede decirse que no faltaban las coincidencias. Los dos seguimos el rastro de la aurora, pero cada uno de una aurora distinta. (O de la misma, pero vista de otra manera.) Sí, Ortega era también un hombre de la aurora.

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