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KREISLERIANA

>> lunes, 26 de abril de 2010

¿Qué quedó de la Ariadna que siempre conocí y nunca olvidé? Aquella tarde-noche estaba radiante. Hacía cinco años que no la veía de frente y tuvo que ser en aquel teatro abarrotado de mil fantasmagorías donde se produjera el encuentro.
No me considero un buen literato, pero prometo relatar con minuciosidad de impresión fiel lo que allí aconteció, dentro y fuera de mí. Tengo la manía, en esto de la narrativa, de ser un poco arquitecto: diseño edificios vanguardistas pero luego vivo en otros ajenos a mi carácter. Si alguna vez me leyese, me resultaría aburridísimo. Soy de la clase que se considera descriptiva en tanto a filosófica. No hay argumentos en mis trabajos, tan solo sensaciones. No obstante, considero el resultado de la vivencia personal como bastante ameno o digerible. Mientras estaba en la butaca, ya me encontraba pensando en cómo contar todo eso que pasaba constantemente por mi cabeza. ¿Debería de cobrársenos tantos momentos de la vida que se dedican a pensar egoístamente (o abstractamente) y se olvidan las sensaciones vitales?- el aquí y el ahora- Supongo que sí, que esto forma parte de nuestro vivir, que nosotros decidimos convertirnos en pensadores. Mas, llega un momento en que todo esto se desprende de nuestra voluntad y nos convertimos en esclavos de un personaje. Cuando hay quien vive en su mundo y olvida lo de alrededor, se producen situaciones fantásticas: la gente se levanta aburrida o trata de pasar sin éxito por el lugar colapsado por quien relata… un público difícil. La vida continúa y ellos no toleran ser interrumpidos o postergados.
Una de las piezas del recital era la “Kreisleriana” de Schumann, el músico poeta. Se la dedicó, obviamente, al también músico un tanto loco Kreisler, el caminante sin descanso. La novela en la que se inspiró fue de Hoffmann. Schumann hubiese querido ser literato o músico, aunque se decantó por la segunda opción. La afición de lo primero (que no dejaba de estar también en lo segundo) le vino de su padre, editor. Como si hubiese publicado algún poema, sintió la incomprensión del genio que difícilmente podría vivir de lo que le gustaba. El padre de Clara, su enamorada, vio mal que una persona como él pudiese contraer matrimonio con su hija, ante la imposibilidad de mantener con la economía suficiente(o constante) la relación. Un personaje, Schumann, atormentado, rodeado de desgracias: una hermana se suicidó, sus dos tíos fallecieron en un accidente, él quedó imposibilitado como intérprete al quedarle paralizada una de las manos por culpa de un sistema que él mismo inventó para rendir más al piano. “Gracias” a este último inconveniente, pudo dedicarse a la composición. Un personaje tan romántico como poco cercano a nosotros. Por eso admiro más a Albéniz (o me siento más identificado), porque aunque llevó una vida también alocada (de niño, se escapaba de casa para viajar y dar recitales en cafés) tenía simpáticas anécdotas, como la de ser remunerado “con dos pesetas y un café con galletas de la casa” (esto viene por lo de los establecimientos ya mencionados donde se dio a conocer tan prematuramente). Menciono a Albéniz porque este fue otro de los compositores del concierto. A Ariadna le faltó interpretar a Rachmaninov para redondear del todo la jugada, pero esto, estoy convencido, no lo hizo porque simplemente no le dio la gana.
Retomando la “Kreisleriana”, esta pieza en siete movimientos posee la curiosidad de tener a los impares como más tormentosos y los pares más calmados. Así dividiré mis sensaciones durante esos momentos:

Movimiento Nº 1. “Äuberst bewegt”

Apareces y no me miras. Consigues que sepa dónde acaba cada uno de los movimientos de la obra viéndote solo moverte a lo largo de ellos. Como por descargas, te lleva esa corriente alterna del piano que, claro, te pega a él. No hay partitura posible. Tú desgranas cada una de las notas, convertida en letra, de ese gran monólogo. Una obra de teatro, más bien, donde tú eres todos los personajes.

Movimiento Nº 2. “Sehr innig und nicht zu rasch – Intermezzo I y II”

Parecía que había algo más que la altura de un escenario separándonos. Era toda una mujer: su vestido blanco, que de sus resplandores incluso volvía tímida la mirada, se presentaba largo, inacabable, inabarcable, manifiestamente inmejorable. Quizá la nariz, un tanto aguileña y oculta casi por unas gafas, me retrotraía a aquella niña de la que me puedo sentir orgulloso de haber compartido tantas cosas.

Movimiento Nº 3. “Sehr aufgeregt – Etwas langsamer”

Y, sin embargo, nunca serás ya la misma. ¿Te he perdido del todo? Has dejado llevarte por la línea recta que endereza, que nunca deja posibilidad a la curva, a la distracción fabulosa. Has olvidado jugar y ser niña. ¡Terrible! Una religiosa disciplina te ha convertido en un engranaje siniestramente perfecto. Deja lugar al azar, confía en mi recorrido de reconocimiento. Déjate ver y sentir. Relaja ya tus músculos. Esto no es una prueba.

Movimiento Nº 4. “”Sehr langsam – Bewegter”

Un espectador comenta: “Ahora va a tocar una maravillosa”. Le miro desafiante, aunque sé que este se encuentra absorto en su propia vanidad. Mi rostro, aún así, parece querer decirle: “¿Acaso no sabes oír? ¿Acaso lo anterior te ha parecido una nimiedad? ¡Orejeras, como a los burros, es lo que algunos necesitan!” Fuera de un discurso totalitario, trato desesperadamente de convencer, al menos, de la inutilidad de algunos comentarios de pavos reales.

Movimiento Nº 5. “Sehr lebhaft”

Toses típicas de público mediterráneo. No hay momento para el silencio. Me desconcentro a cada arranque, casi colérico, de este tipo. Reconozco que no es malo sentirse mediterráneo, sentir más una pieza de Albéniz que de Schumann. Esto no es nacionalismo sino tan solo sensaciones encontradas de familiaridad.

Movimiento Nº 6. “Sehr langsam – Etwas bewegter

A partir de aquí perderé la noción de situación. Olvidaré el concierto, pensaré sin sentirme “yo”.

Un ramo de rosas puede ser lo único que me devuelva a la realidad. Aplausos y más aplausos. Conozco ese final. Ella saluda y recoge el presente. Se retira. La gente aplaude y aplaude, espera una propina. Ella regresa e interpreta una pieza del padre Antonio Soler. Avanzada previamente por la madre, que se erige a su vez como presentadora del evento. “Si aplauden mucho ustedes al final, es posible que Ariadna les toque de propina…” una de este compositor.
Salgo del lugar escuchando a uno de aquellos que “viven en su mundo” comentar algo de la última representación de “Salomé” de Wilde-Strauss. Se detiene hablando del personaje que debería corresponder al Juan Bautista Cristiano. Hablando profanamente, interesado el tipo en la faceta del asceta y no del seguidor de Jesús, escucho palabras que se refieren a la humildad, al despojamiento de los bienes materiales, a la coherencia de un tipo de vida casi minimalista. Ya estoy fuera del auditorio.
En las escaleras de la entrada, me siento a ver cómo se van encendiendo las farolas de la calle. Hace un viento caluroso, como de desierto de estilita. Entonces, una mano se posa sobre mi hombro. Me giro y… claro, evidentemente era de esperar: es ella. Ariadna ha dedicado un momento de su salida triunfal a un viejo amigo. Estrecho su mano contra este mi hombro y la atraigo hasta mi cuello para felicitarla con un “Enhorabuena” casi silencioso. ¿Si ocurrió esto así o no? Nada puedo decir. A veces, es más meritorio descubrir que lo literario en realidad ha sucedido ¿no? Una vida ejemplar (o no) digna de ser dramatizada. Lo único que diré para rematar es que salí de allí caminando en dirección contraria para estar de vuelta en casa doblemente tarde.

26 – 4 – 10

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